
Más narrativa que solemne
Madrid. 22/12/2025. Auditorio Nacional. Orquesta y Coro de la Comunidad de Madrid. Serena Saenz, soprano. Judit Kutasi, mezzosoprano. Andrés Moreno, tenor. Matthias Goerne, barítono. Alondra de la Parra, dirección musical.
Hay obras que no se interpretan: se afrontan. La Novena Sinfonía de Beethoven pertenece a esa rara estirpe de partituras que no solo exigen a quienes las ejecutan, sino que interpelan directamente a quienes las escuchan. No es solo una sinfonía; es una declaración ética, un artefacto político y, a ratos, una plegaria laica. Escrita en los márgenes de la sordera y del desencanto político, la op. 125 no es únicamente la culminación del género sinfónico clásico, sino una obra que desborda su tiempo y su forma para proponer una idea de humanidad. En ella conviven conflicto, contemplación y utopía; una arquitectura musical que avanza desde la oscuridad inicial hacia una fraternidad soñada, nunca ingenua, siempre conquistada.
La Orquesta y el Coro de la Comunidad de Madrid, bajo la dirección de Alondra de la Parra, abordaron esta partitura desde una lectura que evitó el peso del monumento para centrarse en el relato. Una Novena entendida menos como símbolo petrificado y más como proceso, un camino lleno de tensiones, equilibrios frágiles y decisiones conscientes. Una lectura que quiso ser, ante todo, humana, menos monumental que comprometida y más narrativa que solemne.
El primer movimiento, Allegro ma non troppo, un poco maestoso, verdadero umbral de la obra nace de la incertidumbre. Ese inicio casi informe, donde la tonalidad parece buscarse a sí misma, fue planteado aquí desde un carácter marcadamente camerístico. De la Parra rehuyó la épica inmediata y optó por una sonoridad contenida, ajustada y bien afinada, en la que las maderas —trabajadas a tres— adquirieron un protagonismo notable. Sin embargo, esa opción dejó algunos planos sonoros poco definidos: la cuerda, especialmente en los pasajes de mayor densidad, no siempre se proyectó con la claridad necesaria, y el discurso adoleció de un fraseo más amplio que permitiera respirar a las grandes líneas beethovenianas. El resultado fue un Allegro de textura cuidada, pero algo corto de perspectiva, más atento al detalle que al arco global, coherente en su intimidad, pero algo corto de perspectiva dramática.
El Molto vivace, ese scherzo casi obsesivo que Beethoven concibe como motor rítmico y desafío formal, devolvió energía y precisión al conjunto. El impulso rítmico estuvo bien calibrado, con vientos afinados y perfectamente ajustados, y un pulso firme que sostuvo la arquitectura del movimiento. El crescendo, eso sí, se resolvió de manera algo breve, sin terminar de expandirse hacia un clímax plenamente liberador. Aquí se evidenció una idea clave: no basta con marcar los acentos —correctamente subrayados—, sino que es el fraseo el que debe elevar el discurso. Aun así, el movimiento funcionó con solidez y coherencia interna.
El Adagio molto e cantabile representa el corazón contemplativo de la Novena, un espacio suspendido entre el conflicto y la palabra. La batuta tuvo suma atención a los planos sonoros, que estuvieron mejor equilibrados, y concedió mayor relevancia a los temas confiados a los vientos que a la cuerda, subrayando una lectura íntima y reflexiva. La concepción camerística del movimiento resultó un acierto, aunque se percibió una cierta prioridad por la forma sobre el sentido expresivo. Quizá un mayor vuelo contemplativo habría enriquecido el discurso: no se trata únicamente de que la orquesta suene bien, sino de hacer sonar a la orquesta, de permitir que la música trascienda su propia corrección.
El último movimiento, Presto -Allegro assai -Allegro assai vivace, núcleo ideológico y musical de la obra, volvió a situar la pregunta esencial de Beethoven: ¿cómo decir lo que no cabe en lo puramente instrumental? Aquí el intercambio de discurso entre viento y cuerda estuvo magníficamente construido, con una planificación muy cuidada de las diferentes entradas temáticas. No obstante, la falta de contrastes más acusados hizo que, por momentos, el relato resultara algo plano en su desarrollo dinámico. La entrada del Coro de la Comunidad de Madrid, preparado por Javier Carmena, fue impecable: empaste, dicción y compromiso expresivo al servicio de una Oda a la Alegría entendida más como afirmación colectiva que como proclama grandilocuente. Un coro, sencillamente, estupendo.
En el cuarteto solista, Matthias Goerne, un verdadero lujo, aportó autoridad y profundidad desde su primera intervención, con un canto sobrio, reflexivo, de honda humanidad. Andrés Moreno resolvió con solvencia una parte siempre exigente, Judit Kutasi ofreció un timbre cálido y bien integrado, y Serena Sáenz destacó por proyección y claridad en el registro agudo, sin excesos heroicos.
La dirección de Alondra de la Parra apostó, en conjunto, por una Novena que huye de lo celestial para acercarse a la tierra. No fue una lectura radical ni revolucionaria, pero sí honesta, pensada y coherente, más interesada en el diálogo que en la imposición. En un tiempo saturado de gestos grandilocuentes, esta Sinfonía “Coral” se presentó más como pregunta que como respuesta cerrada.
El concierto concluyó con una selección de villancicos en arreglo de J. J. Colomer, interpretados junto al Coro Abierto y el Grupo de Percusión 'A tu ritmo', formaciones pertenecientes al proyecto social de la Fundación ORCAM. Un cierre profundamente significativo que recordó el poder inclusivo de la música y la importancia de iniciativas que entienden la cultura como herramienta de transformación social. Es de agradecer que Alondra de la Parra no solo comprenda, sino que apoye activamente este proyecto, y que en fechas como estas los villancicos vuelvan a ocupar su lugar natural: el del encuentro, la celebración y la comunidad.
Desde Platea Magazine, solo queda desear a nuestros lectores una Feliz Navidad, con música que siga uniendo, preguntando y abriendo espacios de humanidad compartida.
