
Renacer y celebrar
La sala del Auditorio Nacional de Madrid se llenó de ese silencio que antecede a lo trascendente a pesar de la hora tardía del concierto. En el aire, una expectación que no era solo musical: la Franz Schubert Filharmonia, en colaboración con la Orquesta Sinfónica Simón Bolívar, bajo la atenta batuta de Tomás Grau afrontaba la Sinfonía no. 2 ‘Resurrección’ en do menor de Gustav Mahler, una de las cimas del sinfonismo de todos los tiempos. No se trataba de un concierto más, sino de una ceremonia del espíritu, la travesía de la vida a la muerte y de la muerte a la redención, como si la orquesta —y el público con ella— atravesara los umbrales del alma humana.
Mahler comenzó a escribir esta sinfonía en 1888, partiendo de un poema sinfónico previo titulado Totenfeier (“Rito fúnebre”). En él ya germinaban las preguntas que sostienen toda la obra: ¿qué sentido tiene la vida si todo acaba en la muerte? ¿Existe algo más allá del último compás? Su respuesta no fue filosófica ni teológica, sino musical. A lo largo de los siete años que tardó en completarla, Mahler fue construyendo un discurso en cinco movimientos que une lo íntimo con lo cósmico, lo humano con lo divino. El resultado, en palabras suyas, debía conducir al oyente “del espanto ante la aniquilación hacia la certeza de la resurrección”.
Desde el primer acorde, la orquesta supo dar forma a ese estremecimiento inicial, un rugido de violonchelos y contrabajos que abre la obra como un portal trágico. El Allegro maestoso - Totenfeier. Mit Durchaus ernstem und feierlichem Ausdruck - es de alguna manera una marcha fúnebre de dimensiones heroicas, donde la cuerda se precipita como si cavara su propia tumba. Aquí la dirección resultó sólida, clara, bien asentada en su arquitectura, pero se podría haber ganado en intensidad si se hubiera permitido un punto más de drama, una arista más afilada en los ataques, un pulso más visceral en los clímax. La tragedia estaba, sí, pero contenida; uno sentía que la obra permitía —y pedía— un grado mayor de desgarro emocional. Porque lo cierto y verdad es que, más allá de la rotundidad sinfónica habitual en Mahler, lo que sobresalió fue un trabajo magnífico de la sección de viento, afinada, atenta y dueña de una belleza tímbrica poco frecuente en una página tan expuesta. La arquitectura musical tuvo un discurso sonoro lógico, sentido, sin artificios, con una progresión natural que evitó el exceso retórico. Faltó quizá un punto de riesgo o de desgarro expresivo —ese aliento que convierte lo narrado en revelación— pero la solidez estuvo fuera de toda duda.

El Andante moderato - Sehr gemachlich - llegó como una tregua. Tras el abismo, una memoria: una danza lenta, casi campesina, de aire vienés. El Ländler desplegó su carácter elegante con una precisión notable; la dirección supo encontrar ese equilibrio entre la sonrisa nostálgica y la acidez que asoma en sus pliegues; y el resultado fue un baile contenido que respiraba como una postal antigua, pero donde siempre se deja ver la sombra de una ironía suave, casi imperceptible. La orquesta sonó cálida y evocadora, aunque este movimiento habría brillado aún más quizá con una mayor lentitud sonora, dejando respirar más el fraseo, ensanchando la belleza de los planos melódicos y esa sensualidad tímbrica que Mahler escribe casi entre líneas. Fue un momento hermoso, pero susceptible de un lirismo aún más expansivo, más suspendido. No obstante, era innegable que también había belleza y cordura musical.
El tercer movimiento —In ruhig fließender Bewegung— devolvió la inquietud. Mahler toma un lied propio y lo convierte en una danza grotesca, un vodevil existencial donde la vida se repite sin sentido. Un Scherzo que transcurrió con un ritmo bailable casi insinuado, como si Mahler se contuviera en el borde del vals para deformarlo desde dentro. La orquesta captó ese espíritu socarrón, caricaturesco, donde lo popular se vuelve máscara y lo humorístico roza lo grotesco, y lo abordó con precisión y claridad, aunque por momentos faltó un grado más de “mala leche”: esa mordacidad mahleriana que ridiculiza el destino, que mezcla lo trágico con lo absurdo. Pese a ello la textura sonora mantuvo toda la tensión narrativa, con ausencia de ese vértigo interior que convierte este movimiento en un torbellino existencial más que en un mero despliegue orquestal.
Y entonces, el milagro: Urlicht - Sehr feierlich, aber Schlicht - , un momento de concentración verdadera. La solista, Martina Baroni, ofreció una voz bella, carnosa y profunda, con un fraseo que no necesitó subrayados para transmitir espiritualidad contenida. Surgió como una voz que no venía del escenario, sino del interior de uno mismo. “O Röschen rot…”, es el ruego de quien ansía regresar a casa, a la luz. El texto – perteneciente al ciclo de canciones Des Knaben Wunderhorn - conecta con ese imaginario popular y religioso que Mahler revisitó en varias composiciones donde lo ingenuo convive con lo trascendente. Aquí esa mezcla funcionó gracias a la sobriedad expresiva de la cantante, aunque el acompañamiento orquestal pudo haber respirado con mayor flexibilidad para permitir un fraseo verdaderamente orgánico, en general la orquesta acompañó con una pureza conmovedora, renunciando a cualquier artificio. Ese instante suspendido marcó el verdadero punto de inflexión: la humanidad recuperando esperanza.

El último movimiento - Im Tempo des Scherzos. Wild herausfahrend. "Auferstehung" - fue una experiencia en sí misma. Mahler no compone aquí música, sino revelación. Desde los metales lejanos que responden desde fuera del escenario hasta el clamor coral del final, todo parece encaminado a un mismo fin: el despertar. Mención aparte merece también la intervención de la soprano, Katja Maderer, cuya aparición aportó un plano de pureza y verticalidad verdaderamente necesario para que el final adquiriera su pleno sentido espiritual. Su emisión limpia, firme en el registro agudo y proyectada sin dureza, añadió ese resplandor vocal que Mahler concibe casi como un haz de luz que atraviesa la densidad de la orquesta, la cual sonó en todo momento, afinada, concentrada; el coro, pulcro y homogéneo.
Y, sin embargo, en este final apocalíptico —que pide amplitud sonora, grandiosidad, un horizonte espiritual que se abra de golpe— se echó en falta una expansión más rotunda, una elevación más ilimitada, una mirada hacia el infinito. Todo estuvo en su sitio, pero podía haberse desplegado con un aliento más monumental. Aun así la interpretación fue más que notable por su equilibrio entre emoción y control. Nada sonó excesivo, ni tampoco frío. Se construyó un arco coherente, bien pensado, donde cada movimiento encontraba su razón de ser en el anterior. Y en lo esencial, la colaboración entre la Franz Schubert Filharmonia, la Orquesta Sinfónica Simón Bolívar, el magnífico Coro Nacional de Colombia y las voces de Katja Maderer (soprano) y Martina Baroni (mezzosoprano) desplegó una plantilla de más de 200 músicos y cantantes, presentando una versión de la sinfonía como celebración de la esperanza y la resurrección.
Cuando el último acorde se extinguió, no hubo aplauso inmediato. Solo silencio. Un silencio que no era vacío, sino gratitud. Habíamos asistido, más que a una interpretación musical, a un acto de resurrección compartida. Mahler había devuelto la vida a su pregunta eterna, y la orquesta la había hecho resonar con honestidad y convicción. Porque en esta Segunda Sinfonía no se trata de morir, sino de aprender a renacer. Y esa noche, en la sala, lo hicimos todos.
Este concierto coincidió además con una doble efeméride que invita a detenerse un momento en la temporalidad y la permanencia. La orquesta celebra veinte años de trayectoria, dos décadas en las que ha consolidado un proyecto artístico propio, superando recambios generacionales, ciclos de financiación y todas esas incertidumbres que suelen amenazar a las instituciones culturales jóvenes. La suya es una historia de continuidad ganada a pulso, donde el compromiso de los músicos y la fidelidad del público han permitido que el conjunto alcance una madurez reconocible.
Al mismo tiempo, Platea Magazine celebraba diez años, una década de periodismo cultural sostenido contra corriente, en un ecosistema donde lo inmediato suele devorar lo importante. Su permanencia demuestra que aún existe espacio para una mirada crítica, rigurosa y libre, capaz de acompañar la vida musical sin caer en la complacencia. Que ambas instituciones celebren sus aniversarios en paralelo no es solo una coincidencia: es la prueba de que la cultura que persiste —la que se cuida, se trabaja y se piensa— sigue siendo posible. Y, sobre todo, muy necesaria.