© Tommaso Boddi
El efecto Chalamet
Hay quien no pierde cualquier mínima ocasión para meterse en un jardín y quedar en evidencia, incomodando a miles de profesionales y a otros miles de espectadores. Eso es lo que acaba de hacer Timothée Chalamet en una conversación con Matthew McConaughey, diciendo que no querría trabajar en la ópera o en el ballet, poco menos que artes escénicas en peligro de extinción, "géneros -decía- de los que ya nadie se preocupa".
No sé ustedes pero yo estoy ya realmente harto de tener que explicar una y otra vez que la ópera no es elitista, que la ópera no es esnob, que la música clásica puede ser sumamente popular y un largo etcétera de obviedades. Basta con un simple vistazo a los centenares de teatros y auditorios que cada noche levantan el telón con salas llenas hasta la bandera para comprobar que estos géneros están, seguramente, más vivos que nunca. Y eso a pesar de que hay teatros empeñados en vender localidades con poca visibilidad a 300 euros, pero ese es otro melón y lo abriremos otro día.
Dicho esto, a buen seguro todos los que formamos parte de este business -que no se nos olvide: esto un arte pero también es un sector profesional, un negocio- tenemos un poquito de reponsabilidad -incluso una pizca de culpa- en la propagación de estas boutades que son el germén de afirmaciones como las de Chalamet. Y esto es así en la medida en que todos, antes o después, hemos hecho el caldo gordo a este tipo de topicazos sobre lo que es a un tiempo nuestra pasión y nuestra profesión. En lo más remoto de nuestra almas nos encanta fantasear con la idea de que disfrutamos con algo que no está al alcance de todos, por unas u otras razones. Intentemos no ser tan estúpidos...
En cualquier caso Timothée ha conseguido estos días algo que ya podríamos bautizar como 'el efecto Chalamet' y que no es otra cosa que lograr con sus palabras el efecto contrario a lo que pudiera pretender con ellas. Tildando de artes moribundas a la ópera y al ballet, Chalamet ha conseguido que una oleada de intstituciones y artistas reclamen estos días su vitalidad con multitud de publicaciones en las redes sociales.
Deberíamos sacar dos conclusiones de todo este esperpento. La primera de ellas, ya lo decía el refranero popular, es que la ignorancia es muy atrevida. Seguramente el pobre Timoteo no tiene ni la menor idea de lo que ha dicho en realidad, por puro desconocimiento de lo que la ópera, el ballet y las artes escénicas en general implican en su día a día, con centenares de miles de empleos en todo el mundo girando ante un telón que se levanta cada noche. Es imprudente hablar de manera tan generalista y superficial sobre unas disciplinas artísticas tan valiosas, con tal bagaje histórico y con tanta implantación social. Y sin embargo, seguramente todos hagamos lo mismo antes o después con otras disciplinas artísticas o profesionales. Apliquémonos el cuento.
En segundo lugar convendría reflexionar sobre la asignatura pendiente que nuestras disciplinas artísticas tienen para desmentir esos topicazos que ensombrecen su proyección social y que hacen que muchos ahí fuera, como el pobre Timoteo, perciban que son artes moribundas, géneros con las horas contadas. Nuestros teatros y auditorios llevan ya un par décadas, al menos, batallando con la necesidad de aumentar sus audiencias, peleando además con una revolución digital tan vertiginosa como imparable. A veces este reto se confunde con la salida fácil de contratar a cuatro influencers que son flor de un día y apostarlo a todo a unas pocas stories cuyo impacto nadie sabe cómo medir en realidad.
Me temo que lo que necesitamos más bien es un trabajo de fondo, con un impulso firme desde las administraciones públicas, que siempre parecen mirar hacia otro lado cuando se les invita a tomar cartas en este asunto. Y todo eso empieza por abajo, por la escuela, donde la necesidad de contar con más música y más teatro es realmente acuciante. Si este episodio con Timothée Chalamet ha puesto algo en evidencia es la urgente necesidad de que el gran público conozca mejor lo que hacemos: artistas, instituciones, publicaciones, intermediarios... El aire críptico que rodea todavía hoy a nuestro sector es seguramente su peor enemigo y levanta una barrera disuasoria que únicamente genera confusión e ignorancia. Que se lo digan si no al pobre Timoteo...
Dicho todo esto, celebremos hoy pues lo vivos que están nuestros escenarios, brindemos por la suerte que supone trabajar en un sector tan hermoso y tan necesario. E intentemos, por una vez en la vida, hacernos la vida más fácil, arrimando el hombro en lugar de pisarnos las mangueras.