
Un acontecimiento histórico
Madrid. 14/02/2026. Auditorio Nacional. Ibermúsica. Obras de Wagner, Bruch y Chaikovski. West-Eastern Divan Orchestra. María Dueñas, violin. Zubin Mehta, dirección musical.
Hay noches que adquieren una dimensión que trasciende lo estrictamente musical. Esta fue claramente una de ellas. El homenaje a Zubin Mehta en el ciclo de Ibermúsica tuvo algo de acontecimiento histórico: la presencia de miembros de la Casa Real en el auditorio componía un marco excepcional -entre ellos por supuesto S.M la reina Sofía, gran amiga del homenajeado - además de la discreta silueta de Daniel Barenboim entre el público y, por supuesto, la figura emocionada de Alfonso Aijón -amigo personal del maestro desde hace más de medio siglo y artífice de tantas visitas memorables-.
Se ha de mencionar que pocas ovaciones han resonado con tal amplitud sonora en el Auditorio Nacional de Madrid como la que recibió Mehta al aparecer en escena. No era solo admiración, era gratitud acumulada durante décadas. Difícil no emocionarse tanto por el momento como por la atmósfera que se creaba al surgir su figura notoriamente mermada físicamente.
La obertura de Rienzi pertenece al primer Wagner, aún bajo la sombra de la grand opéra francesa y lejos del universo mítico de El anillo. Sin embargo, en esta página ya se advierte la intuición dramática que transformaría la historia de la ópera: fanfarrias expansivas, contrastes abruptos, un lirismo que se eleva sobre la retórica heroica. Históricamente, fue el primer gran éxito de Richard Wagner, aunque el propio compositor acabaría renegando de su estilo más convencional. La obertura condensa ese impulso juvenil con una arquitectura clara: introducción solemne, episodios de tensión y un crescendo final de afirmación casi ceremonial.

La propuesta inicial –-que pilló a todos desprevenidos - abrió el programa con una solemnidad que no necesitó artificios. Desde la entrada paladeada de violonchelos y contrabajos —qué manera de empastar, qué control de los planos sonoros— se percibió una construcción consciente, casi arquitectónica. La sonoridad grave, compacta y respirada, estableció de inmediato una atmósfera de nobleza contenida. La línea narrativa fue impecable. Zubin Mehta no buscó la brillantez superficial, sino la progresión orgánica del discurso. Dirigió con el cuerpo entero, con la mera presencia, como si la música emanara de un centro interior más que del gesto explícito. La brillantez final resultó absoluta, pero despojada de pedantería o retórica gratuita. Y en ese tejido orquestal destacó el concertino, auténtico motor interno, tirando de la orquesta con elegancia y autoridad, integrando virtuosismo y servicio colectivo. ¿Qué sucedieron algunas imprecisiones? ¿Qué se echó de menos algo más de grandeza o de pasión? Podría ser pero no empaña nada de lo descrito anteriormente.
El Concierto para violín en Sol Menor, op. 26 de Max Bruch es una de esas obras que el repertorio ha convertido en símbolo del romanticismo violinístico. Paradójicamente, su autor -que temía ser recordado solo por esta pieza- logró aquí una síntesis casi perfecta entre lirismo expansivo y claridad formal. El primer movimiento, con su carácter de preludio improvisatorio; el Adagio central, uno de los cantos más intensos del siglo XIX; y el Finale de impulso casi danzable conforman un tríptico de gran coherencia interna.
El Vorspiel. Allegro moderato del concierto se desplegó con un tempo solemne. La entrada de María Dueñas fue propia, de temperamento controlado, con un diálogo sobrio que habitaba la tristeza sin exagerarla. Hay en Dueñas personalidad inequívoca: línea de canto firme, fraseo con intención y un dominio técnico que jamás se exhibe como fin en sí mismo. Mehta le dio cobijo, creando un marco orquestal protector, casi camerístico. No hay dificultad técnica que se le resista a Dueñas; pero más allá de la seguridad, impresiona la naturalidad con la que resuelve cada desafío. La reentrada del tutti orquestal fue atemperada antes que racial: no atravesó el alma con violencia, sino que devolvió el tema inicial con una calma reflexiva, casi meditativa.
En el Adagio, la entrada fue de una belleza descomunal. El primer tema se expuso con joven serenidad: claridad de arco, digitación nítida, sentido musical honesto al servicio de la partitura. Por momentos, parecía que Dueñas no tocaba para nosotros, sino para Mehta, como tributo íntimo y gesto de respeto. Buscaba su mirada, compartía con él la ensoñación, como si quisiera confirmar la certeza de estar ante uno de los grandes.
El Finale. Allegro energico devolvió el destello de personalidad. Afinación inconmensurable, uso del arco de precisión admirable y un diálogo sentido con la orquesta. Todas las exigencias técnicas que arroja la partitura fueron resueltas con naturalidad desarmante, sin sombra de esfuerzo, integradas en el discurso musical.

Compuesta en 1877-78, en pleno periodo de crisis personal del compositor, la Sinfonía no. 4 en Fa Menor op. 36, de Piotr Ilich Chaikovski está atravesada por la idea del “destino”, explicitada por el propio autor en sus cartas. El motivo inicial de los metales —implacable, casi obsesivo— actúa como eje simbólico de toda la obra. Históricamente, la sinfonía marca la afirmación de Chaikovski como gran sinfonista, integrando la tradición formal germánica con una intensidad emocional típicamente rusa. El Andantino introduce un lirismo introspectivo que contrasta con el sarcasmo rítmico del Scherzo, célebre por el uso exclusivo del pizzicato en la cuerda. El Finale, con su energía casi desbordada, combina celebración popular y sombra trágica.
La Cuarta comenzó con una entrada solemne y elegante. El tema principal fue expuesto con suma tranquilidad: no había prisa por declamar, aunque la intensidad sonora nunca decayó. Los planos sonoros resultaron impecables, especialmente en el diálogo entre maderas y cuerdas que condujo a un final de profunda grandeza en el primer movimiento. En el Andantino in modo di canzona, el tema principal se desarrolló a través de las diferentes familias con elocuencia y sentido narrativo. Era como si Mehta nos contara que, a estas alturas de la vida, ya no hay prisa por decir, mostrar o demostrar nada. Surgía un lamento contenido, la evocación de días pasados que no volverán, pero sin amargura, más bien con aceptación serena. El Scherzo fue demostración de virtuosismo en los pizzicati, con un alarde preciso de las maderas y un lucimiento general ajustado, sin exhibicionismo. Y el Finale mostró digitación espectacular tanto en maderas como en cuerdas, con una sonoridad profunda y un torbellino de matices que nunca se desbordó. No hubo carácter festivalero ni pueril: la energía estuvo medida, preparando el desenlace con inteligencia estructural.
La ovación final -una de las mayores que se recuerdan en el auditorio madrileño- no celebró únicamente la interpretación escuchada. Aclamó una manera de entender la música como relato continuo, como memoria viva. En tiempos de gestos excesivos, de velocidad y fragmentación, Zubin Mehta nos recordó que la tradición no es repetición, sino memoria activa. Y que hay batutas que, incluso desde la serenidad del gesto mínimo, siguen convocando un mundo entero de sonido. Y esa lección, más que cualquier efusión pasajera, fue el verdadero homenaje.