Una herida sin cicatrizar
Madrid. 27/02/2026. Teatro Monumental. Obras de Guridi y Shostakóvich. Orquesta Sinfónica y Coro RTVE. Pinchas Steinberg, director
La Orquesta Sinfónica y Coro RTVE afrontó un programa de contrastes bajo la dirección de Pinchas Steinberg, músico de gesto sobrio y convicciones claras. De la evocación luminosa de Jesús Guridi al drama descarnado de Dmitri Shostakovich, la velada transitó de la afirmación identitaria a la tensión moral del siglo XX.
Guridi: identidad y color
Los Cuadros Vascos pertenecen a la etapa madura de Guridi, cuando el compositor bilbaíno había depurado ya su lenguaje nacionalista hacia una escritura más sinfónica y menos costumbrista. No se trata de una mera colección de estampas folclóricas, sino de una integración orgánica del material popular en una arquitectura orquestal sólida. Guridi, formado en París y Colonia, conocía bien los recursos de la gran orquesta centroeuropea, y los aplica aquí con un sentido del color que nunca cae en el pintoresquismo fácil.
Steinberg optó por una lectura clara, sin subrayados innecesarios. La orquesta respondió con nobleza en la cuerda y especial brillo en las maderas, que supieron dibujar el carácter danzable y la atmósfera lírica sin exageraciones. El equilibrio entre planos permitió apreciar la factura compositiva: los juegos modales, las cadencias amplias, el tratamiento coral implícito en la masa orquestal. No hubo fuegos artificiales, sino profesionalidad extrema y una cierta practicidad de batuta que dejó respirar la partitura sin retóricas añadidas.
Shostakovich: la verdad sin ornamento
La Sinfonía no. 5 en re menor, op. 47 es, históricamente, una obra escrita bajo vigilancia. Tras la condena pública de Lady Macbeth de Mtsensk, Shostakovich debía “responder creativamente a las críticas justas”. La ambigüedad expresiva de esta sinfonía —entre la afirmación heroica y la ironía amarga— ha generado décadas de debate. ¿Triunfo auténtico o sarcasmo impuesto? La música no ofrece una respuesta cerrada.
Steinberg dirigió de memoria, y desde el primer compás del Moderato dejó clara su postura: menos contemplación de la habitual, más acidez y desasosiego. La orquesta sonó como llevada al límite de sus posibilidades dinámicas. Había una búsqueda deliberada de tensión, incluso de cierta atrocidad sonora, como si el director quisiera exponer los nervios de la partitura sin decoro alguno. El lirismo quedó subordinado a la verdad del discurso; no se trataba de embellecer, sino de afirmar, contar, resaltar. El discurso por encima de la retórica.
La batuta, estricta e implacable, marcó el pulso con precisión casi quirúrgica. No hubo trampa ni cartón: claridad rítmica, control férreo del tempo y una construcción que privilegiaba el impacto final sobre el detalle intermedio. Puede echarse en falta algún reposo discursivo, pero la apuesta fue coherente: decir antes que sugerir, mostrar antes que especular.
El segundo movimiento —ese Scherzo de ironía grotesca— se presentó directo, sin concesiones. Más danza macabra que parodia ligera. Conciso, certero, sin sonrisa. La orquesta respondió con un viento incisivo y una articulación seca que subrayó el carácter sarcástico sin caricaturizarlo.
En el Largo, Steinberg pareció apresurar el llanto, como si hubiera urgencia por atravesar el dolor. Durante algunos pasajes dejó la batuta para moldear con la mano desnuda la línea expresiva, gesto que no implicó sentimentalismo sino concentración extrema. Se echó en falta quizá un mayor abandono, un rubato más generoso o un pianissimo más suspendido en la cuerda. El arpa pudo haber sido más ácidamente dulce; la cuerda, más lacerante. Sin embargo, la coherencia interna del planteamiento terminó por imponerse: el sufrimiento no se recrea, se atraviesa. Y literalmente, la incomodidad se percibió a lo largo de todo el movimiento de manera acertada.
El Finale fue contundente. La orquesta sonó “a mayores”, con un viento sólido y una cuerda que, aunque podría haber sido más mordaz, sostuvo la tensión sin desfallecer. Hubo un punto de efectismo en la acumulación sonora —inevitable en esta página—, pero no vacuo: resonó, golpeó, incomodó. Quizá se perdió algo de claridad en los planos contrapuntísticos de la reexposición, y se habría agradecido mayor disipación sonora en algunos clímax, más contraste dinámico en la cuerda. Pero el mensaje fue inequívoco: no hay tregua.
Shostakovich exige carga. Steinberg la ofreció sin adornos. Su lectura no buscó calidez, sino exposición. Puede discutirse la ausencia de mayor reposo o de un lirismo más expansivo; difícilmente, en cambio, su autoridad musical.
Cuando una orquesta suena así —tensa, exigida, sin concesiones— algo esencial está ocurriendo en el podio. No fue una interpretación complaciente. Tampoco neutral. Fue una propuesta clara, incluso incómoda, que recordó que la Quinta de Shostakovich no es un monumento retórico, sino una herida sin cicatrizar.
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Al término del concierto quedaba flotando una pregunta inevitable: ¿por qué un director capaz de hacer sonar así a una orquesta no es titular estable de una gran formación en cualquiera de nuestras orquestas? Cuando una agrupación responde con esa tensión, esa disciplina y esa entrega —cuando suena “a mayores”, exigida hasta el límite, pero sin quebrarse— algo más que la rutina profesional está en juego.
La titularidad hoy no siempre responde únicamente a criterios artísticos. Intervienen dinámicas institucionales, equilibrios de agenda, estrategias de imagen, afinidades personales e incluso políticas culturales. El podio estable exige, además de solvencia musical, una arquitectura de relaciones, continuidad y proyecto a largo plazo que no todos desean —ni todos están dispuestos a negociar.
Pinchas Steinberg pertenece a una generación de directores formados en la tradición centroeuropea, donde la autoridad se ejerce desde la partitura y no desde la autopromoción. Su gesto no busca complicidad inmediata, sino resultado sonoro. No seduce: construye. Y quizá esa misma exigencia —esa negativa a rebajar el discurso para hacerlo amable— no siempre encaja con los tiempos actuales, donde la visibilidad compite con la profundidad.
Pero noches como esta recuerdan algo esencial: la titularidad no legitima al director; es el sonido el que lo hace. Cuando la orquesta responde con semejante cohesión, cuando el riesgo se asume sin coartadas y el mensaje llega sin concesiones, la pregunta sobre los cargos pierde parte de su peso. Lo que queda es la música. Y, en este caso, la convicción de que en el podio había un maestro que sabe exactamente lo que quiere —y cómo conseguirlo.
No queda pues sino rendirse al merecido aplauso que al maestro le concedió el respetable de manera unánime. Y en ese sentido, cual viernes en el Monumental, el éxito fue rotundo y encomiable.