© May Zircus
La fluidez y la grandeza
Barcelona. 14/02/26. L’Auditori. Obras de Wagner, Mozart y Sibelius. Emma Stratton, piano. Orquestra Simfònica i Nacional de Catalunya. Antony Hermus, dirección.
El ciclo “Emergents” regresó a la programación de mitad de temporada con una nueva oleada de prometedores intérpretes que tuvieron la oportunidad de defender sus repertorios, auspiciados por una OBC que, a su vez, también abrió su plantilla a las nuevas generaciones. Si la invitada del viernes fue la violinista Inés Issel, la del sábado –cuyo concierto ocupa la presente crítica– fue Emma Stratton, una de las jóvenes promesas de nuestro país. La pianista hispano-británica debutaba con la OBC tras un intenso verano que la ha llevado por Alemania y el Reino Unido, además de su tierra natal, el Ampurdán; últimos capítulos de un currículum ya formidable para una artista de su edad, decorado con una buena cosecha de concursos, becas como la Franz-Wirth Stiftung de Hamburgo o la Alicia de Larrocha, o su reciente disco, Syndesi. El Concierto para piano nº 23 K. 488 fue el objeto del debut de la invitada con la OBC, que compaginó el programa con la obertura de El holandés errante y la Sinfonía nº2 en re mayor op. 43 de Sibelius, una pieza que merece siempre un plus de compromiso, incluso para un experimentado Antony Hermus, al frente de la orquesta catalana también por primera vez.
Stratton entró en escena con un elegante vestido claro-oscuro y se adecuó bien al tempo del director, propicio para la galantería mozartiana. Bastó unos pocos compases para percibir la cuidadísima articulación y la gestión de dinámicas entre manos, siempre con un bajo Alberti al perfecto servicio de una derecha muy natural y despierta. Se adentró en el segundo tema controlando bien los matices del material, con cuidada atención a la sintaxis musical, una lectura compartida por el director que guio a la orquesta con atención en los delicados finales de frase. La hispano-británica coronó el primer tiempo con una cadenza ágil y fluida, sin redundancias ni dilataciones innecesarias.
El segundo tiempo confirmó las expectativas, desplegándose como uno de los pasajes más introspectivos del maestro de Salzburgo. Stratton supo ahondar en su carácter melancólico y reflexivo, subrayando las puntuales ambigüedades tonales del movimiento con una precisión quirúrgica en el manejo de pedales. Hermus transitó con naturalidad entre las distintas secciones, cuya fisonomía cambiante –casi como una máscara veneciana de “dos caras”– terminó por materializarse en uno de los momentos más singulares de la velada. El Allegro assai se desplegó como un auténtico festín de escalas y yincanas pianísticas bien ensayadas por la invitada. Hermus resolvió con oficio el diálogo entre piano y orquesta aún sin un contacto visual especialmente frecuente entre ambos; aunque los resultados, sin embargo, hablaron por sí solos. A ello se sumó la actitud de un público particularmente atento y respetuoso, que permitió disfrutar de un último tiempo plenamente satisfactorio. La pianista ofreció al público una apasionada e inspiradísima Melodie de Fanny Mendelssohn despidiendo su esperada actuación por todo lo alto.

Antes, el –oportunamente– director holandés navegó por la obertura de El holandés errante con buena mar y en un tempo normativo. La orquesta respondió a los vendavales que exige la partitura recreando con comodidad la potencia wagneriana, especialmente desde las filas del latón, muy fiables en los momentos de mayor embestida. El director equilibró con acierto el resto de secciones y evitó la sobrecarga del preciado viento metal, en una interpretación que aconteció como un denso aperitivo, en el buen sentido, ya que, por cuestiones programáticas –y logísticas– no pudo ser el preámbulo de la Segunda de Sibelius. Tras Wagner, el programa continuó con la plantilla reducida para abordar la partitura de Mozart.
El director ofreció una lectura de la Segunda de Sibelius sin correr riesgos, con una quinta trompa reforzando la sección para ganar mayor empaste orquestal. Se le vio notablemente más expresivo y persistente en sus indicaciones que en las dos obras anteriores, algo que, en cualquier caso, se tradujo en una interpretación sólida y poco reprochable. Los movimientos impares concedieron momentos de verdadera grandeza, especialmente el tercero, donde Hermus arrancó de la cuerda una poderosa incandescencia en la antesala del movimiento, y manejó las pausas dramáticas para que surtieran pleno efecto. Supo además sostener la arquitectura del gran crescendo del segundo movimiento sobre cimientos firmes, culminando en ese solemne pasaje conclusivo que lo despide en un colosal y denso re menor. El último movimiento sintetizó las virtudes expuestas hasta entonces y coronó la sinfonía con sus momentos de mayor esplendor orquestal, en un auténtico mano a mano entre cuerda y metales que, sin duda, figurará entre lo mejor de Sibelius escuchado en L’Auditori en los últimos años, cerrando un San Valentín musical marcado por uno de los dobles debuts más especiales de la temporada.
Fotos: © May Zircus