© Juantxo Egaña
El valor de la diversidad
11/11/2025. Auditorio del Conservatorio Jesús Guridi, de Vitoria-Gasteiz. Camille Thomas (violonchelo) y Euskadiko Orkestra. Obras de Franz Joseph Haydn, Fazil Say y Franz Schmidt. Dirección musical: Katharina Müllner.
Gran esfuerzo me costaría recordar un programa de abono orquestal tan variado e interesante como este segundo del ciclo de la Euskadiko Orkestra. En él se entremezclaban el clasicismo vienés puro representado por Franz Joseph Haydn, el exotismo de la música turca contemporánea de la mano de Fazil Say y la recuperación de uno de los músicos más relevantes de la Alemania de la República de Weimar –aunque hoy sustancialmente olvidado- cual es Franz Schmidt.
Comenzó el interesante concierto con una interpretación canónica de la Sinfonía nº 83 en sol menor, Hob.I:83, La gallina, de Haydn y que la batuta de la velada, Katharina Müllner –a la sazón, maestra de capilla de la Deutsch Oper am Rhein, de Düsseldorf, nos presentó con ritmo y juego de contrastes que hicieron muy atractiva su interpretación. Casi sin darnos cuenta entramos en uno de los platos fuertes de la noche, la presentación del Concierto para violonchelo y orquesta, op. 73, Never Give Up, del turco Fazil Say (1970).
Comentaba en mis primeras palabras lo del gran esfuerzo a realizar y seguramente el lector convencional de estas líneas tendrá dificultades objetivas para recordar una orquesta sinfónica que programara música clásica turca; al menos hasta donde mi memoria es capaz de recordar, creo que ha sido mi primera vez, y esto es siempre un aliciente. Siendo como somos eurocentristas casi sin darnos cuenta, que se nos saque de nuestra zona de confort es algo de agradecer y más cuando la obra tiene interés y suma actualidad. La obra está escrita en 2017 y está duramente influenciada por el atentado contra la discoteca Bataclan y por otros en esas mismas fechas en la capital francesa o en Saint-Denis que provocaron alrededor de 130 muertos y más de cuatrocientos heridos, atentados de corte yihadista acontecidos en noviembre de 2015. Es decir, que sea casual o no, este concierto ha coincidido casi exactamente en el décimo aniversario de tan luctuosos hechos.

El concierto fue escrito para la violonchelista belga Camille Thomas y tuvimos la suerte de que ella misma lo interpretara, lo que siempre es, a priori, garantía de calidad y, sobre todo, de relación directa con el compositor. El primer movimiento, Never Give Up (Nunca te rindas) es de gran dramatismo, en el que el violonchelo es utilizado en varios momentos casi como un instrumento de percusión. El segundo se denomina Terror y poco cabe añadir pues desde la caja y el tambor asistimos a la repetición fiel del sonido de ametralladoras y armas automáticas, lo que nos lleva directamente al atentado mismo. El tercero, finalmente, Song of Hope (Canción de esperanza) nos aporta en clara contraposición al movimiento anterior y entre pájaros y bombos turcos un halo de positividad e ilusión mientras la música se desvanece en una obra de unos 25 minutos de duración. Soberbia Thomas en su interpretación, virtuosa y comprometida con una obra contemporánea que rezuma aires mediterráneos y orientales en varias de sus líneas.

Tras el pertinente descanso llegó la Sinfonía nº 4 en do mayor, de Franz Schmidt (1874-1939). Este compositor está hoy relegado a cierto olvido y con excepción de esta misma sinfonía, la ópera Notre-Dame y el oratorio Das Buch mit sieben Siegeln (El libro de los siete sellos) –que, casualidad, este fin de semana interpretarán la Orquesta y Coro Nacionales de España en cita ineludible- sus obras apenas aparecen en los atriles, al menos por estos lares. Recurriendo una vez más a mi maltrecha memoria, quizás estos hayan sido los primeros minutos vividos en directo de la música de este compositor.
Schmidt vendría a ser la parte “reaccionaria” o conservadora de una Alemania que vivía en lo político, económico y cultural una convulsión permanente tras la derrota de la Primera Guerra Mundial. Frente a Arnold Schoenberg o Alban Berg, la música de Schmidt mira más al final del siglo XIX, más a Gustav Mahler o a Anton Bruckner que a la Segunda Escuela de Viena. La cuarta sinfonía es una pieza de un solo hálito que contiene en sí los cuatro movimientos clásicos y que se desarrollan sin interrupción en sus casi 45 minutos de duración. Se abre la obra con un solo de trompeta que más tarde, a modo de arco, cierra la misma que, con la excepción de un vivaz tercer movimiento molto vivace es de una austeridad casi religiosa. Este tercer movimiento bailable es seguido de un cuarto denso y que recoge los temas expuestos al inicio de la sinfonía.
Todos los músicos de la República de Weimar tuvieron alguna relación con el nazismo, ya en su haber o en su debe. Franz Schmidt sucumbió al final de sus días al halago fácil del régimen de Adolf Hitler y se embarcó en una obra sinfónico-coral que por fortuna nunca termino y que glosaba las grandezas del régimen criminal tras el Anschluss. Nacido en el Imperio Austro-Húngaro en la ciudad que hoy conocemos como Bratislava (Eslovaquia), falleció apenas siete meses antes del inicio de la Segunda Guerra Mundial cuando sus tierras ya estaban ocupadas por el ejército alemán. Parece que hoy en día hay iniciativas dirigidas a la resurrección de la música de este compositor que tiene el interés de reflejar una época convulsa del centro de una Europa llena de cicatrices y de pentagramas de estéticas múltiples y en la que Franz Schmidt ocupa su sitio.
Un programa muy interesante y obligado reconocer el agradecimiento a quien arriesga. Es lo que tiene programar diez conciertos, que de vez en cuando uno puede salirse de la zona de confort –y, así, sacar al espectador y oyente de la misma- para corroborar, una vez más, la inabarcabilidad de la llamada música clásica. Termino esta reseña con un pequeño hecho que por fortuna ya no es noticia: solista, batuta y 21 componentes de la sinfonía de Haydn, de un total de 33 intérpretes eran mujeres.
Fotos: © Juantxo Egaña