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El triunfo de lo inapropiado

Milán. 05/01/19. Teatro alla Scala. Verdi: Attila. Ildar Abdrazakov (Attila), George Petean (Ezio), Saioa Hernández (Odabella), Fabio Sartori (Foresto), Francesco Pittari (Uldino), Gianluca Buratto (Leone),  Coro y orquesta de la Scala de Milán Davirde Livermore (Director de escena), Giò Forma (Escenografía), Gianluca Falaschi (Vestuario), Riccardo Chailly (Director musical).

Que para la función del 5 de enero, sábado víspera de Reyes (o más bien Befana), estuviesen pocas horas antes más de 130 asientos disponibles –y para la ultima más de 300– deja claro que se nos llena mucho la boca cuando sacamos a colación al genio de Busetto, pero como la misma historia refleja, le defraudamos con asiduidad. Es quizás cierto que, como el propio Chailly llegó a admitir, el título no es el más apropiado para una apertura de temporada –y tampoco esto es un foro para discutirlo –, pero a pesar de revelar algunas butacas vacías quizás sí lo podemos erigir como uno de los más convincentes y exitosos de los últimos años para la apertura de temporada scaligera.

La verdad mas absoluta en torno a la puesta en escena de Davide Livermore es que no deja a nadie indiferente, en positivo para los amantes de una suntuosa tramoya, en negativo para quienes se jactan de ser más inquietos y se desviven por direcciones más “modernas”, adjetivo que al igual que mi querido colega Alberto Mattioli, no he llegado nunca a entender. Si bien rezuma un cierto carácter conservador –no exento de un vistoso forjado en las ruinas romanas– Livermore añade, cual artista visual, múltiples proyecciones de fondo (obra del estudio D-WOK) al vistoso trabajo de los tramoyistas: desde aquellas que rememoran la tragedia de Odabella, a las que complementan el cuadro histórico con la copia animada del fresco Encuentro de León Magno con Atila, que además verá la luz cual Belén viviente en la pesadilla de Atila en la que Livermore lo enmarca. Es cierto que la inclusión del noto fresco de Rafael (situado en las estancias vaticanas) se puede casi dar por descontada en el contexto en el que se movían las escenas de Giò Forma, pero hasta lo obvio puede funcionar si vamos algo más allá en su lectura. Sea como fuere, admirar semejante obra de arte en pseudo movimiento, en esas dimensiones, no dejó de ser un disfrute.

Del reparto vocal no podría sino alabar el alto nivel al que lograron llevar su trabajo, sin prácticamente excepciones. El Attila de Ildar Abdrazakov supo dejar a un lado la elegancia que suele destilar para impostar un canto que sonaba tan mutable en carácter como el propio personaje, sin desposeerlo eso sí de todas las desbordantes virtudes de una de las mejores voces del panorama actual en su registro. Abdrazakov se impuso quizás como el más verdiano del entero reparto, no solo por la evidente afinidad vocal de su instrumento al repertorio, sino por ser el que de forma más natural se desenvuelve en su tensa dramaturgia. Tuvo además un buen complemento en el Ezio de George Petean, irreprensible a su vez, autor también de uno de los momentos de la representación musicalmente más conmovedores en el arranque del segundo acto con su “Dagli immortali vertici”.

Fabio Sartori desarrolló todas las virtudes tenoriles que se esperaban de él, y resultó el único falto en su empeño dramático, como en parte se podía preveer. Su aria Oh dolore (precisamente concevida para la premiere milanés de Attila en detrimento de Che non avrebbe il misero) fue su intervención más aplaudida, seguramente por ser la que más se ajustaba a su instrumento, quizás con similitudes a aquel para el que fue pensada, el tenor Napoleone Moriani, llamado “por los españoles” –según el Dizionario biográfico dei più celebri poeti ed artista melodrammatici  de Francesco Regli– el “tenor de la bella muerte”.

Saioa Hernández ofreció una interpretación entregada en lo vocal, incisiva, heroica en carácter y limpia en entonación. Tengo para mí que no se podría pedir más, ni siquiera esperarlo. Abrir la temporada en la Scala es sin duda uno de los momentos más álgidos que una cantante puede tener en su carrera, si no el mayor, sin embargo el derroche de medios de Saioa Hernández haría a cualquiera temer no por el presente, que es el que hoy justificó su presencia, sino por el futuro, pues tanta intensidad canora podría cortar las piernas a cualquier carrera. Verdi no es Ponchielli –con quien la soprano tanto éxito recogió en Piacenza–, hay que saberlo gestionar, y la madrileña encaró con tanta osadía e intensidad determinados pasajes que sendas virtudes se volvieron en parte en contra de la riqueza dinámica que Verdi les concedió, aunque la pasión que le puso veló los posibles resquemores. Sea como fuere, que las emociones le dejen a uno llevar otorga alma a las voces, que es en definitiva para lo que acudimos a ver espectáculos en vivo.

El título se demostró ideal para un maestro de la concertación como Riccardo Chailly –con la acertada compañía de la orquesta y el coro de la Scala–, a cuya batuta le gusta cabalgar sobre las tormentas y los sueños que ese joven Verdi dibujó para este Attila, y que verán su redención musical en la puesta en escena del Macbeth que cerrará el tríptico abierto en la temporada 2015-2016 con Giovanna d’Arco. La pasión del director italiano solo se contuvo ante la línea vocal acompañaba, firme pero humilde, sin ofuscar, pero a su vez sin dejar de mostrar la riqueza de las páginas orquestales que la arropan, cerrando de este modo un círculo casi perfecto para una apertura de temporada que sí vio crecer la hierba.

 

 

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