© Sergi Panizo 

Yo también estuve ahí

Barcelona. 12/12/26. Gran Teatre del Liceu. R. Wagner: Tristan und Isolde. Lise Davidsen (Isolde), Clay Hilley (Tristan), Tomasz Konieczny (Kurwenal), Ekaterina Gubanova (Brangäne), Brindley Sherratt (Marke), Roger Padullés (Melot), Albert Casals (Un pastor/Un marinero), Milan Perisic (Un timonel). Orquesta y Coro del Gran Teatre del Liceu. Bárbara Lluch, dirección de escena. Susanna Mälkki, dirección musical.

Hacía muchos años que el Gran Teatre del Liceu no se situaba en el centro de todas las miradas del panorama operístico internacional y hacía mucho tiempo que el público barcelonés no vivía con tanta excitación, incluso ansiedad, el estreno de una nueva producción. El motivo de tanta expectación ha sido el debut de la más descollante soprano del mundo en la actualidad en uno de los más grandes, complejos y míticos papeles de la literatura canora. O lo que es lo mismo, Lise Davidsen enfrentándose a su primera Isolde. No cabe duda de que en los últimos años ha habido grandes y recordadas funciones, pero probablemente habría que retroceder hasta aquellas legendarias noches de los 70 en que la gran Caballé atraía todos los focos a nivel mundial para vivir algo similar. El estreno de este Tristan und Isolde se ha convertido ya en uno de esos hitos en la historia del teatro que hará que, dentro de unos años, con cierto aire de suficiencia e inevitable nostalgia, exclamemos aquello de “Yo también estuve ahí”

Pero más allá de excitaciones previas y futuras nostalgias, la realidad, como trágicamente descubrieron Tristán e Isolda, está reñida con la perfección e, inevitablemente, en esta función hubo muchas luces, pero también algunas sombras. Si alguien ha salido realmente victorioso de este proyecto ha sido la dirección del Gran Teatre del Liceu que, por los motivos apuntados más arriba, se marca un tanto muy importante que apuntala de manera significativa la tendencia ascendente del teatro en el ámbito artístico. Conseguir que Lise Davidsen aceptase cantar su primera Isolde en Barcelona, por más que cuadrase en su agenda justo antes de hacerlo en Nueva York, es mérito de Víctor García de Gomar y su equipo. Hay que reconocérselo y aplaudirlo.

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La otra gran triunfadora, huelga decirlo, ha sido la soprano noruega. Como explicó en la entrevista concedida a esta revista, las ofertas para cantar este papel se acumulaban en los últimos años. Es lógico, pues posee todas las características para convertirse en la Isolde del siglo XXI y así lo demostró en este debut. Lise Davidsen salió a medirse por primera vez con el papel y lo hizo con inteligencia e, incluso, cierta prudencia. En el gran monólogo del primer acto trató de no dejarse llevar por el torrente orquestal, sabedora de que su privilegiado instrumento y clase en el fraseo bastarían, y así fue. Pero además regaló detalles y acentos que prefiguran ya una Isolda gigantesca, como en la virulenta maldición a Tristán que consiguió erizar el vello del respetable.

En el segundo acto ya empezó a desplegar todos los armónicos de ese instrumento incalificable, enorme, de bellísimo, diamantino color, milagrosamente equilibrado entre metal y terciopelo, homogéneo en todos los registros y proyectado con la fuerza de un huracán. No cabe duda de que estamos ante un fenómeno canoro cuyos límites aún se desconocen y ante una cantante que se codea ya con la gran estirpe de sopranos wagnerianas, desde su compatriota Kisten Flagstad hasta la gran Birgitte Nilsson, pasando por leyendas como Martha Mödl, Astrid Varnay o la más reciente Waltraud Meier.

No hay que olvidar, sin embargo, que la Isolde de Lise Davidsen está dando sus primeros pasos y eso se notó en un Liebestod que, si bien es inalcanzable para cualquier otra colega actualmente, aún puede y debe ganar en arrojo y fuelle para culminar con ese “Lust” final en pianissimo que nos deje, de una vez por todas, sin respiración. Pero si en su debut, Lise Davidsen ha sido capaz de hacer lo que ha hecho, da miedo lo que será capaz de hacer, ya no en unos años, tan solo en las próximas semanas.

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Desde un punto de vista vocal, Lise Davidsen estuvo muy bien arropada. El tenor Clay Hilley ya fue su pareja el año pasado en un memorable primer acto de Die Walküre en este mismo escenario y se pudo comprobar la química y compenetración que hay entre ambos. De voz robusta y sólida técnica, Hilley fue un Tristán más que convincente, capaz de cantar el extenuante rol sin dar en ningún momento muestras de fatiga. La línea de canto no es especialmente imaginativa, pero en ningún caso es tosca y sus acentos son incisivos. Hay que tener en cuenta la dificultad de cantar junto a un coloso como Davidsen capaz empequeñecer al más pintado y, en ese sentido, hay que subrayar la notable prestación vocal del tenor americano.

Lo mismo se puede decir de la Brangäne de referencia de Ekaterina Gubanova, que supo sobreponerse a un inicio un tanto destemplado para acabar delineando una efectiva encarnación. Un vibrato un tanto excesivo se puso de manifiesto en las célebres imprecaciones del segundo acto, pero su prestación global fue notable. Magnífico el Kurwenal de Tomasz Konieczny gracias a una presencia sonora y noble canto que salieron a relucir sobre todo en sus intervenciones del tercer acto.

Menos convincente resultó Brindley Sherratt en el papel de Marke. Su fraseo, especialmente en el gran monólogo del segundo acto, resultó demasiado monótono, tanto por color como en los acentos y la franja aguda acusó demasiadas tensiones en todo momento. Roger Padullés (Melot), Albert Casals (Un pastor/Un marinero) y Milan Perisic (Un timonel) completaron el reparto con discreta corrección.

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Al frente del bajel orquestal estuvo Susanna Mälkki, quien había dejado buen sabor de boca hace un par de temporadas en Il trittico, lo que la convirtió en una de las candidatas a suceder en el cargo a Josep Pons. Al frente de una Orquestra del Gran Teatre del Liceu que se empleó a fondo, Mälkki ofreció una lectura irregular. Tras un inicio titubeante, su dirección pareció encontrar en rumbo a medida que avanzaba el primer acto, pero a la narración de Isolda le faltó algo de grandeza y dramatismo.

Su mejor dirección apareció en el segundo acto, más equilibrado y cohesionado mientras que el tercero adoleció de falta de tensión ya desde el preludio. Probablemente contribuyó a ello una Orquestra del Liceu que, en la parte final pareció un tanto agotada. En cambio, durante los dos primeros actos, las cuerdas estuvieron a un notable nivel -aún sin encontrar el grado de transparencia ideal- como también unas excelentes maderas, mientras que la sección de metal no tuvo su mejor noche.

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El eslabón más endeble de la propuesta fue la nueva producción de Bárbara Lluch que, tras un primer acto bien resuelto, a partir del segundo se fue disolviendo poco a poco en un mar de falta de ideas. Lluch apostó por un concepto escénico basado en la iluminación del espacio vacío que retrotraía a aquellos montajes de Wieland Wagner en los años 50. Una opción que, tal y como está el patio actualmente, podía ser refrescante e, incluso nadar a contracorriente.

El problema es que ese espacio nunca se llenó de un contenido claro, y menos aún en un tercer acto que parecía apelar a cierto simbolismo ausente en los anteriores. Lo que sí trabajó Bárbara Lluch y su equipo fue el acting, pero en este caso pareció que casi exclusivamente en lo que se refiere al personaje de Isolda que, en esta producción se muestra como una joven empoderada, a veces caprichosa, pero siempre con un fuerte carácter. Era la constatación definitiva de que, en esta producción, todas las luces estaban destinadas a enfocar un solo objetivo, el nacimiento de la Isolde del siglo XXI.

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Fotos: © Sergi Panizo