© Miguel San Cristóbal
Leningrado vive
Bilbao. 07/11/2025. Palacio Euskalduna. Dimitri Shostakovich: Sinfonia nº 7 en do mayor, op. 60 Leningrado. Orquesta Sinfónica de Bilbao. Karmele Jaio (narradora). Dirección musical: Vasily Petrenko.
A lo largo de la vida de un melómano hay una serie de obras musicales que por distintas circunstancias, las más de las veces sencillas, domésticas, se nos escapan entre las manos y no terminamos de vivirlas en directo. Nos conformamos con las grabaciones o las retransmisiones radiofónicas y cuando surge la oportunidad, tratamos de aprovecharla. Y, sin embargo, como alguna de ellas parece estar “gafada” parece se nos escabullen como si tuvieran vida propia. Por ejemplo, hasta el año pasado no pude vivir en directo la Missa Solemnis, de Ludwig van Beethoven tras varios intentos hasta que el Teatro Arriaga me curó la herida. Y lo mismo me ocurría con esta sinfonía, una de las más imponentes del siglo XX, la llamada Leningrado y que dejó Dimitri Shostakovich (1906-1975) como regalo a una Unión Soviética herida de muerte por la invasión nazi.
La leyenda habla de una Leningrado destruida, bombardeada, con sus habitantes famélicos, hambrientos y luchando hasta la extenuación. Y en ese contexto, tras el estreno de marzo de 1942 en Samara bajo la batuta de Samuil Samosud los componentes de la Filarmónica de la ciudad, en condiciones extremas, la estrenaron en un concierto al que asistió la plana mayor del ejército rojo y del Partido Comunista. Una mezcla de temeridad y orgullo, de hambre y de fe en la victoria y la voluntad de no parar el transcurrir de la vida y poder retransmitir a toda la Unión Soviética el estreno de una obra sinfónica de dimensiones hiperbólicas.
Creo que para redondear el regalo –y desconozco si la coincidencia de fecha ha sido o no casual- la BOS tuvo a bien programar esta obra la víspera del aniversario de la Revolución Bolchevique, en su 107 aniversario.
Contemplar en el amplio recinto del Euskalduna a la plantilla de la Orquesta Sinfónica de Bilbao era un regalo a los ojos. De semejante fotografía solo podía desprenderse una obra gigantesca y a poco que la implicación de maestros y batuta fuera la adecuada, podíamos vivir una noche especial. Y así fue, vaya por adelantado.

Solo por ese enigmático y programático primer movimiento –de duración similar a la de una sinfonía clásica convencional- mereció y mucho la noche. Vasily Petrenko marcó el tema inicial, ligero y casi campestre, para luego entrar de cabeza a la llamada marcha de la invasión para ofrecernos unos minutos sencillamente gloriosos. Emoción, implicación, entrega de los músicos y detalles que quedan guardados en nuestra memoria: el solista de caja -¿hay un instrumento más shostakovichiano que la caja?- inicia la marcha en un pianísimo que, sin embargo, inunda la sala. Emocionante, acongojante. Y ese ostinato culmina en un crescendo milagroso que Petrenko dibuja con arte. Y ello solo es posible porque los maestros creen en el proyecto, se implican y nos regalan momentos llenos de sentimiento desde todas y cada una de las secciones de la plantilla.
Tras un primer movimiento exultante se desarrollaron los restantes, precisos y diáfanos para culminar con un Allegro non troppo final que termina de forma positiva, triunfal. Y ello, nunca lo olvidemos, en una Leningrado, en una Unión Soviética desangradas. Una obra sinfónica clave para entender el siglo XX y que, lejos de las interpretaciones interesadas de muchos acerca de las supuestas últimas intenciones del compositor, nos muestra una obra en la que a través de sus compases compositor y pueblo soviético se hermanan.
Una noche de esas que quedan en el recuerdo. Antes del concierto la reconocida escritora vasca Karmele Jaio leyó un texto sobre la guerra y la actualidad del mensaje de Shostakovich alternando euskera y castellano que, desde el máximo respeto, poco aportó a lo que la misma música nos dice. Y a todo esto añadir que, a pesar de la obra, de su trascendencia y monumentalidad, siempre tiene que haber un tonto que rompa la magia con su teléfono móvil y las ¡tres! llamadas que tuvimos que soportar mientras el aludido trataba de mitigar el ruido con su abrigo.
Solo queda agradecer a la Sinfónica de Bilbao la oportunidad de vivir una obra tan referencial. Dimitri Shostakovich es uno de los sinfonistas clave de la historia del género y el disfrute de este concierto colmó nuestras expectativas. Porque hoy aún sigo escuchando con precisión esa caja en pianissimo, arrastrándonos hacia el mismo borde del precipicio de las emociones.