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El año empezó raruno

Barcelona. 04/01/2026. Gran Teatre del Liceu. Alexandra Zabala, soprano. Laura Brasó, soprano. Xabier Anduaga, tenor. Orquesta del Teatro La Fenice de Venecia y Orquesta del Gran Teatre del Liceu. Riccardo Frizza, dirección musical.

Uno de los objetivos de cualquier teatro o auditorio del mundo es lograr consolidar un concierto emblemático que genere una tradición. Muchas instituciones musicales europeas lo tienen o van tras ello con mayor o menor éxito. En el caso del Gran Teatre del Liceu, la polémica desatada durante las fiestas navideñas del año pasado por la dudosa calidad de su programación externa ha precipitado que se incluyese en el calendario, por primera vez, un concierto de Año Nuevo. El modelo, más que el de Viena y sus valses, ha sido, con toda lógica al tratarse de un teatro de ópera, el ya tradicional Concerto di Capodanno que se celebra desde hace años en Venecia y que está centrado en la ópera italiana. Tanto es así que el Liceu ha invitado a la Orquesta de La Fenice a compartir escenario con algunos miembros de la orquesta de la casa en un programa que incluía oberturas operísticas, unos cuantos hits orquestales y un puñado de números vocales a cargo de los dos solistas invitados inicialmente.

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Fue precisamente en ese último aspecto donde el concierto empezó ya corto de vuelo. Antes de que Riccardo Frizza subiese al podio, el director artístico Víctor García de Gomar apareció en el escenario junto a Saioa Hernández para anunciar que la soprano no estaba en condiciones de cantar y se veía obligada a cancelar su participación en el concierto. Ese anuncio abría muchas dudas sobre el desarrollo de este ya que la soprano madrileña protagonizaba los números más extensos, densos y atractivos del programa. Ahí es nada: “Vieni! t’afretta!... Or tutti sorgete!”, del Macbeth verdiano primero, el reto posterior de encarnar a Lucia di Lammermoor en el famoso dúo del primer acto (¡qué lástima haber perdido esa oportunidad!) y “La mamma morta”, de Andrea Chénier en la segunda parte. Para salvar la papeleta se anunció la generosa participación, tras la llamada a ultimísima hora, de las sopranos Alexandra Zabala y Laura Brasó. Con este desbarajuste y el desconcierto inicial arrancó un concierto que probablemente inaugure una tradición pero que, desde luego, no pasará a la historia.

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El primero en aparecer en el bellamente engalanado escenario del Gran Teatre del Liceu fue el director Riccardo Frizza que, por ausencia de contrincantes, se acabó erigiendo en uno de los protagonistas de la velada. No hubo sorpresas en cuanto a su reconocido dominio del repertorio belcantista. Arropado por una orquesta con una amplitud de lujo, abordó de manera brillante las oberturas de Semiramide (Rossini), Don Pasquale (Donizetti) y posteriormente Norma (Bellini). El sonido esponjoso y la buena cohesión de la orquesta mostrado en estas primeras piezas no se mantuvo en las siguientes. En “La tregenda” de Le villi (Puccini), la concertación y flexibilidad de un aparato orquestal tan grande mostró algunas grietas, mientras que a la Obertura de Die Fledermaus le faltó chispa y nicotina y al Intermezzo de Cavalleria rusticana tensión y poesía.

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Alexandra Zabala mostró enorme valentía al tragarse el sapo de asumir el terrible número de entrada de Lady Macbeth previsto para abrir el apartado vocal y, además, en frío.Lo interpretó con muchísima dignidad, sabiendo gestionar los pasajes más conflictivos con inteligencia, mostrando una voz sana e instinto dramático. La joven y prometedora Laura Brasó aparecería más tarde para acompañar a Xabier Anduaga en un improvisado “O soave fanciulla”, de La bohème y rematar con el inevitable “Libiamo” de La traviata al final. La soprano exhibió un atractivo color lírico-ligero, impecable línea de canto a través de un instrumento que todavía debe ganar cuerpo, pero que habrá que seguir de cerca.

Ante esta situación, lo único donde agarrarse acabaron siendo las intervenciones de Xabier Anduaga, demasiado escasas. Quizás, un poquito de flexibilidad para incluir algún numero más del tenor hubiese dado otro aire a un concierto que acabó un tanto desangelado. Los únicos momentos de euforia de la velada fueron un arrollador “Ah! Mes amis, quel jour de fête!'”, de La fille du régiment que ya es marca de la casa y una elegante versión de la famosa romanza de La tabernera del puerto. Interesante fue también escuchar sus primeras frases en el rol de Rodolfo en La bohème, un papel que seguramente será importante en su repertorio los años venideros. Cabe insistir una vez más que estamos ante una voz entre un millón, un timbre plateado de una belleza y proyección extraordinarias, todo ello redondeado con un ascenso al agudo exultante, inmejorable. Lo que sigue siendo mejorable en el caso de Anduaga son algunos aspectos del fraseo, aunque se intuye cada vez más cuidado, y sobre todo un oscurecimiento artificial de la zona grave que resta homogeneidad al conjunto de su vocalidad. Si arreglase ese par de cositas, ¡qué tenor se nos viene! Volviendo al concierto en sí, pues acabó con un brindis verdiano un tanto pálido y las palmas de la Marcha Radetzky, que siempre levantan el ánimo. Falta hará porque, entre una cosa y otra, el año empezó raruno.

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