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Butterfly Brescia Amisano Teatro alla Scala

 

Puccini vuelve a la Scala

Milán. 11/12/2016. Teatro alla Scala. Puccini: Madama Butterfly (versión original estrenada en 1904 en Milán). María José Siri (Cio-Cio-San), Bryan Hymel (Pinkerton), Carlos Álvarez (Sharpless), Annalista Stroppa (Suzuki), Nicole Brandolino (Kate Pinkerton), Carlo Bosi (Goro) y otros. dir. de ecena: Alvis Hermanis. Dir. musical: Riccardo Chailly.

Paradojas de la vida, con Ricardo Chailly la Scala va camino de convertirse en un extraño templo pucciniano, tras ofrecernos ya Turandot (2014), La fanciulla del West (2015). Precisamente el mismo teatro que dio la espalda a Puccini en 1904, tras el desafortunado estreno de su primera versión de Madama Butterfly, justamente la que ahora se recupera, no tanto con un afán filológico como con la intención de hacer justicia a un compositor que quizá en ninguna partitura como en esta deja clara su filiación wagneriana y su contemporaneidad con Strauss, Mahler, Zemlinsky y demás genios de la música en el entorno alemán del primer tercio del siglo XX. Chailly desempolva esta versión original, en dos actos y que aporta unos veinte minutos más de música, con la curiosidad de recorrer y recrear las intenciones originales de Puccini. Al margen de la curiosidad filológica se constatan dos cosas: esta versión original es más cruda, directa y descarnada; y al mismo tiempo la segunda versión, la hoy extendida, aporta una mayor concisión y redondez, atinando Puccini a cortar precisamente lo que tenía sentido elaborar de otro modo. En realidad, las dos diferencias más relevantes corresponden a la escena final, más extensa y menos acabada en la versión original, y a la aparición de Kate Pinkerton, que es aquí un personaje con más protagonismo, planteándose de hecho una breve confrontación entre ella y Cio-Cio-San. 

Recién incorporado, ahora ya sí, a la labor oficial de director musical titular del Teatro alla Scala de Milán, Riccardo Chailly recrea una Butterfy refinadísima, sumamente apreciable, nítida y de gran impacto dramático. Su trabajo con la orquesta de la Scala remata un sonido con cuerpo, redondo, que inspira el drama sin avasallarlo, por más que el volumen quepa matizarse en varios momentos durante la representación, descuidando un tanto a los solistas. A pesar de cierto distanciamiento en el hacer de Chailly, como más preocupado por el afán filológico que por la emoción propiamente dicha, su versión musical subyuga a la postre por lo inexorable de una música extraordinaria.

Alvis Hermanis es un director de escena desconcertante. A la vista de esta Butterfly parece mentira que sea el mismo que firmó la controvertida Damnation de Faust en París, hace ahora un año. Y el mismo, por cierto, que firmó el consabido Trovatore de Salzburgo con Netrebko, Domingo y compañía. O el mismo, ya por rematar la sorpresa, que firmó la nefasta Tosca de la Staatsoper de Berlín, estrenada en 2015 con Barenboim a la batuta. Nadie podrá acusar a Hermanis de hacer siempre lo mismo, de repetir más o menos un mismo código a lo Bob Wilson, pongamos por caso. Su trabajo no posee una estética reconocible y reiterada. Pero sí comparte, en muchos casos, un idéntico tic, un regusto demasiado contemplativo, en una óptica que se complace con la simple belleza (o la simpleza bella, más bien), renunciando a una dramaturgia cierta, desnuda e íntima. Su Butterfly es todo lo contrario, pintoresca hasta un punto en que hace aguas y el aplauso unánime del público de la Scala, por sorprendente que parezca, así lo confirma. Una Butterfly que complace, que suscita el elogio por “bonita”, se ha dejado en el tintero la verdad del drama pucciniano. Partiendo de un registro visual muy cuidado, siguiendo al pie de la letra el Ukiyo-e, y con una gestualidad que se supone que sigue de cerca el teatro kabuki, Hermanis no aspira a otra cosa que a levantar un espectáculo preciosista y a menudo hueco, que depende al final del empeño de los solistas para sostener la tensión dramática. A diferencia de lo que parece pensar Hermanis, Butterfly no es un cuento nipón de feliz estampa; es triste constatar pues que de la tragedia de Cio-Cio-San no hubo aquí apenas nada.

La soprano uruguaya María José Siri, a la que entrevistamos hace unos días en Platea Magazine, debutaba como Cio-Cio-San con estas funciones de la Scala. Tremendo reto, sin duda alguna, el de enfrentarse al mismo tiempo a una apertura de temporada en el teatro milanés y a un debut tan comprometido. No abundan (no han abundado nunca…) las sopranos que tengan y mantengan en repertorio el rol de Butterfly: es extenso y exigente tanto en lo vocal como en lo psicológico. Que una soprano como Mirella Freni, dotada de los medios ideales para el papel, no lo afrontase nunca en escena dice mucho del respeto y distancia que este rol impone. De entrada, pues, un aplauso para la soprano uruguaya por enfrentarse con valía y coraje a este doble reto. Por lo que hace a esta representación, seguramente su Butterfly no tuvo el carisma que podrá atesorar con el paso del tiempo; vocalmente recorrió sin fisuras la partitura, quizá aún más exigente en esta versión original. La regia de Hermanis tampoco deja mucho margen a la intérprete para hacer “su” Butterfly, un tanto encorsetado el rol en manos de un retrato sin duda naïf del personaje. A Siri, en fin, sólo cabe pedirle que continué insistiendo en un papel que puede hacer suyo con fortuna conforme acumule funciones. 

Bryan Hymel es un cantante que ha dado pruebas indudables de su valía en partes de Berlioz (Les troyens, La damnation de Faust), Meyerbeer (Robert le Diable) o Rossini (Gillaume Tell). Su presencia en este reparto sorprendía ya un tanto de antemano pues no se antoja que Puccini sea su terreno natural. Su Pinkerton no ha brillado, de hecho, tanto como debería, cubierto en ocasiones por un Chailly más desbocado de la cuenta, pero lastrado también por una inadecuación general al estilo pucciniano, ya sea por fraseo, ya por color vocal, ya incluso por la emisión misma del instrumento.

La mezzosoprano italiana Annalisa Stroppa ofrece un trabajo sobresaliente como Suzuki, soportando sobre sus hombros buena parte de la tensión dramática de la representación, viviendo de hecho en sus propias carnes la tragedia de Cio-Cio-San, como en un juego de espejos. Seguridad vocal, idoneidad del instrumento para la parte y sobresaliente desempeño escénico confirman una vez más que Stroppa viene labrándose un camino propio y firme durante el último lustro.

Extraordinario Sharpless el de Carlos Álvarez, que debutó precisamente en la Scala hace ahora veinte años con este mismo papel, también entonces con Chailly en el foso. El barítono malagueño se muestra en plena forma, intactas las facultades vocales de antaño, noble el instrumento, firme y elegante la línea de canto, indudable la apostura escénica. Un lujo y un orgullo. 

El papel de Kate Pinkterton tiene en esta versión un mayor protagonismo, con una escena más dilatada que en la versión ulterior. La parte recaía aquí en la joven mezzo italiana Nicole Brandolino, en uno de sus primeros compromisos de entidad, mostrando un instrumento oscuro y bien timbrado. Del poco brillante elenco de comprimarios, como cabía esperar, sólo cabe rescatar el buen trabajo de Carlo Bosi como Goro.

 

 

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