© Rafa Martín
Elegía radiante
Madrid. 19/11/2025. Madrid, Auditorio Nacional. Leoš Janáček. Taras Bulba y Anton Bruckner, Sinfonía núm. 7 en Mi mayor. Orquesta Sinfónica de la Radio de Baviera. Simon Rattle, director.
Aunque la figura alegórica de la precisión absoluta suele ser un reloj suizo, vista la actuación en el último concierto de Ibermúsica con Simon Rattle y la séptima de Bruckner, convendría cambiar la metáfora a un reloj bávaro.
El ejercicio de brillo y control milimétrico empezó con la obra de Janáček, Taras Bulba. En este poema sinfónico, la sinfónica de la Radio de Baviera mostró su capacidad para dibujar paisajes escénicos y relatar momentos. Hablo de momentos y no de historias, porque ya se observó en la lectura de Rattle una tendencia a la fragmentación que luego sería más evidente en la segunda parte. Y ya aquí observamos que la noche bien podría considerarse un homenaje completo a Wagner: en el caso de Bruckner por la consabida consagración de su 7ª Sinfonía al compositor de Leipzig y, en el caso de Janáček, es interesante comprobar también la inspiración en las obras del alemán. El encuentro de los amantes es una versión simplificada del de Tristán, y los motivos que recuerdan al Anillo aparecen hilvanados durante toda la historia.
El plato fuerte, por supuesto, llegó con la segunda parte. Entonces pudimos confirmar que la belleza del sonido de la orquesta en esta formación desafía superlativos. La calidad de la sección de cuerdas, por ejemplo, se sitúa en el podio de las muchas orquestas que he escuchado, seguramente solo por detrás de la mítica Concertgebouw de Ámsterdam.
La sensación que produce escuchar al conjunto en manos de su titular es la de asistir a un engranaje perfecto, en el que no es posible encontrar el más mínimo titubeo fuera de lugar. La afinación, las entradas, el color de las voces orquestales y la transparencia alcanzan su máximo en sus manos. Pero hay un par de razones por las que esta interpretación no acabó de convencer, al menos desde un punto de vista emocional.

La primera es que en Bruckner faltó el lamento, la tristeza y el duelo, algo esencial para su Séptima sinfonía. Rattle hizo de esta elegía una interpretación vital y luminosa. Aunque hay que admirar el mérito de las interpretaciones personales, parece que aquí se olvida un tanto la esencia de la idea detrás de la partitura. Por ejemplo, el célebre adagio inundó la sala de una belleza incontestable, aunque extrañamente radiante. Y lo segundo, es que faltó una idea de continuidad en la ejecución. La noche pareció más bien una sucesión de momentos impecables, pero no fluidamente conectados unos con otros. En general, hubo una articulación con frases cortas en las que, por ejemplo, los silencios, en vez de estar cargados de tensión, parecían pausas entre párrafos musicales.
Donde mejor funcionó esta lectura fue en los dos últimos movimientos con un scherzo enérgico y de ritmos marcados, en contraste con un trío que aportó un respiro más relajado. En el finale, resaltó la fuerza dramática y solemnidad, culminando en una coda resplandeciente que transmitió una sensación de triunfo y esperanza. En definitiva, fue esta una noche de ejecución impecable, tras la que uno sale sorprendido y rendido a la calidad de la orquesta conducida por un director que ya es un referente histórico. Pero en la que, sin embargo, nos faltó algo de la metafísica trágica de Bruckner.

Fotos: © Ibermúsica | Rafa Martin