Ritirata_Arriaga_Bilbao26_d.jpeg© Domi Alonso | Teatro Arriaga

Arriaga se merecía más

17/01/2026. Bilbao. Teatro Arriaga. Obras de J. C. de Arriaga, L. Boccherini y L. Cherubini. Juan Antonio Sanabria (tenor), Diego Blázquez (tenor), Ferrán Albrich (barítono) y La Ritirata. Dirección musical: Josetxu Obregón.

Apenas 500 metros separan la calle Somera y el Teatro Arriaga. La primera es una de las famosas Siete Calles de Bilbao, origen de lo que es hoy una urbe con cientos de miles de personas y que ocupa toda la tierra imaginable de la villa porque ya se sabe que Bilbao es el botxo, literalmente, un agujero en la tierra tras el que no cabe más expansión posible. En la calle mencionada, en el número 12, nació en enero de 1806 Juan Crisóstomo de Arriaga; este joven, también en enero pero de 1826 fallecía en París, a solo diez días de cumplir los 20.

Juan Crisóstomo de Arriaga resulta ser, por lo tanto, uno de los muchos ejemplos de compositores que se vieron afectados por una muerte prematura y en consecuencia, por el mal de la eterna elucubración. Como apuntaba el mismo Josetxu Obregón antes de presentar el único bis del concierto, es baldío tratar de entender lo que hubiera sido de la obra de Arriaga de no morir tan joven. A quien damos por llamar el Mozart vasco, ¿hasta dónde hubiera llegado? Imposible el saberlo.

Dada su corta vida su obra también es reducida, además de haberse perdido parte de ella o no haberse publicado. Hoy en día el corpus musical de Arriaga no llega a la treintena de obras de distintos géneros y por ello seguimos pensando en la enorme pérdida que supuso su fallecimiento.

Dada la afición por las fechas redondas el 200 aniversario del fallecimiento del compositor era una a no olvidar y así, en el teatro de su nombre se organizó un concierto que, en principio, despertaba interés y agradecimiento pero que terminó dejando cierto sabor agridulce, al menos en quien firma estas líneas. ¿Las razones? Fundamentalmente dos: el diseño mismo del programa y la pobre asistencia de público.

Con respecto a esta segunda razón he de reconocer mi sorpresa al comprobar que apenas un tercio del teatro se ocupaba. La platea estaba triste y en los pisos superiores apenas se ocupaban las primeras filas. Puesto a encontrar razones de tal desapego podríamos apuntar el insuficiente despliegue de lo que trasciende artísticamente la figura de Arriaga y la falta de caracterización del acto como homenaje al hijo de la villa. El hecho de que coincidiera con la primera función del Werther de la ABAO tampoco ayuda aunque claro, ¿para qué vamos a coordinarnos entre los distintos gestores musicales de la ciudad pudiendo cada uno ser rey de su taifa particular?

La primera razón apuntada, la del diseño del programa, hay que explicarla con respeto. La música interpretada en el concierto vino a durar unos ochenta minutos, de los cuales apenas quince se dedicaban al centro del homenaje, Arriaga. Espero que así se entienda mi cierta perplejidad al conocer el programa. Luigi Boccherini, con sus dos sinfonías, ocupó dos tercios del mismo y tal desequilibrio coadyuvó a difuminar el espíritu del homenaje al bilbaíno. Además, tratar a Boccherini de contemporáneo de Arriaga es, cuando menos, discutible. Otra cosa es la afinidad y cercanía del grupo musical con el compositor, cosa harto respetable.

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Josetxu Obregón y La Ritirata llevaron el peso del acto. Programa simétrico que se abría y cerraba con sendas sinfonías de Luigi Cherubini, las op. 12 no. 6 y no. 3, elegidas por su coincidencia con la exigencia instrumental de las obras de Arriaga, a saber, cuerda y flauta, fagot y trompa, estos tres instrumentos doblados. Un total de dieciocho músicos que a las órdenes del creador del grupo, respondieron de forma admirable. La densidad musical del limitado grupo permitía jugar con pianos y fortes dando a la música empaque además de que la labor de flautas y trompas aportó diversidad en el color sonoro. Es este un género y un compositor que no se prodiga en demasía en las salas de conciertos en estos lares y es de agradecer la oportunidad de escuchar su música.

Segunda y cuarta obras fueron las dos de Juan Crisóstomo de Arriaga, ambas de carácter religioso y con curiosa demanda vocal: dos tenores y bajo. O Salutaris Hostia exige únicamente cuerda acompañando a las voces mientras que el Stabat Mater, la orquesta completa. Cada una de las obras apenas llega a los ocho minutos; la primera es de estilo más arcaizante mientras que la segunda responde más al canon clásico. Muy bien ejecutadas ambas por las voces de los tres solistas, entre las que pudo guardarse el necesario equilibrio. Eso sí, la voz de Juan Antonio Sanabria sonaba más densa, con más cuerpo y brillantez. Diego Blázquez, en el ingrato papel de segundo tenor aprovechó sus pocos momentos en solitario para enseñar una voz no muy grande pero de timbre muy agradable. Finalmente, Ferrán Albrich, sin ser un bajo, nos mostró una voz oscura, densa que, reconozco, me encantaría escuchar en piezas de más enjundia y responsabilidad.

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El concierto colocaba en el centro el O Salutaris Hostia, de Luigi Cherubini, maestro del vasco en París y que ofrecía la misma plantilla vocal, la que podemos suponer imitó Arriaga. Nuevamente los solistas respondieron con eficacia y creo, sinceramente, que estas tres piezas supusieron el momento culminante del concierto.

Terminado el mismo Josetxu Obregón nos ofreció una breve disertación sobre la figura de Arriaga y el paralelismo habitual con la figura de Wolfgang Amadeus Mozart, aprovechando tal habitual comparación se nos ofreció Marsch, marsch, marsch! Trollt euch fort!.el trío final del acto I de la ópera Die Entführung aus dem Serail, muy bien interpretada.

En hora y media estábamos en la calle, una calle llena de humedad y con intensa sensación de invierno. Y un servidor pensando que la calidad de los músicos no se había aprovechado de forma adecuada por el aficionado bilbaíno, que había dado la espalda al evento. Una lástima.

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Fotos: © Domi Alonso | Teatro Arriaga