El arte de lo icónico
Hay un puñado de óperas, apenas media docena, de Carmen a Tosca pasando por Aida, Rigoletto y La bohème, que surjen enseguida a colación como las más populares entre quienes no son melómanos. Y más ahora, supongo, que todo el mundo parece empeñado en convencernos de que Rosalía -artista de un talento indudable- ha logrado por fin fusionar el pop y la ópera. Ironías, sandeces y boutades aparte, lo cierto es que Aida representa como pocos títulos lo más icónico asociado por el gran público con el mundo de la ópera, llevado seguramente el imaginario colectivo por el impulso de algunas producciones grandilocuentes, con escenografías monumentales e ingentes masas de figurantes. Al margen de lo que esto tenga que ver o no con el corazón de Aida, que es un genuino drama verdiano sobre el poder, el amor y la traición, lo cierto es que Aida es un título muy jugoso para comprobar el verdadero hechizo que la ópera puede suscitar en el público.
Sirva este preámbulo para poner en contexto el estreno de una nueva producción de Aida, con escena de Mario Pontiggia, impulsada por el Teatro Nacional de Crocia, en Zagreb. Ocho funciones, agotadas las localidades para todas ellas, a precios relativamente populares, partiendo de los resolutivos cuerpos estables del teatro estatal. Qué envidia, yo que escribo desde Zaragoza, al constatar que una capital -sin ser Viena, París, Berlín o Londres- con aproximadamente los mismos habitantes que mi cuidad, es capaz de sostener una programación diaria, alternándo ópera, ballet y prosa, empleando además a numerosos cantantes locales. ¿Cuándo en España se va tomar en serio la necesidad de una red estatal de teatros de repertorio? En fin... aún a riesgo de desviar la cuestión del asunto que nos ocupa, insisto en que fue magnífico comprobar cuánto disfrutó el público en las dos funciones de esta Aida a las que pude asistir.
Y es que, y aquí va el segundo excurso a modo de preámbulo para esta crítica, se nos olvida muy a menudo para quién se levanta el telón y quién paga lo que sucede sobre las tablas. No diría que el público es soberano porque entonces muchos títulos no subirían jamás a las tablas, pero tratándose de un título como Aida me parece totalmente lógico y legítimo que un teatro estatal como el de Zagreb haya buscado poner en pie una producción de corte clásico, convencional, que sea reconocible por el gran público, que encaje con la idea de este título que la mayor parte de ellos tienen en su imaginario.
Y esa ha sido, ni más ni menos, la tarea llevada a término por Mario Pontiggia, con inteligente administración de los recursos disponibles y buscando poner el teatro -el texto, los personajes, la acción- por delante de todo lo demás. Pontiggia ha dejado buenas muestras de su hacer recintemente en España, tanto con su Tosca, vista en Mallorca y en Pamplona, como con su Adriana Lecouvreur, representada en Bilbao, entroncando siempre con un concepto artesano del oficio escénico, primando además la belleza y la naturalidad del aspecto visual en sus propuestas.

Para esta Aida el director de escena de origen argentino se rodeó de Antonella Conte, autora de una escenografía resolutiva, que permite ágiles cambios entre escenas, y un vistoso vestuario firmado por Ilaria Ariemme, siempre en el código clásico y convencional que antes apunté. La propuesta se completaba con la atinada iluminación de Andrea Ledda y con una inspirada coreografía de Luigia Frattaroli.
Así las cosas, estamos ante una Aida de repertorio, llamada a reponerse con frecuencia y que es fruto de una coproducción con el Teatro Massimo de Palermo, donde se verá el próximo mes de mayo. Como ya dije, más allá del plano visual, lo más atinado de la propuesta de Pontiggia es su interés en hacer creíble la historia y su afán por perfilar los personajes en sus respectivos conflictos. Esto no siempre encontró el mismo grado de ejecución por parte de los solistas, qué duda cabe, pero era palpable el esmero con el que se había construido la propuesta para que todo guirase, como ya dije, en torno al texto, poniendo el teatro por delante de todo lo demás.
La ópera de Zagreb había dispuesto dos elencos, encabezados por las sopranos Kristina Kolar y Julija Vasiljeva. La primera de ellas, de origen croata, aportó madurez interpretativa y una buena línea de canto, si bien la emisión tendió a ser desigual en su caso, con frecuentes irregularidades en la entonación. Por su parte la letona Julija Vasiljeva tuvo una actuación más redonda, con un instrumento más en punta, homogéneo; apenas cabe reprocharle cierta monotonía en el fraseo, en algunos pasajes clave de la ópera, pero lo cierto es que firmó una Aida muy creíble.
El rol de Radames estaba confiado asimismo a dos tenores croatas: Tomislav Mužek y Stjepan Franetović. El primero, habitual en la Semperoper de Dresde, debutaba el rol y salvó con creces la papeleta, encontrando su propia manera para perfilar un Radames lírico, bien afianzado en el tercio agudo de su partitura. Franetović es un cantante habitual en la casa y mostró un instrumento con sus altibajos, más notable conforme ascendía. Su Radamés se vio algo lastrado no obstante por una vis actoral un tanto básica, aunque dejó muestras de ser un profesional con oficio.
El rol de Amneris deparó seguramente lo más interesante, vocalmente hablando, de estas funciones. Por un lado la serbia Sofija Petrović presentó una Amneris de armas tomar, muy temperamental y muy bien cantada, evolucionando convenientemente el rol y haciendo muy creíble su texto. La voz es interesante y poderosa, más allá de alguna leve tensión en los extremos. Sin duda, una cantante a seguir muy de cerca, con una trayectoria ascendente y a la que pudimos disfrutar en España hace unos meses, protagonizando Carmen en A Coruña. Por su parte la joven croata Emilia Rukavina, cantante también estable en el coliseo de Zagreb, debutaba el rol y no pudo hacerlo mejor, mostrando un timbre atractivo y una buena desenvoltura escénica. Estamos también ante una cantante a la que convendrá seguir la pista, el potencial es evidente.
Un sólido elenco de voces graves masculinas remataba el cartel. Convencieron tanto el croata Ljubomir Puškarić como el mongol Badral Chuluunbaatar en la parte de Amonasro, quizá el primero más esmerado en términos de actuación y fraseo, también con un timbre más hecho y amplio. Luciano Batinić e Ivica Čikeš, dos voces de bajo rotundas y contundentes, defendieron sin fisuras el rol de Ramfis. Y tanto Mate Akrap como Toni Nežić encarnaron con firmeza el rol del Rey de Egipto.

Los cuerpos estables del Teatro Nacional de Croacia respondieron con entrega y esmero. La orquesta titular del teatro se plegó así con denuedo a las numerosas indicaciones de la batuta de Pier Giorgio Morandi, quien abundó sobre todo en un fraseo intenso y delicado, ahondando en esa misma búsqueda de la teatralidad que presidía la propuesta escénica de Pontiggia. Morandi ha sido el director musical de este teatro durante el úlitmo lustro y es evidente que su hacer ha dejado una impronta positiva en los atriles de la formación. La segunda de estas representaciones comentadas discurrió bajo la batuta de Andreas Gies, un joven maestro italiano que sostuvo la representación con buen pulso y pendiente todo el tiempo de la comunicación entre foso y escena, atento siempre a los cantantes. Asimismo, el coro titular del coliseo croata estuvo bien entonado en todas sus intervenciones, más allá de algún puntual desajuste; sobresalió especialmente la labor de las voces graves masculinas en la segunda escena del primer acto.
En suma, una Aida perfectamente clásica, en el mejor sentido del término, sin los aires pretenciosos de sempiterna novedad que rodean a veces la actualidad escénica y con el respaldo de un buen elenco musical, anclado además en voces locales de indudable talento.