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Bohemia y éxtasis 

En el marco de su presencia como artista residente de la Filarmónica de Berlín, la violinista neerlandesa Janine Jansen regresaba a la Philharmonie berlinesa para interpretar el Concierto para violín de Johannes Brahms, con Kirill Petrenko a la batuta. Ambos artistas no habían colaborado nunca antes, lo que añadía un particular interés a esta cita invernal, en una capital alemana congelada por el frío y sumergida bajo una dura capa de nieve y hielo. 

Ya desde los primeros acordes tuvimos la impresion de que íbamos a escuchar algo sobresaliente. El mullido colchón presdispuesto por las cuerdas de los Berliner precipitó un silencio inmediato en la sala, dado el relieve y textura de su sonido, mecido una vez más por la extraordinaria acústica de la sala. Janine Jansen afrontó este intrincado concierto de una manera tan sobresaliente como personal. “Lo toqué por primera vez en la Catedral de Utrecht a los dieciséis años, con una orquesta de estudiantes y mi padre dirigiendo”, confesaba la violinista en una entrevista para la Filarmonica de Berlín.

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Una vez más Petrenko hizo gala de un sentido prodigioso de la musicalidad, ahormando balances y tensiones de una forma asombrosa, aproximando los momentos más íntimos de la partitura a un discurso casi camerístico, aunque sin desaprovechar un ápice los instantes de mayor expansión orquestal. A diferencia de otros conciertos, más volcados en la exhibición virtuosa del solista, Brahms cuajó aquí un tejido sinfónico del que el violín se hace parte en numerosas ocasiones, añadiendo así una mayor complejidad a la dirección musical de la pieza, precisamente por el riesgo constante de que la orquesta acabe sepultando al solista. Nada de eso sucedió aquí, con una comunicación palpable y fructífera entre Jansen y Petrenko, haciendo gala ambos de una complicidad manifiesta.

El bellísimo tema principal del primer movimiento, liderado por los violines y recogido y transformado después por el violín solista, realmente estremecía por su belleza. Y sin embargo nunca tuvimos la impresión de que se cayera en una lectura remilgada o complaciente.  Del subsiguiente desempeño de los Berliner cabe destacar la excelente intervención del oboísta Jonathan Kelly, cantando con el violín de Janine Jansen en una especie de pas a deux. Jansen interpretó aquí la célebre cadencia original de Joseph Joachim, en un ejemplo de virtuosismo alejado del mero exibicionismo instrumental, con cotas de expresividad muy reseñables. Con buen criterio, la solista neerlandesa no ofreció ninguna propina, habida cuenta de la memorable versión de la partitura de Brahms que acababa de brindar junto a Petrenko y los Berliner.

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La segunda mitad nos reservaba una partitura inhabitual, seguramente por su exigente orquestación y por su compleja planificación interna: la Sinfonía no. 3 de Scriabin, subtitulada como Le divin poème (El poema divino). Se trata de una obra que pareciera hecha a la medida de Kirill Petrenko, de su sensibilidad musical y de su dominio técnico. Fantasía tímbrica, colorido expresivo, despligue orquestal, espectacularidad e intimismo... Petrenko volvió a hacer gala de un instinto expresivo y de una preparación técnica sin igual a día de hoy. 

Hubo un par de momentos en los que incluso Petrenko dejó simplemente caer sus brazos y parecía contemplar el desarrollo de su creación, como si su dirección se hubiera metido tanto en el tuétano de los Berliner que no hacen falta mayores aspavientos para obrar el milagro. Y es que realmente el sonido de la orquesta se sentía como una prolongaónción de sus manos. Cinco años han pasado ya desde que el maestro ruso se incorporase como director titular de la Filarmónica de Berlín con la temporada 2019/2020 y bien puede decirse ya que su batuta y los atriles de la agrupación se han fundido en un todo, sin solución de continuidad, en una amalgama realmeunte única y muy reconocible.

El concierto puede recuperarse íntegramente en el Digital Concert Hall de la Filarmónica de Berlín.

Jansen_Berliner_26_c.jpg Fotos: © Lena Laine