© Rafa Martín
Una declaración de identidad
Madrid. 28/02/2026. Auditorio Nacional. Obras de Vicente Martín y Soler, Johannes Brahms y Richard Strauss. Orquestra de València. Alexander Liebreich, dirección musica. Sergey Khachatryan, violín.
La visita de la Orquestra de València a este ciclo no podía comenzar de manera más elocuente que con un guiño a su propia genealogía musical. Abrir con la obertura de La capricciosa corretta de Vicente Martín y Soler no fue solo una decisión programática inteligente sino también una declaración clara de identidad.
Martín y Soler: el clasicismo elegante
El valenciano, que triunfó en la Viena de Wolfgang Amadeus Mozart y que llegó a eclipsarlo en popularidad operística durante un tiempo, representa un clasicismo teatral de nervio ágil, fraseo galante y arquitectura transparente. La obertura de La capricciosa corretta condensa ese espíritu: claridad formal, contrastes dinámicos bien calibrados y un impulso rítmico que nunca pierde la sonrisa. La obra es, sencillamente, una delicia.
El arranque, sin embargo, se inició con algunos desajustes, como si todo no hubiera estado todavía en su sitio —la orquesta afinando sus últimas respiraciones, el público aun acomodándose—. Fue un comienzo levemente incierto, pronto corregido. La cuerda, ajustada y consciente de su función vertebradora, encontró el equilibrio y el empaste necesarios para que la propuesta adquiriera esa ligereza luminosa que define la partitura.
Alexander Liebreich evitó cualquier tentación de sobredimensionar la música. La dejó respirar, fluir, insinuar más que afirmar. En esa contención residió su elegancia. Y en ese gesto, además, se hacía visible la conexión natural entre el compositor valenciano y la formación de su misma ciudad: no un homenaje retórico, sino una reivindicación viva.
Brahms: el violín como conciencia lírica
El salto hacia el Concierto para violín en Re mayor, op. 77 de Johannes Brahms supuso el tránsito de la gracia ilustrada al romanticismo estructural. Compuesto en 1878 para Joseph Joachim, es una de las grandes cumbres del repertorio: sinfónico en su concepción, camerístico en su intimidad, y siempre exigente en su densidad discursiva.
En el Allegro non troppo la entrada de la orquesta fue noble, aunque quizá carente en un primer momento de una idea plenamente corpórea, de esa densidad y profundidad humana que la obra reclama desde el primer compás.

Y entonces el violín entró comiéndose el mundo. Sergey Khachatryan no irrumpió con exhibicionismo, sino con autoridad interior. Su sonido es brahmsiano: denso, palpable, capaz de desenvolverse sul ponticello cuando el discurso lo exige. Las dobles cuerdas, interpretadas de manera soberbia, parecen desmoronar el alma; hay tanta historia en esas notas, tanto discurso por desentrañar, que la tarea resulta compleja. El intérprete la borda. Basta escuchar sus versiones de las sonatas para violín y piano del mismo autor —auténticas referencias— para comprender que su relación con Brahms es profunda, meditada, orgánica.
En esta obra la orquesta no puede limitarse a acompañar: debe dialogar. Y aquí se plegó al solista con inteligencia. Hubo un instante sobrehumano en el primer movimiento, cuando la orquesta se detiene en ese acorde de cuarta y sexta sostenido, suspendiendo el tiempo en una tensión casi física que se resuelve en un pianissimo absoluto. En ese vacío cargado de electricidad, el violín queda solo, sosteniendo dobles cuerdas con una concentración admirable. Es uno de esos momentos en que la música parece mirarse a sí misma.
En este movimiento, hay drama, tragedia, dolor nacido de la tensión del corazón; pero también redención. El vibrato, siempre ajustado, nunca retórico, contribuye a esa sobriedad encendida que presidió toda la interpretación. La cadencia fue noble y elegante, sin virtuosismo gratuito. Técnica y arco no le faltan al solista; pero jamás los exhibe como fin en sí mismos. Su pose —casi soldadesca, tenaz y discreta— contrasta con un sonido y un fraseo descomunales, acordes a un músico de gran estatura.
El Adagio se abrió con una exposición serena, lírica y equilibrada, aunque con un fraseo quizá algo más convencional en la orquesta. El oboe, eso sí, destacó con la bellísima melodía inicial de la que se apropia después el violín. Qué música más penetrante: aquí el llanto es profundo, los agudos firmes y lacerantes, la línea suspendida en un dolor que no se recrea en sí mismo.
El Allegro giocoso, con su carácter zíngaro, se abalanzó sobre el auditorio. Tal vez el violín mostró mayor energía que la propia orquesta, pero siempre dentro de una digitación flexible y una afinación tremenda, buscando ese sonido denso de Brahms, sin concesiones a la galería. No hubo pirotecnia gratuita.
La orquesta se integró en el discurso con naturalidad ineludible - porque no podía no hacerlo - tejiendo junto al solista un intercambio de matices que desembocó en un final afirmativo, pleno, pero contenido.
Entre sinceros y lógicos aplausos, el solista nos obsequió con una pieza de extrema serenidad, de tintes armenios -probablemente de Komitas- que literalmente dejó un áurea de melancolía, reflexión profunda, y demostrando que además de gran violinista es enorme musico.

Strauss: del amanecer al enigma
La segunda parte nos condujo a Also sprach Zarathustra, op. 30, de Richard Strauss, inspirada en la obra homónima de Friedrich Nietzsche. Más que ilustración filosófica, es una exploración sonora del conflicto entre naturaleza, humanidad y trascendencia.
La celebérrima introducción fue bien planificada y nunca estentórea. Los metales sostuvieron la monumentalidad con firmeza, mientras todas las texturas eran tratadas con notable cuidado. En el número siguiente, Liebreich estuvo especialmente atinado al proponer que los temas se sucedieran de manera ordenada, con un máximo equilibrio en los planos sonoros.
En general, el director buscó más el sentido y el decoro que la pasión desbordada. Y esa idea es perfectamente válida: Strauss no necesita siempre la exageración para decir. Aunque en algún momento se percibiera cierto efectismo —donde la brillantez podría haber amenazado con ocultar el discurso—, la línea global se mantuvo coherente.
Qué difícil es encontrar el justo equilibrio entre sonar y decir; entre las maderas y el juego de las cuerdas; entre la elegancia y esa nostalgia a veces decadente del fin de siglo. En esta ocasión, Liebreich se inclinó por una lectura estructural, consciente de las tensiones armónicas y de la ambigüedad final de la obra.
El cierre fue delicado, enigmático y soberbiamente planteado. Ese acorde suspendido, que no resuelve, sino que interroga, nos llevó a una ovación justa y merecida, nacida de un silencio perfectamente manejado por la orquesta y por el director.

La presencia de la Orquestra de València en este programa tuvo, por tanto, un doble valor simbólico y artístico. Por un lado, reivindicar a Martín y Soler como parte viva de un patrimonio que no debe quedar reducido a nota al pie del clasicismo vienés. Por otro, demostrar que una formación con raíces locales puede abordar con total solvencia, y sostener ese arco narrativo con profesionalidad y convicción, el gran repertorio centroeuropeo del siglo XIX y el sinfonismo expansivo finisecular.
De la ligereza ilustrada al romanticismo introspectivo y, finalmente, al vértigo metafísico de Strauss, el recorrido fue también un viaje por la evolución del yo en la música occidental: del teatro social al sujeto que piensa y, finalmente, al individuo que se confronta con el abismo.
Una velada construida con inteligencia, interpretada con rigor y atravesada por una coherencia menos evidente de lo que podría parecer a primera vista: la de una tradición que, desde Valencia hasta Viena y más allá, sigue dialogando con nuestro presente.

Fotos: © Rafa Martín