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Vuelve pronto

Madrid. Auditorio Nacional. 9/01/2026. Obras de Soutullo, Chausson y Respighi. Orquesta Nacional de España. Véronique Gens, soprano. Roberto González Monjas, director. 

 
Por fin ha debutado el violinista y director Roberto González Monjas con la Orquesta Nacional de España, y podemos decir que lo ha hecho por la puerta grande. El músico vallisoletano lleva una carrera meteórica (próximamente debutará con orquestas como Los Angeles Philarmonic, la Orchester de París o la Oslo Philarmonic) compaginando todo con su faceta de violinista (acaba de salir al mercado su estimulante y llena de detalles integral de la obra para violín y orquesta de Mozart en una grabación con la Mozarteumorchestr Salzburg de la que es director titular) por lo que se hacía ya necesario su esperada presentación en Madrid. 

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El concierto se abría con una obra de estreno: Das Eismeer del compositor gallego Eduardo Soutullo, que, según nos cuenta, se inspira en el cuadro del mismo título pintado en 1824 por Caspar David Friedrich y que representa el naufragio de un buque en el ártico. La obra tiene un positivo mensaje siempre necesario contra el cambio climático y lo mejor que se puedo decir de ella es que, al acabar, tuve las ganas de volver a escucharla. Me llamó la atención su estructura, que después de comenzar  con dos masivos fortes al que siguen armónicos artificiales de la cuerda (que luego volverán a aparecer), la obra te embauca con su acuático tejido lleno de capas y que González Monjas supo perfectamente entretejer y clarificar. Con una orquestación muy bella, refulgente, timbricamente riquísima, la obra combina varios elementos como un quebrado motivo expuesto la más de las veces con figuras iguales, o tresillos que dinamizan el discurso en un permanente ir hacia adelante en vitamínicos acelerandi. González Monjas estuvo perfecto y segurísimo apoyado por una nítida y transparente Orquesta Nacional de España realizando además una muy estimulante lectura muy musical, algo que no siempre se da en una obra de estreno. Esperemos, ya digo, que volvamos a escuchar la obra en más ocasiones y no ocurra lo que suele pasar: que después de su estreno se olvide para siempre. 

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Cada vez que escucho a Chausson, me lamento de su temprana y accidentada muerte a causa de un accidente en bicicleta a los 44 años. Aunque con claras influencias wagnerianas, el compositor clarifica más las texturas con una paleta tímbrica más a la acuarela, diluyendo el discurso con un refinamiento que combina a la perfección el último romanticismo con los nuevos aires franceses. El Poema del amor y del mar es una obra bellísima, llena de cambiantes meandros y con una textura iridiscente, de volátiles células que, como pequeños microorganismos marinos, bullen y centellean combinándose con frases y diseños más amplios y ampulosos dando al discurso sonoro un enorme atractivo. Se oyen los perfumes, las brisas, las olas… en un ir y venir constante que inflama y desinflama y que la elástica dirección de González Monjas vino como anillo al dedo. El director acertó reduciendo el orgánico orquestal acoplándose a la perfección al timbre de la soprano, en este caso una siempre magnética Véronique Gens, que con su timbre terso, su refinamiento y su dominio vocal que hizo sortear con pericia los pasajes más graves de la obra (que con frecuencia cantan mezzosopranos) hizo una lectura perfectamente idiomática, solo ayuna de algo más de punta expansiva y tímbrica en los cúlmenes de la obra. Orquesta y director contribuyeron de forma sobresaliente con bellísimos detalles, como el conseguido ritardando  antes de la entrada del arpa al final de la primera parte (La flor de las aguas), o el lejano y doliente clima creado por el fagot en el interlude orquestal (algo que no conseguiría de tan brumosa y bella forma el solo de violonchelo posterior por sonido y vibrato). A destacar también las distintas formas de colorear la misma frase, o el perfecto diminuendo final de timbal con el que se desvanece la obra. 

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Dos obras del italiano Ottorino Respighi ocupaban la segunda parte y que, con buena idea, se interpretaron sin solución de continuidad: Fuentes de Roma Pinos de Roma. González Monjas, que ha vivido en la capital italiana durante siete años como concertino de la Orchestra dell’Accademia Nazionale di Santa Cecilia, conoce a la perfección las obras y consiguió desde el comienzo (en un pianissimo que hizo enmudecer a toda la audiencia) imantar al público con su extraordinaria dirección llena de cambios de color, de una paleta abigarradísima. Se podía sentir la humedad y oscuridad de las catacumbas, o te cegaba la luz y la estridencia de los chillidos de los niños en los Pinos de Villa Borguese, interpretada con sabios acentos aquí y allá y manchas sucias del discurso con burlonas trompetas. Magnifico el arco trazado en Pinos de Roma, haciéndonos ver la salida del sol al alba en La fontana di Valle Giulia, pasando por la explosión solar de La fontana di Trevi, para acabar en las lejanas campañas al atardecer de Villa Medici al tramonto. 

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La Orquesta tuvo una extraordinaria actuación en todas sus secciones, como ejemplo las trompas en pianissimo al comienzo, los magníficos solo de clarinete o flauta (este con ‘cama’ sonora del resto de la orquesta de una intangibilidad digna de mención) o las trompetas siempre de sonido timbrado y sin tensión. Solo pequeños desajustes en algúnritardando o el no perfecto empaste de cellos y bajos en el motivo gregoriano de Pinos cerca de una catacumba en el debe no empañan una sobresaliente actuación de todos. Quizá también, seguro que el propio González Monjas, en su gran sentido de responsabilidad musical que tiene, no estará del todo contento con el último y difícil crescendo final en Pinos de Villa Appia, de tan complicada progresión, y que podría haber tenido una gradación más perfecta. 

Esperemos, que después del éxito de su debut, González Monjas vuelva pronto por Madrid y que la orquesta haya cerrado fechas para temporadas próximas, incluso tocando y dirigiendo a la vez, por qué no… (se me ocurre en la tan injustamente poco programada Serenata Haffner de Mozart y de la que González Monjas tiene una bella grabación). O dirigiendo una ópera en el Teatro Real… (¿que tal un Cosí fan tutte que no se hace en Madrid desde los tiempos de Mortier y que González Monjas va a dirigir próximamente en la Ópera de Zurich?)

Lo que quieran, pero que vuelva.

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Fotos: © Jose Luis Pindado