
Cuando no se conecta
13/01/2026. Vitoria-Gasteiz. Auditorio del Conservatorio Jesús Guridi. Obras de J. C. de Arriaga, R. Strauss y J. Brahms. Rachel Willis-Sorensen (soprano) y Euskadiko Orkestra. Dirección musical: Jaime Martín.
Cuarto concierto de abono de la Euskadiko Orkestra con propuesta de programa heterogéneo, que transcurría desde el clasicismo formal del vasco Juan Crisóstomo de Arriaga hasta el exultante romanticismo del último Richard Strauss. Un programa algo deslavazado, pero con un punto de interés evidente: la interpretación de los Vier Letze Lieder, de Richard Strauss, ese testamento musical que el gran muniqués nos dejó poco antes de su desaparición física. Para su interpretación se contó con la presencia de la soprano estadounidense Rachel Willis-Sorensen, cantante que según puede leerse en distintas páginas de información general, alterna en su repertorio el Verdi más tradicional -La traviata o Il trovatore, por poner dos ejemplos- con interpretaciones del repertorio germano, caso de Lohengrin o Ariadne auf Naxos.
Lo cierto es que desde su imponente presencia escénica Willis-Sorensen enseñó una voz ancha y sonora, que cuesta imaginar desenvolviéndose con comodidad en la escena final del acto I de La traviata. Un timbre oscuro, muy adecuado para un breve ciclo de canciones que puede entenderse como el resumen canoro de un compositor clave para entender la evolución de la ópera en las dos primeras décadas del siglo XX, tras la desaparición de los colosos Verdi y Wagner. Los graves de la soprano quedaban algo mates pero hay que felicitar la feliz interpretación que hizo de Beim Schlafengehen (La hora del sueño), la tercera de las canciones, de una pulcritud y claridad conmovedoras. Jaime Martín caminó junto a ella y tuvo que sostener el volumen de la orquesta en más de una ocasión para guardar los planos orquestal y vocal en justo equilibrio.

El concierto se inauguró con una adecuada -por aquello de las fechas redondas- Obertura de Los esclavos felices, de Juan Crisóstomo de Arriaga, fallecido en enero de 1826, es decir, exactamente hace doscientos años. Estamos, pues, ante lo que podría ser el año Arriaga… si no fuera porque su exageradamente prematura muerte evitó que su corpus compositivo adquiera otras dimensiones. Esta obertura, de aire claramente rossiniano, fue quizás la página en la que Martín consiguió la mayor compenetración con la orquesta. Todo el brillo y color que se desprenden de la partitura quedaron muy bien plasmados.

Lla segunda parte se dedicó de forma íntegra a la Sinfonía nº 4 en mi menor, op. 98, de Johannes Brahms y en la que, reconozco, costó entrar. No fue una interpretación hueca ni apagada pero parecía evidente la falta de conexión entre público y artistas. Nada estuvo mal pero no encontré una razón de disfrute especial y lo cierto es que me acabó inundando una sensación de rutina más que otra cosa.
El público respondió con cierta frialdad al final del concierto y con algo más de pasión a las prestaciones de la primera parte. Quizás el programa, algo disperso, y la interpretación, falta de conexión, nos llevaron a un concierto bastante plano. En apenas dos semanas, una nueva etapa de la temporada 2025-2026 con un programa netamente, que no exclusivamente, ruso.
