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Argerich Baldocci 

Argerich, presente

Barcelona. 15/1/18. Palau de la Música. Ibercamera. Liszt-Mozart: Reminiscencias de Don Juan (para dos pianos). Liszt-Verdi: Salve Maria de Jerusalén. Liszt-Wagner: Isoldes Liebestod. Shostakovich: Concertino para dos pianos en la menor. Schumann: Escenas de niños. Rachmaninov: Suite para dos pianos núm. 1. Ravel: La Valse para dos pianos. Martha Argerich y Gabriele Baldocci, piano. 

Cerrando la gira por España, por méritos propios y con una sólida trayectoria detrás, la pianista argentina Marta Argerich es uno de aquellos nombres que no necesita presentación. Cuando así sucede, la sala de conciertos del Palau se llena de una masa que aplaude cálida y religiosamente –sin respetar eso sí todos los mandatos del ritual, como hemos leído ya hasta la saciedad– desde la aparición del nombre en cuestión. Rodeada por un público que exprimiendo el aforo, también se decidió colocar sobre el escenario, con algún desconcertante ¡bravo! apareció acompañada de su protegido Gabriele Baldocci –aunque no deslumbrara, un buen pianista contra lo que se ha dicho estos días– para abordar la primera de las tres muestras del arte de Liszt al trasladar obras sinfónicas y operísticas al piano desde los salones burgueses. En una reminiscencia “de manual”, la elaboración romántica y atronadora del compositor húngaro arroja una nueva luz sobre el espiral dramático que atrapa al Don Giovanni mozartiano, desde los parámetros del virtuosismo instrumental, en este caso en la versión para dos pianos de 1877, muy posterior a la primera. No es fácil equilibrar la traducción de la diversidad tímbrica y la masa orquestal –las dos únicas superioridades de la orquesta según Liszt– en el piano. Algo mecánica y glacial, la lectura dejó más dudas que admiración, con una chocante delimitación de las frases y un discutible exceso del pedal por parte de ambos.

1848, el año de las revoluciones iniciadas en Francia contra la restauración absolutista, marca una frontera para la política, el arte, la música y también para la producción de Liszt, que inicia la famosa serie de poemas sinfónicos. De entonces es su versión para piano del aria de Giselda “Salve Maria” de la Jerusalén verdiana, estrenada sólo un año antes y basada en su anterior I lombardi.  Liszt traslada aquí como en su fantasía sobre el “Miserere” de Il trovatore el lirismo de la escena operística. Un lirismo introspectivo que fue magníficamente captado por Baldocci, recorriendo los recovecos de la partitura ya solo sobre el escenario, echando mano de inflexiones enriquecedoras y de un rubato inteligente. No sucedió lo mismo en la siguiente pieza. En el conocido tema de la “Muerte de Amor” (Liebestod o mejor aún del “Amor como Muerte”) al final de Tristán e Isolda, la ingravidez vital del amor está expresada a través de la ingravidez armónica, en una armonía latente que no se manifiesta hasta ese final que nos conduce a la muerte. Es en manos de Liszt, cuando conocía todos los vericuetos de la partitura de Wagner, uno de los más magistrales ejemplos de su dominio del arte de la transcripción, capaz de trasladar al piano grandes dosis de la riqueza tímbrica que emana de la textura wagneriana hasta trascender el propio género, dándole una nueva significación a la obra. En una lectura muy siglo XXI, con más volumen que profundidad estética, el pianista italiano desplegó una lectura vigorosa que sin embargo se fue desdibujando hacia el final, más que por ciertas imprecisiones, por una interpretación de concepto algo simple, recargada a veces con una expresividad inoportuna y ajena al propio espíritu de la obra que se vio oscurecido. 

La primera parte se cerró ya con una de las obras grabadas por Argerich y Baldocci hace una década, y que incluyeron en su disco para Dynamic (2013). En el estreno del Concertino para dos pianos de Shostakovich participó su hijo Maxim a los dieciséis años, lo cual no quiere decir que su padre le hiciera sortear dificultades, en estrecha filiación con su posterior segundo concierto para piano. Fue una lectura muy equilibrada y solvente, homogénea en el trabajo de dúo, así como mucho más diáfana en su musicalidad que la primera pieza del programa. 

Sorprendiendo a muchos aún en su “descanso” Argerich se abalanzó –ahora sola– sobre el piano. La sencillez y frescura de las miniaturas que componen las Escenas infantiles de Schumann demandan una sensibilidad soñadora y penetrante así como una amplia variedad de recursos. Todo eso desplegaron los dedos elocuentes de la pianista. Situada en esa soledad tan aterradora y abismal para Argerich, miró al abismo y el abismo miró también a su interior, alcanzando instantes de meditación dibujados con transparencia, dominio del matiz y un sonido embriagador. Tanto que un señor, que en “Träumerei” luchaba contra la fuerza de gravedad ejercida sobre su cabeza, se dejó vencer como un niño en “Kind im Einschlummern” cuando pareció que esta se desprendería y saldría rodando entre las butacas.

La primera de las suites para dos pianos que compuso Rachmaninov, consiste en una encantadora imagen musical (Fantasie-Tableaux), una traducción aguda de lo visual a lo sonoro, que tiene además una base literaria anunciada por cada número-escena-poema repleta de resonancias y recuerdos, y una reveladora dedicatoria a Tchaikovsky que moría ese mismo año. Favorecidos por la unidad de estilo, ambos navegaron con comodidad y claridad, logrando una versión rotunda del denso y extenso fresco romántico. Para acabar, La Valse de Ravel: originalmente un “poème choréographique” que tenía en Johan Strauss y el vals vienés su objeto de admiración, pero también la evocación impresionista que en él producía ese mundo que lo rodeaba. Esta versión para dos pianos vio la luz en la primavera de 1920, cuando la inocencia europea de la Belle époque ya había sido arrasada por la sangrienta guerra, de tal modo que la evocación raveliana muestra una mueca trágica. Coloristas e involucrados, aunque con cierto descuido de los planos sonoros y la articulación, en sus cuatro manos la obra se erigió en un fresco y jovial remate de la visita. Regalaron aún un par de propinas con la sala entregada, donde sorprendió “Génesis”: una pieza de Anthony Phillips, fundador de la banda homónima, dedicada a Argerich. 

En suma, un recital que sin llegar a emocionar tuvo esos instantes de grandeza abismal que cuesta tanto de escuchar, salvando excepciones, en tantos y tantos solistas de presente y futuro. Siendo del pasado, evidencia cronológica que a falta de análisis muchos cacarean, Argerich sigue siendo presente. 

 

 

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