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Causa Cavalliana: Duende veneciano

Bayreuth 11/09/25. Ordenkirsche St. Georgen de Bayreuth. Obras de F. Cavalli. Cappella Mediterranea. Dir. Mus.& Clave y órgano: L. García Alarcón. M. Flores, soprano.

En una tercera jornada continua en los últimos días de la VI edición del Bayreuth Baroque Festival, el concierto se centró en el compositor protagonista de esta edición: Francesco Cavalli. 

Con la agrupación instrumental Cappella Mediterranea, orquesta en residencia del Festival este año, y su director fundador al frente, Leonardo García Alarcón, se dedicó un concierto entero a la música del compositor, en un viaje desde su ópera más temprana: Le nozze di Teti e di Peleo (1639), hasta uno de sus últimos títulos: Ercole amante (1662). 

La protagonista no podía ser otra que la soprano Mariana Flores, musa y acompañante de García Alarcón en la recuperación musical patrimonial de la música de Cavalli.

Ambos, junto al siempre excelso trabajo de Cappella Mediterranea, sumergieron al espectador en un recital de poco más de una hora donde la música de Cavalli, fluyó, floreció y mostró el arte de un compositor que enriqueció la historia de la ópera. Un género casi recién nacido que evolucionó de manera sorprendente en la Venecia donde su maestro, Claudio Monteverdi, estrenó su última ópera: L’incoronazione di Poppea (Teatro San Giovani e Paolo, 1643) el mismo año de la muerte del compositor, el considerado creador del género operístico.

Cavalli, con un estilo imaginativo, donde texto, musica y declamación se tornan uno, dejó el rastro de la evolución de un género donde la orquestación, la teatralidad y las inflexiones de un canto lleno de expresión y humanidad fueron evolucionando al mismo tiempo que iba componiendo nuevas óperas.

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Mariana Flores, con su canto lleno de sentimiento, efusividad, tragedia o empoderamiento, según el personaje que fue interpretando, se marcó un tour de force admirable. La soprano argentina consiguió que apareciera lo que los cantantes del canto jondo denominan “el duende”, esa magia interpretativa única que solo aparece de vez en cuando en los conciertos y que suma una actuación inolvidable que solo se puede experimentar en vivo.

Su carisma, una expresión siempre a flor de piel, mezclado con un timbre cobrizo y una emisión siempre presente, desarboló un repertorio sin pausa, donde solo descansó en los pasajes instrumentales marcados por un programa rico y variado.

Así fue como sedujo como Venus en la inicial Le nozze di Teti e di Peleo, emocionó en el lamento de Procris de Gli amori de Apollo e Dafne (1640), infundió respeto como la Medea de Giasone (1649), o llevó la pérdida del amor de Isifile, en su lamento de la misma ópera, a un punto de paroxismo musical aupada por una Cappella Mediterranea de evanescente sonoridad dramática. Uno de los momentos inolvidables del recital.

El domino del estilo del canto de Mariana fue acompañado por sus desplazamientos por toda la iglesia, ora cantando desde el centro de la orquesta, ora delante, ora desde un lateral, incluso desde el púlpito central de la escenográfica iglesia del Ordenskirche St. Georgen. Unos movimientos casi coreográficos pero nada impostados, donde el carácter de cada uno de los personajes que interpretó se realzaron por la fuerza emotiva de su gesto y un canto siempre al detalle de los colores y los afectos.

Así fue como interpretó un mórbido Restino imbalsamate de La Calisto (1651), o la vaporosa Speranze voi che siete de la Erismena (1655). De nuevo hay que recalcar el preciosismo del acompañamiento orquestal entre todos los números cantados, con enlaces instrumentales sin solución de continuidad, donde Cappella Mediterranea, con el órgano y el clave de García Alarcón, dieron todo el colorido y escenografía musical que esta música demanda.

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La teatralidad tragicómica del aria Quest’è un gran caso al certo, de Vafrino de la Hipermestra (1658), arrancó unos entusiastas aplausos casi al final del recital, gracias a la catarsis conseguida por la interpretación. Una muestra más del duende veneciano que se pudo experimentar en este recital a mayor gloria de Cavalli.

El ímpetu mayestático de la Giunione en E vuol dunque Ciprigna de Ercole amante (1662), ultima pieza del recital, todavía mostró una Mariana Flores dominadora en lo musical y carismática en lo expresivo. 

El recital concluyó entre los vítores de una audiencia entregada en una iglesia transformada en un Teatro de los sentidos de una Venecia barroca pretérita. El fervor del público y la magia conseguida entre artistas y público llegó a ofrecer hasta cuatro bises: la jácara “No hay que decirle al primor”,  la canción “Alfonsina y el mar”, el aria Che si puo fare de Barbara Strozzi y una última pieza que levantó al público de sus asientos.

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