Los equilibrios vitales del cantante
Por Pilar Tejero, Vocal de ALE (Sindicato de Artistas Líricos de España)
Dentro de las bromas que se hacen entre músicos con respecto a los cantantes, se dice que “hay músicos y cantantes”, dando a entender que nosotros somos “otra especie”.
Ciertamente, hay una diferencia indiscutible: nosotros “somos el instrumento”. Y somos un instrumento delicado, un ecosistema complejo que depende de un equilibrio muy fino entre numerosos factores.
Conviene distinguir entre los aspectos propioceptivos e interoceptivos, que tienen que ver con la percepción de nuestro cuerpo y de su estado interno —la conciencia de la postura, la tensión muscular, la respiración, el nivel de energía o la respuesta visceral ante las emociones—, y aquellos factores vinculados a nuestro locus de control, es decir, al grado de influencia que sentimos tener sobre lo que nos sucede.
En este sentido, el locus de control interno abarca todo lo que depende de nuestro entrenamiento, hábitos y gestión personal, mientras que el locus de control externo se relaciona con el entorno: el medio ambiente, la imagen profesional y pública, las interrelaciones profesionales o las consecuencias de decisiones que no siempre están bajo nuestro control directo.
Comencemos por lo externo y concretamente por el factor medioambiental, en el que la humedad relativa del aire, la exposición a determinados químicos, la altitud de la ciudad en la que nos toque trabajar, el sistema de climatización de los medios de transporte o de los propios teatros, hablar en entornos más o menos ruidosos, pone en riesgo algo tan delicado como la mucosa que recubre nuestro centímetro y medio o dos centímetros y medio de cuerdas vocales.
También, en ese ámbito ajeno a nuestra perseverancia, tenemos el ecosistema de contratación a través de agencias y demás concursos que quedan inalcanzables para un porcentaje abrumadoramente alto de profesionales. Esto supone un serio detrimento de la salud financiera del artista, pero no tanto como el detrimento de la autoestima de la persona que trata de ganarse la vida con su voz. Las situaciones de exposición a las audiciones suponen, por lo tanto, un nivel de autoexigencia y perfeccionismo brutales que nos llevan al “maltratocidio”. No nos damos cuenta, muchas veces, de que el resultado no depende de las capacidades vocales y artísticas del cantante, sino de factores ajenos a su persona y su voz: buscan a alguien más alto, más delgado, más bajo, más corpulento, con el pelo más largo, más corto, que le quede la ropa que ya tienen hecha para no retocarla...
Hay una parte importante que tiene que ver con la fisionomía y la fisiología de la voz, en la que es imperativo a través de una práctica orgánica y saludable aprender a evitar lesiones edematosas, nódulos, pólipos y demás trastornos. Tras años de uso, además, pueden aparecer otros problemas como las distonías focales, los problemas que provienen de otros sistemas del cuerpo como pueden ser el hormonal, el estado de nuestra microbiota o el funcionamiento de nuestro aparato digestivo que afectan directamente a la calidad de nuestra mucosa vocal.
Nuestros hábitos también pueden ser definitivos en cuanto a salud vocal se refiere: dormir las horas necesarias y tener un buen descanso, mantenerse activo con entrenamientos tanto vocales como físicos, tener una buena higiene vocal (y bucal), cuidar la propia imagen, la postura, emisión de voz hablada, alimentación adaptada a la microbiota de cada individuo.
Y llegamos a la parte crucial que es invisible incluso para el propio artista, que son los factores psicológicos que hay detrás de cada actuación. Dentro del entorno de los músicos, es más habitual de lo que imaginamos encontrar tipos de personalidad con alta sensibilidad (también conocidos como PAS), neurodivergencias, altas capacidades o síndromes o trastornos dentro del espectro autista. No todos tenemos por qué ser conscientes de ello o estar propiamente diagnosticados, pero la concentración, la memoria y las destrezas que desarrollamos en nuestra formación integral son habilidades que nos capacitan para actividades de alta demanda cognitiva.
En nuestro locus de control interno lidiamos con todos aquellos factores sobre los que podemos ejercer influencia directa. Entre ellos se encuentran la gestión de nuestras propias capacidades físicas y emocionales —por ejemplo, la atención a las sensaciones corporales y vocales (cómo nos sentimos al despertar con ese leve catarro, el cansancio tras ensayos extenuantes, la respuesta del aparato respiratorio o la falta de hidratación)—, la relación afectiva con uno mismo, la gestión del estrés, de los fracasos y de los éxitos, así como el trabajo intelectual de memorizar textos hablados y cantados, melodías y ritmos sin olvidar los procesos emocionales de los personajes que afrontamos en cada partitura.
Por otro lado, el locus de control externo está determinado por factores que escapan a nuestro control directo: el ambiente laboral que encontramos en las diferentes producciones en las que participamos, la relación con los compañeros, la respuesta del público a nuestros momentos más expuestos vocalmente, cómo reaccionamos a inconvenientes del directo y, por supuesto, al apoyo que podamos tener de nuestra pareja y/o familia ante la inestabilidad de una profesión que es intermitente, en la que puede haber (o no) un sueldo a final de mes, en la que se junta todo en una misma época o nos vemos cara a cara frente al vacío laboral.
Y todo esto ha de ser compatible con nuestros compromisos vitales más allá de una profesión en la que lo que somos no puede separarse de quiénes somos.