© Rafa Martín
Presente y futuro del tejido sinfónico español
Madrid. 16/01/2026. Auditorio Nacional. Obras de Liszt, Planells y Shostakovich. Joven Orquesta Nacional de España. Jonathan Nott, dirección musical.
El vértigo de la seducción o la danza al borde del abismo
El programa se abrió con el Vals Mephisto núm. 1, S.110/2 de Liszt, una pieza que no es mero virtuosismo para exhibir destreza instrumental, sino un relato sonoro de seducción y caos inspirado en la figura fáustica. En manos de la JONDE, bajo la batuta de Jonathan Nott, este vals adquirió una energía visceral, casi corrosiva, donde los contrastes —morbidez y diablura— emergieron con claridad del entramado orquestal.
La lectura, sin embargo, adoleció por momentos de cierta precipitación. El discurso avanzó con más prisa de la necesaria, sacrificando algo de claridad en favor del impulso. No fue una cuestión de incapacidad técnica —todo lo contrario—: el virtuosismo fue evidente y el empaste orquestal, notable. La orquesta mostró que sabe tocar “como los mayores”, y de hecho lo hace; quizá por eso convendría recordar que no hay urgencia cuando el nivel ya es alto y el margen de maduración, amplio.
Las maderas insinuaron con inteligencia el canto perverso de Mephisto, y las cuerdas articularon con rigor los motivos recurrentes, dejando claro el juego temático que estructura la obra. Tal vez faltó exacerbar aún más las aristas, llevar el sarcasmo y la deformación un paso más allá, pero la tensión se construyó de manera eficaz y el relato nunca se desdibujó. Este Liszt, de dramaturgia cruda, encontró una respuesta ambiciosa: sólida, brillante, aunque todavía perfeccionable en su continuidad narrativa.
Metalepsis
La inclusión de Metalepsis no fue un gesto programático, sino una toma de posición. La obra de Josep Planells, galardonada con el Premio Reina Sofía de Composición Musical, plantea un reto de enorme complejidad técnica y conceptual. Se trata de una partitura exigente, con un desarrollo particularmente elaborado de la percusión y una exploración sonora y tímbrica que exprime las posibilidades de la orquesta hasta sus límites.
Lejos de una acumulación caótica de texturas, Metalepsis propone un discurso estructurado, con un pulso interno claro, donde la inquietud armónica convive con momentos de calma y reposo. Hay herida y hay dolor, pero también voluntad de decir, de mostrar, de dialogar. La obra no se impone; se revela progresivamente, atravesando capas sonoras diversas que encuentran su coherencia en una lógica rítmica precisa.
Aquí la JONDE respondió con una madurez admirable, articulando con nitidez los cambios de textura y sosteniendo la tensión sin perder el control del discurso. Jonathan Nott dirigió con una mezcla poco frecuente de precisión y cuidado: atento al detalle, cercano a los músicos, técnicamente soberbio. La sensación fue la de un auténtico diálogo entre generaciones, donde compositor, intérpretes y director compartieron un mismo espacio de escucha y riesgo. El resultado fue una escucha activa por parte del público y una confirmación de que el repertorio vivo no sólo debe estar presente, sino ocupar un lugar central en la experiencia sinfónica contemporánea.
La dignidad del sufrimiento contenido
La Quinta sinfonía de Shostakóvich en Re menor, op. 47 exige algo más que solvencia técnica o claridad formal: obliga al director a posicionarse. No tanto ideológicamente como éticamente. Cada decisión de tempo, carácter o peso sonoro revela qué se quiere contar —y qué se decide no subrayar— en una obra donde la ambigüedad no es un recurso, sino el núcleo del discurso.
En el Moderato inicial, Jonathan Nott optó por una lectura clara y didáctica, con una batuta que marcó con precisión, giró y acompañó constantemente a la orquesta. Los planos sonoros se entendieron con nitidez y el empaste fue ajustado y brillante. Sin embargo, en ese afán explicativo se echó en falta una mayor profundidad expresiva: más acidez, más morbidez, más peso en el relato interno que plantea el compositor. El discurso avanzó con corrección, pero con un punto de neutralidad que lo hizo, por momentos, algo insustancial. Con todo, la transición final del movimiento fue magnífica, resuelta con inteligencia y sensibilidad estructural.
El Allegretto se movió en una clave socarrona, con una mirada ligeramente mahleriana, donde el gesto preciso y elegante de Nott sostuvo el carácter irónico sin caer en la caricatura fácil. El humor fue seco, contenido, más cercano a la mueca que a la risa, y la orquesta respondió con una notable precisión rítmica, especialmente en las maderas.
El Largo, verdadero corazón de la sinfonía, plantea siempre la mayor exigencia. Para cantar esta música no basta con tocarla bien: hay que haber vivido, haber sufrido, tener arrugas. Es un movimiento que reclama incomodidad y un punto de desesperación. La JONDE atendió fielmente a la partitura —lo cual no es poco— y construyó un clima opresivo, tímbricamente hiriente, sin caer en el sentimentalismo. No se alcanzó el abismo último de la desesperanza, pero sí se transitó muy cerca de ese invierno de la vida que impregna el movimiento.
Destacó el virtuosismo de los primeros violines, dialogando de manera magnífica con el oboe desde una soledad casi planetaria, así como la transición exquisita entre violas y violonchelos. El final del movimiento fue especialmente logrado, con violines y arpa soberbios, sosteniendo una tensión que no se disolvió, sino que quedó suspendida.
El Allegro non troppo final, enlazado sin ruptura con el Largo, fue un planteamiento acertado. La orquesta pareció liberarse de pronto, como si una energía contenida emergiera desde dentro. La JONDE disfrutó, y Nott llevó a los músicos al límite, exprimiendo el potencial de cada sección. El riesgo aquí es evidente: dejarse arrastrar por la brillantez antes que por la opresión trágica que debe sostener el movimiento. La lectura alcanzó momentos de gran fuerza y desarrollo orquestal magnífico, aunque no siempre logró ese equilibrio exacto entre grandeza y tragedia que exige la obra. No hubo triunfalismo —lo cual es esencial—, pero tampoco se consiguió del todo esa sensación de poder incómodo, de afirmación forzada que hace que el final impresione sin convencer. Aun así, el resultado fue poderoso, intenso y profundamente comprometido.

Como propina, la JONDE prolongó la velada con una secuencia tan inteligente como reveladora de su versatilidad. El Vals de Cinderella de Prokófiev apareció como un remanso de lirismo bien entendido: interpretación bella, cuidada en el fraseo y en el color, sin afectación, dejando que la música respirase con naturalidad. Fue un momento de elegancia serena, casi íntimo, que contrastó con la densidad emocional del programa principal.
A continuación, el Fandango de El sombrero de tres picos de Manuel de Falla ofreció una mirada española tan lógica como necesaria. Lejos del folclorismo superficial, la orquesta resolvió la partitura con gracia, pulso rítmico y un sentido del estilo bien asimilado, demostrando que la identidad no se impone, se comprende. La respuesta fue solvente y flexible, con una articulación viva y una energía controlada que evitó cualquier exceso.
El cierre llegó con el pasodoble Amparito Roca, ya sin director, en un gesto de celebración colectiva. Los músicos, de pie, tomaron el espacio con naturalidad y complicidad, transformando la solemnidad del concierto en una fiesta compartida. No fue una concesión fácil, sino un final honesto, vital, que selló una jornada musical intensa con una sonrisa franca.
Más allá de la anécdota, la experiencia deja una idea clara y oportuna: es un acierto que la JONDE ocupe, como orquesta invitada, una semana dentro de la temporada de la OCNE. No sólo por el nivel artístico demostrado, sino por lo que representa simbólicamente: un puente real entre formación y profesión, entre presente y futuro del tejido sinfónico español. Una apuesta lógica, necesaria y, a juzgar por lo escuchado, plenamente justificada.
Fotos: © Rafa Martín