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En el nombre del padre
Barcelona 13/10/2025. Palau de la Música Catalana. Benjamin Appl, barítono. James Baillieu.
El barítono Benjamin Appl fue uno de los últimos alumnos de Dietrich Fischer-Dieskau con quien, además, mantuvo una estrecha relación durante los postreros años de su vida. Con motivo del centenario del nacimiento del ilustre cantante, Appl ha querido rendirle homenaje elaborando un programa en el que, a través de Lieder cuidadosamente escogidos, hace repaso de la trayectoria vital del mito. Una trayectoria en la que el extraordinario éxito y reconocimiento profesional ocultó una vida plagada de situaciones dramáticas como la guerra, el campo de concentración, el asesinato de su hermano por parte de los nazis o la trágica muerte de su esposa. Por todo ello, la iniciativa de Appl desemboca en una propuesta reveladora, un tributo sentido, sincero y un homenaje merecido en un momento en el que, desde ciertos sectores liederísticos, especialmente las nuevas generaciones, su legado ha sido puesto en tela de juicio.
Fischer-Dieskau fue una figura homérica, un gigante en todos los sentidos, tanto físicos como intelectuales. Cantante, pianista, director de orquesta, profesor, ensayista, pintor, profundo conocedor de la literatura, los inicios de su carrera coincidieron con el nacimiento de la industria discográfica moderna. A través de sus centenares de grabaciones, definió con mano de hierro un determinado estilo de interpretar el Lied que se consideró canónico e influyó decisivamente durante la segunda mitad del siglo XX. Es normal, por tanto, que llegue un momento en el que las nuevas generaciones traten de quitarse ese corsé. En definitiva, buscar nuevas tendencias expresivas y, para ello, ya se sabe que es necesario e inevitable matar al padre. No cabe duda de que esa figura totémica la ha representado Dietrich Fischer-Dieskau cuyo legado, pese a todo, supone una de las más grandes y significativas aportaciones al arte canoro de todos los tiempos.
Eso es lo que han querido reivindicar Benjamin Appl y el pianista James Baillieu con una singular Liederabend estructurada en base a las diferentes etapas de la vida del cantante. Empezando por el primer encuentro entre alumno y profesor, ilustrado musicalmente por tres canciones de Franz Schubert que Appl trabajó con el Maestro (Liebesbotschaft, Am Bach im Frühling y Der Musensohn). A partir de ahí se sucedieron bloques dedicados a su infancia (momento especialmente emotivo, pues estuvo integrado por tres piezas compuestas por su padre Albert y su hermano Klaus), sus inicios en el canto, el período bélico, el retorno a Berlín y su fulgurante eclosión artística y diversos episodios de su vida personal como la muerte de su esposa al dar a luz a su tercer hijo. Todo ello expuesto con elegancia, cariño y respeto exquisito.

Si algo hay que destacar, por encima de todo, desde un punto de vista musical fue la elección de las canciones que integran el programa e ilustran cada etapa. Una selección de una finezza y sensibilidad admirable. Appl y Baillieu en ningún momento caen en la tentación de acumular hits sino todo lo contrario. Así, canciones de Schubert, Eisler, Reimann, Brahms, Clara Wieck, Wolf, Tchaikovsky, Britten o Grieg, entre otros, se integran perfectamente en el entramado músico-dramático planteado. Sorprende, eso sí, la ausencia de dos compositores importantes en la trayectoria del cantante. Por un lado, Robert Schumann, pero por encima de todo Gustav Mahler, de quien Fischer-Dieskau fue gran valedor en un momento en el que las aguas germanas seguían revueltas. Más aún teniendo en cuenta que el programa incluía la versión de Clara Wieck de “Liebst du um Schönheit”, texto que el compositor bohemio adaptó en sus Rückert-Lieder.
Las distintas secciones de la propuesta estaban precedidas por extensas explicaciones por parte de los intérpretes, micrófono en mano y en inglés, de las circunstancias vitales del protagonista. Más allá de la barrera idiomática, -quizás hubiese sido preceptivo hacerlo en la lengua autóctona, aunque eso hubiese restado fluidez y naturalidad a la narración- la interrupción constante del discurso musical siempre plantea disfunciones en el aspecto emocional. En la primera parte, ese ir y venir supuso un mayor obstáculo en la fluidez de la propuesta tanto para el espectador como para el cantante, que empezó a entonarse hacia la mitad con un intenso y expresivo “Der Lindenbaum”, del Winterreise schubertiano. A continuación, expuso con adecuada ligereza “Andenken”, de Hugo Wolf, una desgarrada versión de “Tenebrae”, de Aribert Reimann y, sobre todo, una emocionante lectura de “Die Heimkehr”, del imprescindible Hollywooder Liederbuch de Hans Eisler.
El voltaje emocional aumentó considerablemente en la segunda parte, en la que Appl pareció más dominador de sus recursos vocales, lo que repercutió en una mayor variedad expresiva. La dicción es cristalina, el estilo canónico y la voz posee un atractivo timbre de barítono lírico, aunque con limitaciones en los registros extremos y a la que se echa en falta, por momentos, una mayor expansión y armónicos en la emisión. Esos aspectos se pusieron de manifiesto en los irregulares “Vier ernste Gesänge” que abrieron la segunda parte y en los que se alternaron aciertos en lo expresivo con momentos más inconsistentes en cuanto a línea y resolución vocal. Pero tras la prueba de fuego brahmsiana llegó lo mejor del recital. En “Süßes Begräbnis”, de Carl Loewe, Appl y un atento y cómplice Baillieu consiguieron silenciar el Palau en una especial comunión que se mantendría hasta el final. Para el recuerdo un “Mutterns Hände”, de nuevo de Eisler, en la que clavó ese natural tono tan Kurt Weill, expresando a la perfección la compleja sencillez de texto y música. A partir de ahí, cantante y pianista regalaron un crescendo emocional que llegó a su cénit con una catártica versión de “Litanei auf das Fest Allerseelen”. Con Schubert y su emblemática “An die Musik” -más un par de propinas- se cerró una velada de la que hubiese estado orgulloso y satisfecho el mismísimo Dietrich Fischer-Dieskau. No hay mayor elogio que ese.
