
Ileana Cotrubaș. Und in dem 'Wie' da liegt der ganze Unterschied…
Y en el 'cómo' radica toda la diferencia…dice la Mariscala en su monólogo de El caballero de la rosa. Esta podría ser la clave de la vida artística de Ileana Cotrubaș. De la talentosa niña que llega a Bucarest desde su Galati natal y con 9 años ya es solista del Coro de Niños de la Radio Estatal de Rumanía, a la joven que debuta en la Ópera Nacional con el rol de Yniold (Pélleas et Melisande); de la gran lectora, experta pianista y ganadora de concursos en 1965 a su debut de 1968 en la Ópera de Frankfurt, y así hasta la última Mimì, con la que deja la escena en 1990, cohabitaron en Ileana Cotrubaș una intensa pasión y un pudor casi adolescente, un carácter determinado y una aguda ironía, una voluntad férrea cuando se trataba de defender el arte, la música y sus autores.
Al conocerse la noticia, la Wiener Staatsoper, escenario que la soprano rumana habitó desde 1969 a 1990, izó su bandera a media asta en señal de luto: la KS Ileana Cotrubaș se había despedido. Una Kammersängerin que persiguió la perfección y la verdad artística, tanto en el canto como en la interpretación, ahondando en la partitura de cada ópera como si cincelara un lied, una KS que veneraba a Mozart y a Verdi, sus compositores predilectos.
La intérprete
Que el timbre de una voz “hace” al personaje y que el intérprete “viste” al rol con su musicalidad, Cotrubaș lo supo desde un principio, pues poseía ese talento innato de “porgere la parola”, de entregar la palabra al público. El timbre “adolescente” de Cotrubaș con el tiempo sería más redondo y alcanzaría así los roles de Elisabetta di Valois, Louise o Charlotte. Gracias a ese timbre, Cotrubaș supo dotar a sus personajes trágicos de una cierta melancolía, de una delicada fragilidad que luego desbordaba hacia la pasión o hacia la angustia de la fatalidad. Con infinitos recursos, en sus roles de comedia se volvía brillante y aprovechaba su proverbial ironía.
Para el público y la crítica que en 1975 admiró La traviata de Múnich, donde el destino aunó a Ileana Cotrubaș con el inmenso Carlos Kleiber -junto a Jaume Aragall y a Wolfgang Brendel- esas representaciones fueron un antes y un después de “cómo” se debía tratar un título “de repertorio”. De la interpretación de ambos en la Bayerische Staatsoper, así como de la grabación posterior en estudio, mucho se ha escrito, destacándose siempre los grandes momentos: Preludio I & III - Sempre libera, Dite alla giovine, Amami Alfredo o Addio del passato. Pero con Cotrubaș se ha escrito también sobre las frases “de conversación”, se ha escrito sobre la lectura final de la carta, que ella iniciaba con voce bassa, senza suono, ma a tempo… y termina con voce sepolcrale…, tal como lo escribe Verdi. El timbre “adolescente” de Cotrubaș hace de Violetta una joven aún más sola e indefensa, necesitada de afecto y angustiada por un fin que se aproxima. Para Cotrubaș, la colaboración con Kleiber “fue tan compleja, tan intensa…Con él pude desgarrarme el alma, pude darlo todo, con él pude llegar hasta mis límites…”
En la Staatsoper de Viena que la supo adoptar, Ileana Cotrubaș encantó al público con heroínas que eran hijas desobedientes (como Pamina, Sophie, Gilda, Amelia Grimaldi o Tatyana) y con mujeres independientes condicionadas por el orden social (como Violetta, Zerlina, Mimì, Susanna, Micaëla, Adina, Nedda o Charlotte). Desde Viena, sus actuaciones la llevarán a Frankfurt, Hamburgo, Berlín, Salzburgo, Ámsterdam, Bruselas, Milán, Florencia, Bolonia, Nápoles, París, Lisboa, Londres, Glyndebourne, New York, Chicago, San Francisco o Buenos Aires.
En España, Ileana Cotrubaș se presentó en Madrid en el Teatro Nacional de La Zarzuela (La bohème / 1980 - XVII Festival de Ópera); en 1986 ofreció un recital en el Auditorio de la Casa de Campo y, en 1988, fue una de las invitadas de la velada que La Zarzuela ofreciera a Montserrat Caballé por el 25 aniversario de su debut madrileño. En el Gran Teatre del Liceu de Barcelona, Cotrubaș intervino en cuatro producciones: La bohème (1982), Le nozze di Figaro (1984), Pagliacci (1987) y Otello (1988).
La soprano rumana cantó ópera, lied y canción -arte que dominaba a la perfección- y sinfónico vocal - como el Requiem de Mozart o las Escenas del Fausto de Göthe de Schumann-. Su repertorio operístico se extendió del siglo XVII al XX, y aunque algunos le reprocharan un repertorio “restringido” la realidad demuestra que la soprano cantó en escena o grabó un total de 42 títulos.
Además de los 13 roles vieneses ya citados, Cotrubaș interpretó a Calisto (La Calisto / Cavalli); Almirena (Rinaldo / Händel); Elena (Paride ed Elena / Gluck); Euridice (Orfeo ed Euridice / Gluck); Bastienne (Bastien und Bastienne / Mozart); Illia (Idomeneo); Blonde y Konstanze (El rapto en el Serrallo); Despina (Così fan Tutte); Nerina (La fedeltà premiata / Haydn); Ninetta (La gazza ladra); Amina (La sonnambula); Norina (Don Pasquale); Oscar (Un ballo in maschera); Elisabetta (Don Carlo); Alice (Falstaff); Héro (Béatrice et Bénédict / Berlioz); Marguerite (Faust); Léïla (Les Pêcheurs de perles); Antonia (Les Contes d’Hoffmann); Manon (Massenet); Gretel (Hänsel und Gretel); Louise (Charpentier); Nedda (Pagliacci); Suor Genovieffa (Suor Angelica); Lauretta (Gianni Schicchi); Magda (La rondine); Mélisande (Pélleas et Mélisande) y Tytania (El sueño de una noche de verano / Britten).
La maestra
Desde finales de los 70, Ileana Cotrubaș inicia en EE.UU. sus lecciones privadas y clases magistrales que propondrá luego en otras ciudades. Solo en España, dio clases magistrales en la Escuela Superior de Música Reina Sofía (Pozuelo de Alarcón / 1999), en San Sebastián (2003) o en la Escuela Superior de Canto de Madrid (2013). Maestra muy exigente, Cotrubaș “no enseñaba canto”: perfeccionaba a artistas de talento ya formados. Esas clases particulares, tanto en Villefranche-sur-Mer como en Viena, las han recordado en estos días dos de sus alumnas.
La soprano uruguaya María José Siri escribía: “Conocí a Ileana Cotrubaș en 2002, durante el “Concurso Montserrat Caballé” de Andorra. Allí me seleccionó para hacer un día de lecciones tras no haber pasado la 1º ronda del concurso con “Regnava nel silenzio…”. Trabajamos todo el día los roles de Violetta y Micaëla; al terminar me dijo: “¡Tú eres Aida, Tosca! ¡No Amina! Tienes que cambiar tu técnica y encontrar tu verdadera voz.” Al poco tiempo empecé a viajar desde Uruguay a Villefranche-sur-Mer e Ileana no solo fue generosa con las clases, sino que también me acogió en su casa durante años. Era muy severa en las clases y muy maternal en la vida cotidiana. Con gran paciencia encontramos mi voz y cambió mi técnica por la actual, técnica que me ha hecho cantar por más de 20 años de carrera, siempre mejorándola. A Ileana no solo la admiraba como artista e intérprete. Lo que más me emocionaba de ella era la pasión con la que me enseñaba cada cosa, no solo del canto, sino del arte, de la belleza, de la vida de un artista y, sobre todo, me enseñó a amar esta profesión, comprendiendo todas las dificultades a nivel emotivo, a soportar las presiones; sobre todo me enseñó a decir NO. Ileana me enseñó a escuchar mi cuerpo al momento de elegir repertorio y me dio sus “tips” secretos, esos sabios consejos para una mejor evolución y descanso de la voz sin recurrir a las medicinas. Ileana fue mi madre artística…En nuestras largas charlas telefónicas, sus amorosas palabras están custodiadas en mi corazón como un gran tesoro. Gracias Ileana, cambiaste mi vida con tu gran generosidad…Gracias infinitas al Cielo.”
Por su parte, la mezzo francesa Gaëlle Arquez, quien encuentra a Cotrubaș en 2006, así la recordaba: “Era una mujer de una intensidad poco común. Sus palabras podían ser mordaces, su juicio implacable y sus exigencias formidables. Exigía la verdad, el compromiso y la honestidad absoluta; exigencias que no siempre resultan cómodas de cumplir, pero que quizá sean indispensables para quien quiera llegar a ser algo más que un simple intérprete. Me enseñaba -a veces con una firmeza que no dejaba lugar a escondites- a forjar la coraza necesaria para esta profesión tan exigente, sin permitir jamás que esa coraza endureciera lo más esencial de un artista. Porque detrás de esa impresionante fuerza se escondía un corazón profundamente entrañable y una inmensa sensibilidad. Sabía que una voz no es solo una materia que se trabaja: debe estar vivida. Alimentaba la imaginación, la poesía, la vulnerabilidad y ese mundo interior sin límites del que nace el verdadero canto. Me sacudió. Me exigió más. Me hizo crecer. Y veinte años después valoro aún más hasta qué punto ese encuentro ha moldeado a la cantante -y a la mujer- en la que me he convertido.”
La paladina
En 1998, ocho años después de sus adioses, Ileana Cotrubaș -en colaboración con su marido, el pianista y director alemán Manfred Ramin- publica para la Holzhausen de Viena un libro que suscitará estupor: Opernwahrheiten [Verdades de la ópera]. Tal como escribe el crítico Thomas Voigt en su reseña de 1999 para Fono Forum: “Lo que Ileana Cotrubaș ha plasmado en estas 257 páginas bajo este título dista mucho de ser la típica biografía de una “prima donna”. Se trata de un intento comprometido por rescatar para la ópera lo que se ha perdido en la era de un “teatro musical” [Musiktheater en el original] supuestamente moderno. A los directores de escena y a los directores artísticos no les encantará este libro, ni tampoco a algunos directores de orquesta, sobre todo porque Cotrubaș no tiene miedo en dar nombres...”
Durante su carrera, Cotrubaș había batallado con ciertas propuestas o se había retirado a tiempo. Según se cuenta, en 1973 abandona una producción de Oneguin en Viena, y en 1980 deja una de Don Pasquale en el Met. En 1981, y en el mismo teatro, abandona los ensayos de una Traviata de John Dexter y no regresa hasta que Colin Graham se hace cargo del montaje. Y en otra Traviata de 1987 de la Opernhaus de Zúrich, con dirección escénica de Nicolas Joël, Cotrubaș no encontró momento más “oportuno” que los saludos de Violetta después del primer acto para disculparse con el público por haber aceptado una producción con la que no estaba de acuerdo…
Con tales antecedentes, vemos que la soprano no esperó a retirarse para escribir sobre un tema candente. Cotrubaș fue siempre una artista “combativa”. Para ella, un buen artista profesional integra un equipo donde la imposición no tiene lugar. Estaba segura de sus convicciones y no era obsecuente ni con los intendentes, ni con los directores musicales o escénicos ni con los colegas.
En el libro, la soprano plantea sus premisas: conservar la dignidad de la profesión respetando la obra y el autor, y explica el uso del Teatro Musical -ese Musiktheater de entonces que sería el Regietheater de hoy-. Ya Luchino Visconti, tras presenciar un Don Carlo en Alemania a finales de los años 30, denunciaba las “humillaciones” que el Melodramma italiano debía soportar. Cotrubaș cita una producción de Stuttgart del Fidelio de Beethoven. Ambientada en un manicomio, al inicio del acto II Florestan debía gatear mientras cantaba su recitativo y aria para “encontrar” el interruptor de la lámpara que “acabaría con esa oscuridad”. Mordaz, la soprano comenta: “Finalmente una interpretación correcta y moderna del verdadero significado oculto de la frase de Florestan: “Gott! Welch Dunkel hier!...” [Dios, qué oscuro está aquí…].
En los años de Viena, Cotrubaș trabaja con directores escénicos respetados como Asagaroff, Hartmann, Lindtberg, Poettgen, Ponnelle, Samaritani, Schenk, Strehler o Zeffirelli. En su libro, ella no mete en el mismo saco a toda la categoría, pero la divide en 3 grupos: Los puros ignorantes -personajes “vírgenes” de ópera que aportarán ideas renovadoras y mucha prensa, aunque no conozcan la ópera a montar / Los oportunistas de vanguardia -aquellos que son “provocadores” en Kassel, pero serían “convencionales” si los llamara el Met- / Los camaleones -los que aceptan todas las contingencias con tal de mantenerse en su puesto-.
Ileana Cotrubaș reclama en el libro una reforma a intendentes y directores artísticos, y los acusa de una falsa “mentalidad abierta” que permite un Musiktheater ya superado. Acusa a los directores de orquesta de cortes musicales y nuevas dramaturgias para la puesta en escena, sin preservar ni la obra ni las intenciones del autor, para después contentarse con dirigir sin alzar la cabeza del podio. Y acusa también a los críticos musicales “influyentes” y a las agencias artísticas. Tal como concluye Voigt: “…Ileana Cotrubaș tenía claro que estas declaraciones le valdrían el aplauso del bando equivocado. Precisamente por eso, ella subraya también lo que NO quiere: el “como antes”, el “museo de la ópera”. Cotrubaș pretende “una puesta en escena adecuada”…A ella le importa el conjunto, la esencia, el alma de la ópera.”
Ileana Cotrubas falleció en Bucarest, el pasado 20 de agosto, a los 87 años.
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