© Alfonso Suárez
Disfrute y deleite
Oviedo. 28/02/2026. Teatro Campoamor. XXXIII Festival de Teatro Lírico Español. Francisco Asenjo Barbieri: El barberillo de Lavapiés. Cristina Toledo (soprano, marquesita del Bierzo), Carmen Artaza (mezzosoprano, Paloma), Santiago Sánchez (tenor, don Luis de Haro), David Oller (barítono, Lamparilla), Alejandro Baliñas (bajo, don Juan de Peralta) y otros. Coro Capilla Polifónica Ciudad de Oviedo. Orquesta Filarmonía. Dirección de escena: Christof Loy. Dirección musical: Óliver Díaz.
Si no fuera porque tenemos recomendado desde dirección no hablar de nuestras cuitas personales en este tipo de reseñas les diría que yo viví una época en la que menosprecié la zarzuela por género menor, y entiéndase esta última palabra de la forma más negativa que se les ocurra; pero como ya he hecho pública la recomendación, no diré nada. Eso sí, ahora he de purgar mis pecados de juventud y por ello asisto a este tipo de funciones aunque solo sea para confirmar que eché demasiados años por la borda negando el pan y la sal al género. Es obvio que “en provincias” la zarzuela se hace muchas veces con muy pocos medios y con una visión muy restringida del género tanto en el aspecto del repertorio como en el escénico, recurriendo a las dos docenas de títulos que todos tenemos en mente para tener que vivir una y otra vez las propuestas de escena –muchas de ellas itinerantes- que también todos tenemos en mente. Flaco favor se le hace a la zarzuela al evitar la novedad o el riesgo y aún más flaco cuando se responde con silbidos o abucheos a cualquier propuesta que se salga un solo milímetro del casticismo más conservador, de lo que en el madrileño Teatro de la Zarzuela ya saben algo.
Y es que precisamente, de esta función de El barberillo de Lavapiés, que ha sido un disfrute absoluto, quiero comenzar por destacar el hecho, que no es baladí, de que un señor de la lírica de la proyección y relevancia de Christof Loy haya decidido apostar por ella con su compañía propia, Los Paladines, y con una lectura escénica construida con ojos distintos. En el único descanso de la función mis compañeros de palco, eso sí, con cierto respeto, destacaban que ni el vestuario ni la propuesta escénica tenían nada que ver con el Madrid del siglo XVIII y, sin embargo, a mí me encantó: mucha luz con esas paredes blancas, un vestuario relativamente contemporáneo, firmado por Robby Duiveman, en tonos lisos para ellas –espectacular Carmen Artaza- y trajes convencionales para ellos. Eso sí, los guardias van de guardias mientras el pueblo sigue el esquema de los protagonistas; por todo ello, la diferenciación entre nobleza y pueblo llano queda en gran medida diluida. Muy efectiva la iluminación de Valerio Tiberi y una dirección de actores bastante trabajada, que terminan por levantar una propuesta más que interesante.
Vocalmente la noche ha sido sobresaliente. La estrella de la velada ha sido la donostiarra Carmen Artaza, con una Paloma de manual, muy bien actuada -¡y luego algunos dirán que las vascas son sositas!- y con una voz preciosa. Recordemos que fue triunfadora del concurso de canto Francesc Viñas 2021 y nada se debe objetar a una interpretación magistral: una voz densa, muy bien emitida, plena de intenciones y con enorme salero. No le anduvo a la zaga David Oller, Lamparilla, con un estilo actoral soberbio, una presencia escénica envidiable y una gracia en los diálogos que ya quisieran otros. La voz de Oller es lírica y quizás, solo quizás, podría añorarse en algún momento algo más de gravedad pero su Lamparilla es de puro manual: pizpireto, malicioso pero sinceramente enamorado, nos llegó a emocionar en su declaración de amor.
La segunda pareja tampoco estuvo mal aunque el nivel de la titular era excelso. Cristina Toledo estuvo valiente en los agudos y muy implicada en su papel de noble dedicada a la conspiración política; su enamorado, el tenor Santiago Sánchez enseñó una voz más modesta, con escaso esmalte y que en las escenas de conjunto desaparecía; sin embargo, como actor supo transmitir la desesperación de un hombre celoso, incapaz de entender las vicisitudes políticas de su amada.
Interesantísima la voz de bajo, de bellísimo color y timbre grave de Alejandro Baliñas, al que quiero oír en un papel de más enjundia. Joselu López, como capitán de la guardia, peco de histriónico y más que suficientes Marcelino Echeverría como guitarrista y los cantantes Adrian Begega, Carlos Prado y Eugenia Ugarte en sus breves papeles. Conviene aclarar que Loy introduce a modo de compañía musical casi continua el mencionado guitarrista que crea un fondo musical que acompaña gran parte de los momentos hablados con melodías de la misma zarzuela y que facilita el gag de un don Luis de Haro que, harto del soniquete que le impide sus propósitos amatorios con la marquesita del Bierzo, lo ridiculiza en una imitación lograda.
El Coro Capilla Polifónica Ciudad de Oviedo estuvo dispar, dependiendo de las secciones: muy bien ellas, por ejemplo en las coplas de las costureras del acto III mientras que ellos, repartidos según las necesidades en distintos grupos (guardias, vecinos, conspiradores) se las vieron y desearon para mantenerse en ritmo adecuado. En cualquier caso, nada grave y buenos aplausos los que recibieron al finalizar la función. Finalmente, muy bien –como casi siempre- Óliver Díaz, que supo llevar a la Oviedo Filarmonía con pulso muy adecuado por los ritmos castizos de Lavapiés.

El público disfrutó mucho y por primera vez en los años en los que he disfrutado de este festival, pude vivir un bis: en el segundo acto Paloma y Lamparilla se lanzan a un juego de dobles intenciones en el que se entremezclan la pasión amorosa y la política: es el número Una mujer que quiere ver a un barbero, que fue bisado. La petición popular no fue clamorosa pero Artaza dio el OK y los tres, barítono, mezzo y director se lanzaron al bis, alegrando la noche al personal. Eso sí, me abstuve de aplaudir cuando una parte del público así lo hice al hablar de los mismos perros con distintos collares, en esa moda peligrosa que existe de menospreciar la política y la ideología y trazar líneas gruesas sobre esta actividad tan necesaria.
En definitiva, una función de esas que te reconcilian con la zarzuela. Que el teatro estuviera lleno hasta arriba no era ninguna sorpresa; que a pesar de salirse en lo escénico de los parámetros más convencionales, la función resultara un éxito creo que es digno de subrayar.

Fotos: © Alfonso Suárez