Un pulpo en el garaje
12/02/2026. Bilbao. Teatro Arriaga: La ópera de tres centavos, de Kurt Weill. Coque Malla (Macheath), Andrea Guasch (Lucy), Carmen Barrantes (Polly), Paula Iwasaki (Jenny), Cristina García (señora Peachum), Omar Calicchio (señor Peachum), Miquel Mars (Brown), Septeto Instrumental. Dirección de escena: Mario Vega. Dirección musical: Miguel Malla.
Días antes de esta función un diario generalista vasco se hacía eco de las cuatro funciones de esta maravillosa obra de Kurt Weill, lanzando una advertencia al potencial espectador: que a pesar de titularse La ópera de tres centavos la obra no es una ópera. ¡Craso error y nuevo ejemplo de la dominante ignorancia de música clásica y ópera en los medios de comunicación de este tipo! Por supuesto que no estamos ante una ópera convencional pero Die Dreigroschenoper, que tal es el título original de esta obra estrenada en 1928, es una ópera enorme, particular, original, de profunda carga ideológica y que se ha interpretado en muchos teatros del mundo en sus 98 años de vida.
Porque el siglo XX es el siglo de las estéticas operísticas, el siglo en el que el convencionalismo de este arte salta en mis pedazos –cosa que ya Richad Wagner apuntó en su maestría- y podemos observar sin dificultad alguna óperas que comparten cronología con estéticas radicalmente distintas y, sin embargo, complementarias. Por ejemplo, alrededor de 1928 se podían estrenar además de esta Die Dreigroschenoper, El angel de fuego, de Sergei Prokofiev (1927) o La madre, del checo Alois Haba, la obra que nos descubre los cuartos de tono: tres estéticas, tres idiomas, tres culturas en solo tres años.
Así, el siglo XX, el mismo que algunos en estúpido reduccionismo tratan de convencernos que nació con el inicio de la I Guerra Mundial (1914) y finalizó con el fin de la Guerra Fría (1990), como si estos actos no hubieran surgido sino de la anterioridad histórica y no hubieran dejaron huella para la posteridad que ahora estamos viviendo, es el siglo de las nuevas óperas, así, en plural. De hecho podríamos decir que casi cada década nos dejó un sello particular, como también los dejaron cada cultura, cada idioma y cada tradición. Y en la Alemania de la República de Weimar surgen las figuras enormes de Kurt Weill y Berthold Brecht, sacudidos por una Alemania derrotada en la Gran Guerra antes mencionada, comunistas convencidos y que fueron testigos del auge del poder nazi, por lo que tuvieron que tomar las de Villadiego para poder salvar el pellejo.
Die Dreigroschenoper es una ópera que tiene el aliciente de aunar en sí tres tradiciones que convivían en aquella tierra y en aquel momento con aparente naturalidad: la de la música clásica, la del jazz y la del cabaret. Así que sí, estamos ante una ópera, por muy rupturista, original y escandalosa que fuera en su momento.
¿Y por qué toda esta perorata? Porque quienes quisimos en el Teatro Arriaga encontrar la ópera salimos descorazonados mientras que quienes quisieron encontrar una obra de teatro con mensaje y música fácil de digerir aplaudieron con gusto al final de las dos horas. Efectivamente, el pulpo del garaje que aparece en el título no es sino quien firma estas líneas. Y porque además se cantó en castellano –de acuerdo, tampoco es un crimen para una obra que en los 30 ya tenía grabaciones en francés- porque además se amplificó a los cantantes para superar el problema de las minúsculas voces; y poruqe, en definitiva, se cantó de aquella manera, con un estilo más cercano al pop que a la tradición clásica.

Coque Malla debe de ser bastante reconocido en el mundo del pop o del rock así que él era el protagonista de la obra, de la publicidad y la principal atracción para quienes me rodeaban en el patio de butacas. A mí me dejó frío: dos o tres movimientos escénicos repetidos hasta la saciedad y una vocecita de tenor de timbre agradable aunque demasiado liviana El resto de los cantantes eran del estilo aunque debo reconocer que Omar Calicchio le puso énfasis a su señor Peachum con una voz rota y Carmen Barrantes fue una Polly con intención. El resto de cantantes, mencionados en la ficha técnica, asumieron con entereza sus respectivas partes. Lo mejor, el septeto de teclado, metal y percusión, coordinado por Miguel Malla y que, cerrados los ojos, nos permitía reencontrarnos con la esencia de la música de Kurt Weill. La puesta en escena de Mario Vega, muy práctica y funcional, con una resolución acertada en la escena del ahorcamiento.
Pero por encima de todo, junto a una música brillante, el texto de Berthold Brecht extremista, radical y brutalmente sincero, que provocaba cierto nerviosismo entre parte del público porque el gran mérito de Brecht es que un siglo después sus verdades siguen siendo las verdades del barquero. Llegué a casa un poco tarde, coloqué el CD de Die Dreigroschenoper en la versión de Theo Mackeben y me dispuse a escuchar esta maravillosa obra en las voces de Lotte Lenya, Kurt Gerron y compañía y la paz me envolvió. Y así, decidí seguir enamorado de Kurt Weill y sus óperas.
