Al filo
Madrid. 24/02/2026. Auditorio Nacional. Obras de Mendelssohn, Britten y Weinberg. Cuarteto Belcea. Yulianna Avdeeva, piano.
Los componentes de un cuarteto de cuarteto de cuerda son, quizá, quienes más beben del “ordenador central de la música”, ese núcleo invisible donde se articulan los pilares y las verdades: la armonía, el contrapunto, la melodía, el ritmo, el timbre y la arquitectura sonora. En el dialogo íntimo entre dos violines una viola y un violonchelo, se concentra la esencia estructural del lenguaje musical, como si cada voz estuviese conectada directamente a la fuente primaria donde se piensa, se siente y se organiza la música misma. Es como tener una conversación con la verdad más profunda del lenguaje musical la creación sonora bebiendo directamente de una conciencia casi sagrada.
No se trata solo de técnica o destreza; es un refinamiento del oido, de la sensibilidad y del intelecto musical. En ese microcosmos de cuatro voces, se concentra toda la sabiduría de siglos de creación.
Y entre estos, el Cuarteto Belcea se encuentra entre los mejores, por su riqueza tímbrica, por su intensidad emocional, por su equilibrio interno donde ninguna voz domina sobre otras, por su claridad estructural o por su riesgo expresivo.
Todo ello se escuchó desde el inicio del concierto, con dos piezas de Mendelssohn (que en el concierto se interpretaron al revés del orden que decía el programa de mano): la fuga y el Capriccio de las Cuatro piezas para cuarteto op. 81, destacando la claridad de líneas en la fuga, o la acerada forma de sacar las disonancias en el diálogo de los dos violines. Digna de mención también la explosión sonora en el allegro fugato del Capriccio llena de fulgor expresivo generando un clímax de intensidad perfecto para desembocar el final.
A continuación se escuchó el segundo cuarteto de Britten, estrenado en 1945 conmemorando el 250 aniversario de la muerte de Henry Purcell. En el primer movimiento, el Cuarteto Belcea hizo notar desde el inicio el carácter “senza rigore” escrito por el compositor, mostrando un cambio notorio de sonido y una libertad y flexibilidad en el fraseo muy notables, aunque manteniendo ese pulso contenido de inquietud bajo la superficie. Hubo una claridad casi quirúrgica en la articulación pero sin diluir las aristas armónicas. En el segundo movimiento, vivace, el carácter más incisivo y nervioso fue estupendamente expuesto, el Belcea enfatizó el perfil rítmico con una precisión percutida del arco, con ataques secos y definidos.
En el tercer y monumental movimiento, Chacony, el Belcea adoptó un tempo contenido, solemne; con un sonido denso y concentrado que establece inmediatamente el carácter casi ritual de la chacona, que, con su martilleante patrón rítmico de impulso y expansión, construye cada bloque de la catedral sonora. Destacables los fantásticos pasajes a solo casi a modo de cadencia que Britten escribe para cada instrumento y que el compositor aprovecha para desarrollar posteriormente con algún motivo del solo con todo el cuarteto, como trinos o trémolos. El final, con sus acordes a modo de sentencia, fueron expuestos con una rotundidad que certificó una interpretación intensa y muy expresiva.
La segunda parte fue dedicada al Quinteto para piano y cuerda op.18 de M. Weinberg, y para ello se contó con la pianistaYulianna Avdeeva.
Desde el inicio del primer movimiento, el carácter sombrío y elegíaco del tema principal fue estupendamente expuesto. El piano, aquí, no irrumpe como solista dominante, sino que se integra orgánicamente en el tejido de las cuerdas y Avdeeva lo entendió perfectamente. La pianista aportó un sonido profundo, de gran peso armónico; de toque claro, estructural. Las progresiones fueron estupendamente medidas.
En el segundo movimiento se enfatizó el carácter punzante y rítmicamente obsesivo. Aquí el piano tiene un mayor protagonismo y Avdeeva supo propulsar sus intervenciones al primer nivel. La interpretación de todos supo llevar toda la tensión acumulativa a un nivel casi enfermizo. El tercer movimiento, presto, tuvo una energía nerviosa extraordinariamente precisa. Desde la primera entrada la interpretación tuvo una agilidad y virtuosismo pleno de ritmo cortante y con tensión desde el primer compás. Fantasticos los stacatti finales a modo de golpes secos y decididos provocando una resolución abrupta de lo más impactante.
El largo que sigue es el corazón emocional de la obra, y ese densidad expresiva fue expuesta a la perfección. Con líneas largas, lentas y sostenidas Avdeeva y el Belcea presentaron una progresión gradual, mantenida, rematando el movimiento con una impactante resolución. El último movimiento, de carácter más enérgico y decisivo, funcionó como perfecto clímax. Los pasajes rápidos y nerviosos se alternan con secciones más expansivas, pero se tuvo una precisión cristalina, y el quinteto concluyó con la sensación final de haber presenciado un verdadero acontecimiento.
Precisión, intensidad e impacto emocional y conmoción muy al filo, en unas obras, como el Quinteto de Weinberg o el segundo cuarteto de Britten que así llegan, con toda su esencia en todo su esplendor; en definitiva: un conciertazo.
Fotos: © Elvira Megías