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Cuarteto Casals

Música y energía

Madrid. 31/03/17. Auditorio Nacional. Temporada 16-17 de la Orquesta Nacional de España. Obras de Coll, Mozart y Beethoven. Robert Silla, oboe. Enrique Pérez Piquer, clarinete. Enrique Abargués, fagot. Rodolfo Epelde, trompa. Cuarteto Casals. Orquesta Nacional de España. David Afkham, director.

El concierto número 17 del Ciclo Sinfónico de la OCNE propuso un programa donde se mezcló un concerto grosso, una sinfonía concertante y una sinfonía, géneros todos diferentes pero hermanos. La que más dudas nos genera es la sinfonía concertante, un género a medio camino entre el concierto y la sinfonía, estructurada en tres movimientos y en este caso, con una escritura orquestal tejida ricamente. El cuarteto concertante lo formaron Robert Silla (oboe), Enrique Pérez Piquer (Clarinete), Enrique Abargues (Fagot) y Rodolfo Epelde (trompa), todos músicos de importante trayectoria nacional e internacional. La velada comenzó tras un cambio de orden en el programa y quizá fue este hecho el que produjo que la interpretación de la Sinfonía Concertante K. 297b no sonara lo brillante y festiva que es, o que verdaderamente la obra no pertenece a Mozart, cosa que sigue siendo cuestionada. Afkham, sin batuta, dirigió el primer movimiento Allegro con precisión, enérgico, conduciéndolo estrictamente para que llegaran a buen puerto orquesta y cuarteto, que sonó equilibrado y con buen empaste, fundamentalmente en la cadenza previa a la coda. En el Adagio encontramos un intercambio de material temático entre los cuatro solistas. Clarinete y fagot lucieron sus colores, especialmente el clarinete, de sonido brillante y claro. En cuanto a la orquesta, empezó a meterse en el concierto al final del movimiento, dulcificando el sonido de los violines. Ya en el Andantino con variazioni orquesta y solistas se entendieron mejor. Cada una de las diez variaciones reflejó la alegría de la sinfonía. Fagot, clarinete y oboe dieron muestra de mayor virtuosismo y buen gusto en la ejecución de sus partes. Mientras, las cuerdas no acabaron de dar un sonido completamente redondo que arropara el discurso del cuarteto concertante.

El estreno absoluto del Concerto Grosso “Invisible Zones” de Francisco Coll, dedicado al Cuarteto Casals por su veinte aniversario, tomó el relevo de Mozart. A la orquesta se le añadió un arpa y se suprimieron los vientos, cual si fuera un concerto grosso del Barroco, y como conjunto concertante el propio cuarteto. Una atmósfera de inestabilidad producida con armónicos llenó el auditorio en el primer movimiento, sonidos similares a cristal, trozos de melodías aquí y allá, y el cuarteto solista integrado por momentos en el tutti orquestal. Un poco más rítmico y menos misterioso arrancó el segundo movimiento, sin dejar de ser un tanto perturbador. En su interior late algún ritmo español que se adivinaba difuso y cierto entre la telaraña sonora. El tercer movimiento nos lleva de vuelta al primero, pero a diferencia del mismo, extensamente desarrollado. El Cuarteto Casals se lució con una afinación exquisita y un vibrato poderoso en todos sus componentes. Ellos parecen un personaje en esa nebulosa creada por Coll donde se escucharon jirones de sueños y recuerdos. El movimiento es un andar errático hacia ningún sitio, aunque eso mismo sea una constante, como un hámster en la rueda que nunca haya reposo, porque no hay principio ni fin, o porque son la misma cosa. Orquesta y director hicieron una lectura que, si no enamoró al público, consiguió que fuera al menos interesante.

En la segunda parte del concierto la Sexta Sinfonía de Beethoven fue la obra elegida para culminar el concierto. Compuesta y estrenada a la vez que la Quinta, nos enseña un Beethoven quasi alegre, o despreocupado, como la naturaleza que refleja en la misma. Cinco movimientos en lugar de los cuatro habituales y un programa descriptivo que define cada movimiento, nos dejan ver un Beethoven siempre transgresor. El Allegro ma non troppo dio comienzo con entusiasmo desde la batuta a la orquesta, que sí sonó a Beethoven. Cuerdas de sonido homogéneo y diferenciación de planos sonoros entre las secciones nos dejaron disfrutar de sus sencillas y cercanas melodías. Después de las terribles toses del respetable y como las ondas del agua en un arroyo, comenzó el Andante molto mosso, valseado, con nuevos temas que en el desarrollo se fueron intensificando bajo la dirección de Afkham, que disfrutó de momentos magníficos como los solos de clarinete y flauta emulando a los pájaros. El tercer movimiento, Allegro, es un scherzo, que se enlazará sin pausa con los dos últimos movimientos. Destacaron el canto del oboe, y el resto del viento madera; la sencillez y rotundidad de los motivos melódicos; y la voz de los contrabajos, limpios en su sonido y articulación. Interrumpiendo este jolgorio campestre, la tormenta y el magnífico timbal, como su representante en la orquesta, se apoderaron del cuarto movimiento Allegro. De nuevo los contrabajos, con una escritura endiablada, y los violonchelos, mostraron su destreza interpretativa. En uno de los momentos más deliciosos y fascinantes de la sinfonía vuelve Beethoven a unir dos movimientos, y así nos encontramos en el Allegretto final. Su tema principal, precioso como una gema, va sobrevolándolo como una hoja llevada por el viento, sencillo y desarrollado en cada una de las familias de la orquesta sin llegar a cansar jamás. Broche de oro para una noche de contrastes de épocas y géneros, y para una orquesta que fue in crescendo y ganando confianza según avanzaba el programa.

Foto: Igorcat. 

 

 

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