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Pierre Boulez Saal interior 

Que piensen los oídos

Sobre la Pierre Boulez Saal de Berlín

Berlín vuelve a centrar la atención de la vida musical europea. Y a ser la admiración (o la envidia) de todos los melómanos. La inauguración de una nueva sala de conciertos de tintes futuristas, la Pierre Boulez Saal, no va a situar en el mapa a una ciudad que ya goza de fama e infraestructuras musicales extraordinarias. Pero este nuevo espacio le dotará de un rasgo distintivo al combinar de forma única diseño arquitectónico, programación innovadora y valores sociales. Tres características clave que harán de esta sala un lugar de referencia y un espejo en el que mirarnos, si se cumplen las intenciones de Daniel Barenboim, impulsor del proyecto y eje de gravedad en su gestión artística.

La Boulez Saal está concebida para acoger formaciones variables de música de cámara, desde un solista hasta una pequeña orquesta clásica (de hecho, está previsto que esta temporada suene la integral de las sinfonías de Schubert). Y en consecuencia, sus dimensiones moderadas permiten que aflore la experiencia intensa que solo proporciona la proximidad con un músico en acción. El diseño arquitectónico del renombrado Frank Gerhy –al parecer, un obsequio de amistad hacia Barenboim– coloca a los intérpretes en el centro de una planta ovalada rodeada de 682 butacas en las que cualquier oyente se sitúa a menos de 14 metros del escenario, una distancia que casi permite seguir la partitura. El resultado inmediato es que esta disposición renueva la relación visual entre público y músicos, tan rígida en los espacios convencionales. Como yo mismo comprobé en el concierto de inauguración, produce un cierto magnetismo poder seguir a Barenboim dirigiendo, con gestos etéreos, de frente, de espaldas y de perfil según la plantilla de cada obra. Pero, además, esta cercanía tiene otros efectos aún más poderosos sobre el oyente: estimula una escucha concentrada opuesta a la dispersión de los grandes auditorios. Podría decirse que esta sala sacrifica la monumentalidad del espacio por la profundidad de la experiencia, una ecuación en la que tanto la vista como el oído salen beneficiados. Para terminar de convertir el concierto en una velada inolvidable, la acústica es casi mágica, más para ensembles de ciertas dimensiones que para pequeños grupos, gracias al diseño del gurú del momento, el japonés Yasuhisa Toyota, responsable también de algunas de las salas de conciertos y teatros de ópera más importantes (como la flamante Elbphilarmonie de Hamburgo o la remodelación de la Ópera de Sydney). Una infrecuente constelación de astros –Barenboim, Gerhy y Toyota– trabajando en armonía sin las interferencias políticas que acostumbran a enturbiar proyectos de esta naturaleza.

Estas condiciones ya resultarían excepcionales, y quizá de hecho sean irrenunciables para cualquier sala que aspire a situarse en la cúspide del panorama musical internacional. Pero, con todo, no es este el rasgo que hará de la Boulez Saal un espacio único en el mundo, sino su perspicaz condición de sala modulable. Junto a la disposición de 360 grados que mostraron en la inauguración, la sala puede transformar su fisionomía y redistribuir el espacio mediante el desplazamiento de varias filas de butacas y del escenario, hasta situar incluso a los músicos en la balconada superior. Son las disposiciones que han dado en llamar, con ecos de la Antigüedad clásica, teatro, anfiteatro y arena. Cada una de estas implantaciones genera unas condiciones espaciales ligeramente distintas y, lo que resulta más interesante, modifica la relación acústica y visual entre el público y los intérpretes. Al cambiar su esencia se alteran los modos de escuchar y de mirar un concierto y, así, se abre un universo de nuevas posibilidades para una percepción de la obra musical continuamente renovada. El oído recibe una invitación directa para pensar (y no solo para escuchar) la música.

configuraciones PierreBoulezSaal

La segunda característica clave de la Boulez Saal es su vocación por modernizar la programación tan anquilosada que impera en las salas de conciertos. Proclama seguir una estrategia bien definida que honra la tradición y, a un mismo tiempo, la cuestiona a la luz de un presente musical que no podemos continuar ignorando. La puesta en marcha de este ideal radicará en la combinación, a ser posible en un mismo concierto, de obras asociadas a tres etapas estilísticas distintas: el repertorio canónico del periodo clásico y romántico, el modernismo clasicista del siglo XX y la creación contemporánea desde la vanguardia hasta la actualidad. Es curioso que esta filosofía que hoy nos puede parecer tan novedosa tenga, sin embargo, claras analogías con los programas misceláneos típicos del siglo XIX, cuando convivían géneros y plantillas diversos y estaba aceptada la práctica de interpretar movimientos sueltos desgajados de sus obras. Está por ver en qué porcentaje esta noble aspiración estará presente en los programas de los próximos meses, pues a mayor innovación en la confección de programas, mayor resistencia de las tendencias y convenciones establecidas.

En palabras de los responsables artísticos, este modo de programar “recorre nuevos caminos desde lo antiguo a lo nuevo, y al hacerlo explora conexiones inesperadas”. Es esta una filosofía de programación que yo mismo he defendido como la verdadera responsabilidad de un programador musical y la esencia del comisariado musical que cualquier institución con ambición debería perseguir. Implícito en esta premisa está, por supuesto, la idea de suscitar la reflexión en el oyente, de desvelarle rasgos compartidos entre composiciones o periodos disímiles y de arrojar una luz distinta sobre obras conocidas precisamente por el contexto en el que se interpretan.

La herramienta que ponen en funcionamiento como principal brazo ejecutor de sus ideales artísticos es el Boulez Ensemble, la formación en residencia que materializa la flexibilidad espacial y programática de la institución. Con un número variable de intérpretes según las necesidades de cada obra, sus filas se nutren de músicos procedentes de las formaciones berlinesas comandadas por Barenboim (otro reflejo más de la apasionada implicación del director y pianista en este, “su” proyecto): la Staatskapelle Berlin, la Orquesta del West-Eastern Divan y la Barenboim-Said Akademie. De hecho, el mismo edificio que alberga la sala de conciertos acoge la Academia, al fin con una sede estable tras su paso intermitente por Andalucía. El sueño que Barenboim y Said imaginaron en 2003 parece finalmente consolidado, tratar de conseguir con la música aquello que la política parece incapaz de lograr, esto es, la reconciliación de los pueblos judío y palestino en un conflicto enconado. Esto explica que composiciones e intérpretes del Medio Oriente (muchos de ellos becados por la propia Akademie) vayan a desempeñar un papel notable en la programación. Justo aquí reside la tercera característica distintiva de la Boulez Saal, la promoción en su actividad de valores sociales, educativos y pacifistas como sustento de un mensaje muy poderoso: la música puede contribuir a forjar un mundo mejor.

La Boulez Saal, levantada en menos de tres años tras una inversión de 36 millones de euros (16 de ellos donaciones privadas), solo mostrará su verdadera personalidad conforme avance su andadura y las interpretaciones que acoja vayan moldeando la imaginación del público y del paisaje cultural de la ciudad. Situada en el mismo centro de Berlín, está emplazada a menos de 10 minutos andando de algunas de las instituciones culturales y académicas más señeras de la vieja Europa, como la Isla de los Museos, la Staatsoper, la Konzerhaus o la sede central de la Universidad Humboldt. No cabe mejor compañía para hacer realidad el lema que inspirará y guiará su trabajo: “Música para el oído que piensa”.

* Miguel Angel Marín es Profesor de la Universidad de La Rioja y Director del Programa de Música de la Fundación Juan March

 

 

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