Tosca_OperaParis25_Alagna_Saioa.jpg© Elisa Haberer | ONP 

En plena forma

París. 29/11/2025. Opéra Bastille. Giacomo Puccini, Tosca. Roberto Alagna (tenor, Mario Cavaradossi), Saioa Hernández (soprano, Floria Tosca), Alexey Markov (barítono, Barón Scarpia). Coro y Orquesta de la Opéra National de Paris. Dirección de escena, Pierre Audi. Dirección musical, Oksana Lyniv.

Algunas voces críticas anunciaban hace algo más de una década que a Roberto Alagna se le estaba acabando la voz. En la representación de Tosca que estos días ofrece la Ópera de la Bastilla de París, el tenor nos demuestra que no podían estar más equivocados. Alagna demuestra una potencia y una salud vocal sorprendentes y construye un Cavaradossi canónico. Tiene una espectacular facilidad para un agudo con tintes heroicos que encajan perfectamente en el papel. También domina con sabiduría dramática unas dinámicas que, salpicadas de aire en los momentos más íntimos, construyen un personaje atractivo, empático y creíble. Su “Adiós a la vida” fue el punto álgido de una noche con muchos aciertos y constituyó una verdadera declaración de desesperanza y lamento.

No es de extrañar que Saioa Hernández pasee este papel por los mejores teatros del mundo: hace una Tosca de categoría. Posee una emisión carnosa y un color complejo y aterciopelado. Es, además, competente en los aspectos dramáticos, tanto en su faceta de celosa enfurecida, como en la astuta y en la sufriente. Su aria “Vissi d’arte” estremeció, sobre todo en la contención y el recogimiento final, aunque en este momento el lenguaje corporal, lleno de poses manidas, no acabó de encajar con el torrente dramático. En general, la dirección de actores no pareció aprovechar del todo, en su caso especialmente, sus capacidades actorales. 

Pero en un trío protagonista de excelentes cantantes, mi aplauso más efusivo va para el Scarpia de Alexey Markov. Su actuación fue una inesperada y positiva sorpresa. Tiene para empezar los medios necesarios, una emisión potente y una voz que modula con facilidad. El timbre es algo más claro de lo habitual en este papel, pero sabe jugarlo a su favor, construyendo un personaje en el que predominan la elegancia y la astucia frente a la bajeza y la suciedad, lo que hace de su personaje el más inquietante y peligroso. Es un demonio sagaz más que un gobernante lujurioso. El fraseo y la línea de canto, apoyados sobre un legato impecable, convierten su actuación en un ejemplo fascinante para este rol. El plantel de secundarios y el coro estuvieron a la altura en una infrecuente uniformidad de calidad, sin notas discordantes.

Pierre Audi ofrece una visión que, en su mayor parte, es estrictamente clásica, fiel al libreto o a la tradición interpretativa. Pero es capaz también de salpicarla con algunos símbolos contemporáneos, cambios de escena que aportan músculo estético sin cambiar la narrativa original. Destaca sobre todo esa inmensa cruz monumental que domina la escena, mostrando el peso de la religiosidad y señalando la dirección del infierno, que se refleja en una estancia de Scarpia, circular, pintada de un carmesí que recuerda al fuego y la sangre. Se hubiera agradecido un trabajo más afinado en la dirección de actores, pero en todo caso el conjunto funciona de manera más que solvente.

Y en el foso, la directora Oksana Lyniv realiza una lectura flexible, en general comedida aunque adecuadamente tensa en todos los momentos, pero capaz de articular contrastes a través de instantes de potencia sobrecogedores en los que la orquesta no pierde transparencia. Hay que destacar el lirismo desesperado del final del segundo acto, que resume bien el espíritu de una noche sin extravagancias, donde todo funcionó para dar una versión ortodoxa y espectacular de la obra de Puccini.