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Zedda Coruna 

Alberto Zedda, el heterodoxo entusiasta

En lugar de las numerosas llamadas y mensajes que durante la noche del lunes, y de todas partes, recibí solicitándome alguna información sobre el estado de salud de Alberto Zedda, la que de verdad me hubiera gustado recibir era otra bien distinta. Hacía días que aguardaba noticias suyas. Cristina, su esposa, me lo había prometido, teníamos que vernos a su vuelta a la casa gallega para hablar de futuros proyectos. Pero al mismo tiempo, y en mi fuero interno, tampoco me era demasiado ajeno el anuncio fatal. Hacía tiempo que Alberto no se encontraba bien de salud. Los ensayos de Falstaff en A Coruña durante los últimos días de agosto pasado habían sido un suplicio para un hombre de su edad, a pesar de su energía desbordante. Los malditos recortes impusieron un plan de trabajo tremendo, extenuante, sin apenas descanso, y su cuerpo menudo -entonces aún iba camino de cumplir 88 años-, comenzaba a resentirse. Los conciertos posteriores en Moscú, París y Tokio; los cursos en Canadá y Coruña, sin duda tampoco ayudaron. Pero él era incapaz de limitar su actividad, pisaba el acelerador hasta el límite como el conductor que busca un atajo hacia la meta, aunque en ello le vaya la vida.

Siempre que hablábamos de proyectos artísticos (algunos afortunadamente plegarias atendidas: Guillaume Tell, Ermione, su Falstaff testamentario), se sonreía mientras comentaba: “A ver si llego…”. Y un día me lo dijo, como era él, que podía abordar los temas más profundos con una lucidez absoluta: “Estoy preparado, solo falta que me lo proponga. El día que ya no tenga ilusión, si las fuerzas comienzan a flaquear, me iré sin más, solo basta desearlo”. Lo ha cumplido. No haber podido dirigir en Pésaro, donde el pasado lunes le halló la parca, el aniversario del estreno de La Cenerentola de Rossini debió de ser el último aviso. Parecía de acero inoxidable, aunque el envoltorio fuese frágil y su naturaleza exquisita, pero vivir sin música no le convencía. No era inmortal, pese a poseer la fórmula de la eterna juventud: “Llegar a la conclusión de que no existe la esperanza de un mundo mejor, pero continuar igualmente luchando para cambiarlo, desafiando la inutilidad del sacrificio”. Bravo, como siempre.

A Alberto Zedda le habían inoculado el veneno a los 11 años, en el gran teatro de su Milán natal. Asistía a una representación en La Scala y ya no hubo vuelta a atrás. El deslumbramiento de aquellos sonidos le llevaron a estudiar con dos colosos, Antonino Votto y Carlo Maria Giulini, que le dio la alternativa. En 1956 dirigió su primer Barbero de Sevilla en Italia, cuarenta años antes de hacer lo propio en A Coruña, su ciudad adoptiva, donde se estableció al final por el amor hacia su segunda esposa, Cristina Vázquez, su sombra y mejor aliada, a la que había conocido durante los 80, en aquel periodo feliz en que Alberto visitaba el Teatro de la Zarzuela para dirigir algunas joyas como aquel Ermione con Merrit, Dalmacio González y una Caballé que nunca llegó a aprenderse el papel del todo. De hecho, cuando en 2015 le hablé de la posibilidad de volver a rescatar este título con Angela Meade, y al salir del primer ensayo a piano, me confesó que la soprano norteamericana le había sorprendido tanto o más que la catalana en su día, “pero es que esta además viene totalmente preparada”.

Zedda (Milán, 1928) se formó para la música algo tarde, según decía, y sus estudios no fueron los usuales. Sostenía haber aprendido más en el gallinero de La Scala o escuchando discos con su amigo Alceo Galliera (el responsable del Barbiere grabado por la Callas en estudio) que en mil conservatorios. Y aunque fue el primer italiano en dirigir la Primera de Bruckner en su país, se impuso desde el principio como musicólogo, sobre todo a partir de su encuentro casi fortuito con Rossini. Nadie sabía más de este compositor y nadie jamás ha contribuido con más empeño y éxito a transformar la visión que el mundo tenía de este creador casi como un autor menor, algo superficial, que escribía en la cama o mientras preparaba suculentos manjares, pero poco dado a profundidades. Tras la máscara del despreocupado bon vivant, supo hallar a un autor serio y riguroso, “capaz de expresar, con su lenguaje onírico y universal, lo inexpresable contribuyendo a empuñar el ansia de trascendencia que anima al hombre para consolar su finitud”.

Su definición de música se aplica plenamente a su compositor de cabecera. Seguro que ahora que ya se habrán encontrado por ahí, Rossini descubrirá cosas que jamás había llegado a intuir sobre sus propias creaciones. Él las había paseado con éxito por medio mundo: de La Scala, de cuyo templo fue director artístico brevemente en tiempos de Muti, hasta Nueva York; de Viena o Canadá a Tokyo, donde le adoraban como un minúsculo dios pagano. El nuevo evangelio rossiniano se expandió rápidamente, en los 80, desde el santuario de Pésaro, donde Zedda ayudó a crear el Rossini Opera Festival, y su mayor orgullo, la Accademia Rossiniana, por la que llegaron a pasar varios de los mejores cantantes de hoy. Los mismos que ahora le lloran desde las redes sociales. El tenor Barry Banks, que nunca antes había trabajado con él hasta que lo contratamos para Ermione, ha afirmado que su carrera y la de muchos de sus compañeros no sería la misma sin el trabajo que Alberto dedicó a Rossini, no sólo limando excesos si no poniendo en valor mucha música olvidada, un puñado de obras maestras que precisaban además de los intérpretes modernos que les hicieran justicia, como en su día ya se la habían hecho los divos de la época.

Y para ello, la Accademia Rossiniana constituyó una fuente inagotable de talento al servicio de la expresión más adecuada, que como Alberto decía siempre no era necesariamente la más ortodoxa. A él lo que de verdad le gustaban eran los cantantes de raza, no los funcionaros aplicados. A otros, como el hoy afamado tenor Gregory Kunde, les cambió la vida con un único encuentro, sin necesidad de pasar antes por su Accademia. Algo de todo esto intentó modestamente en A Coruña, primero desde el Festival Mozart, donde contribuyó a hacer de esta ciudad la plataforma desde la cual difundir el nuevo credo de Rossini, su renovado mensaje universal, en España, con el concurso de la Sinfónica de Galicia, que lo seguía hasta el final en sus empeños. Ahí quedan su Donna del lago con unos jóvenes Barcellona y Flórez, que prácticamente no se había interpretado en este país, o Il Viaggio a Reims de Ewa Podles y Rockwell Blake, aún capaces de poner en pie a un teatro.

Antonio Moral y Enrique Rojas hicieron un gran trabajo al servirle los mimbres para que su genio discurriera libre, sin ataduras de ningún tipo, en época de bonanza. Y prosiguió haciéndolo más tarde, cuando volvimos a excitar su sabiduría desde Amigos de la Ópera de A Coruña, al regalarnos sus últimas experiencias líricas en España. El Guillaume Tell de 2010, que supuso el retorno a lo grande del citado Kunde en España, se situó en el epicentro del renacimiento internacional de esta obra maestra, que aún continúa; lo mismo que en 2015 el eco del gran éxito de su Ermione coruñés con Spyres, Meade, Banks y Pizzolato tendría su réplica en la reciente programación de esta obra en Moscú, París y Lyon, como a él le gustaba afirmar sin apaños. La modesta réplica a su Accademia Rossiniana, una tarea que por sí sola justificaría una vida, fue el curso que durante los tres últimos años impartió en Afundación, en su céntrico auditorio coruñés y por el que pasaron numerosos jóvenes cantantes, varios de ellos gallegos, que luego se incorporaron a los repartos de las óperas que íbamos programando mientras existieron esas oportunidades.

Fue un último, inesperado regalo de amor, de entrega a la música y a su ciudad. Aspiraba a poder devolver algo de lo que decía que aquí le habíamos dado (sólo se me ocurre su mujer), porque sentía que toda su experiencia acumulada debía transmitirse hasta su última hora. Sus clases eran como los relatos de Scheherazade. Una vez ponías un pie en el auditorio ya era imposible marcharse (“vete, que tú tienes que trabajar”, me decía). Pero quién podía escapar a aquellas impagables lecciones de música, de vida, de humanidad. Nadie enseñaba así, como lo haría un Sócrates en su tiempo, poniéndolo todo en cuestión, desafiando a la inteligencia, suscitando dudas más que respuestas fáciles. Todavía recuerdo cuando se le olvidaba el nombre de algún artista con el que había colaborado y buscaba mi complicidad entre el público. “La protagonista de aquella Sonámbula, que me gustaba tanto, cómo se llamaba …”. “La Orgonasova, Alberto”, le asistía yo. “Bravo, Cesare, ¡qué memoria portentosa!” “Es mi trabajo, Alberto, ¡el tuyo es mucho mejor!”. Y vaya si lo era. Verlo dirigir con ese entusiasmo desbordante, capaz de sobreponerse a cualquier obstáculo, la sonrisa perenne, y algún que otro arrebato de ira momentánea cuando no se le hacía caso o las cosas no rodaban como él quería, significaba una dicha inmensa. Aunque no fuese un maestro al uso –era un heterodoxo-, su contagioso entusiasmo por la música, esa “joie de vivre” eterna se sobreponían a cualquier imprecisión. Lo importante era el mensaje que sabía transmitir, ese amor por todo lo humano y lo que no lo era. ¡Cuánto te vamos a echar de menos!

* César Wonenburger es el Director Artístico de la programación lírica de A Coruña.

 

 

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