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Sentimiento de comunidad

18/03/2026. Donostia. Auditorio Kursaal. Obras de A. Vivaldi, P. Sorozabal, G. Bizet, R. Schumann y O. Respighi. Voces populares, Johannes Moser (violoncelo) y Euskadiko Orkestra. Dirección musical: Riccardo Frizza.

Cuando Johannes Moser terminó su virtuosística interpretación del concierto de Schumann y comenzó a presentar su bis hizo alusión al poder de la música para crear comunidad y ofreció su regalo acompañado por los cinco solistas del instrumento de la plantilla orquestal. Así, creado el sexteto, el grupo nos ofreció una breve pieza, pausada y liviana que, al menos, tuvo la feliz intención de unir orquesta y solista en esto del bis, huyendo de la anacrónica costumbre de que el peso recaiga exclusivamente sobre el solista, como si la orquesta hubiera estado de paso en la obra que fuere. No es la primera vez y parece que, poco a poco, se está “democratizando” esto de recoger el mérito de una interpretación. Se trata de crear comunidad, de crear sentimiento de comunidad. Y pocas cosas más efectivas para ello que la música; y aun más si tal música la puedes cantar.

En la primera parte de este concierto se disfrutó el resultado de la segunda edición de Abestu Euskadiko Orkestrarekin (Canta con la Sinfónica de Euskadi), por la cual más de 130 personas anónimas –en lo referido a la música profesional- han dado su nombre para constituir un coro eventual e interpretar tres piezas breves, a saber, el coro inicial del Gloria, de Antonio Vivaldi, la canción popular vasca Euskalerria, de Pablo Sorozabal y la marcha y coro del acto IV de Carmen, de Bizet. Apenas un cuarto de hora de música para la cual han dedicado dos meses de ensayos este centenar pasado de cantores que, estoy totalmente convencido, han vivido una experiencia única. Solo los que han vivido saben qué hermoso es el proceso que transcurre desde la apertura de la primera página de la partitura el primer día hasta el fin de los aplausos del público en tu último concierto. Una experiencia que, entre otras muchas virtudes, te ayuda a crear comunidad. Muy bien los cantores que, excepto en un caso, interpretaron las obras sin partitura. Cualquier otra reseña crítica acerca de su canto sería pura necedad. También interesante el comprobar que había mucha juventud entre el voluntariado, ahora que muchas agrupaciones corales pasan por una crisis evidente a la hora de poder garantizar el relevo de las voces veteranas. Y para concluir no me duelen prendas al reconocer que el sentimiento que me invadía al final de su participación era el de la sana –o insana, tampoco pasa nada- envidia y mucha nostalgia por vivir tal experiencia.

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Ya en el concierto convencional el citado Johannes Moser nos dio una lectura ágil, medida y adecuada del Concierto para violoncelo y orquesta en la menor, op. 129, de Robert Schumann. En único aliento Moser, en perfecta coordinación con el maestro de la velada, el italiano Riccardo Frizza, llevó a buen puerto una obra clásica del instrumento.

El maestro italiano, al que desde 2006 hemos tenido muchas veces en el foso operístico de la ABAO y otras cercanas, abordaba esta vez música orquestal de su país, con la figura de Ottorino Respighi. Dos de sus tres obras “romanas” fueron las elegidas; recientemente, en la entrevista de portada de este mes de marzo, en esta misma revista, Frizza afirmaba, no sin razón, que el sinfonismo italiano de los siglos XIX y XX es el gran desconocido de la música clásica de su país. La sombra de la ópera es demasiado alargada y obras de muchos compositores transalpinos son sistemáticamente ignoradas por los programadores de las orquestas y continúan estando a la espera de ser escuchadas, al menos por  estos lares.

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Esta vez ha sido lo elegido ha sido lo más “popular” y quizás en otra ocasión podamos abordar otras obras, hoy arrinconadas. Fontane di Roma, P. 106 es rica en contrastes y no menos Pini di Roma, P. 141. Ambas son descripciones de paseos por calles y plazas de la ciudad reparando ora en sus fuentes, ora en sus pinares. Espectacular ambas,a subrayar el imponente un crescendo con el que termina la segunda y que Frizza supo describir con brazo mágico y donde la orquesta respondió adecuadamente a todas sus exigencias. Curiosamente, –creo que es la primera vez que vivo un concierto con tales circunstancias- la organización decidió presentar cada fuente y cada pinar con información en los sobretítulos, ayudando a entender las distintas escenas de las dos páginas orquestales. Quizás vamos caminando a un punto en el que nos sentimos obligados a dar cuanta más información sea posible al oyente en la consideración de que así la experiencia musical pueda tornarse más accesible. Si al menos evitamos las linternitas y las luces de las pantallas para que algunos miren y remiren el número de movimientos de la obra, bienvenida sea la iniciativa.

Frizza exprimió a las distintas secciones de la Euskadiko Orkestra con gesto detallado y comedido y la orquesta le respondió con eficacia. Se notaba que había comunicación entre ambas partes y lo cierto es que todo el color que desprenden estas dos obras quedó perfectamente plasmado. Brillante la sección de metales, sobre todo en la obra final. En definitiva, un programa de múltiples colores, de diversidad evidente y que contó con el beneplácito de un público que acabó entregado al trabajo de batuta, orquesta, solista y voces populares. Y es que la virtud de la música es que, al ser capaz de crear comunidad, nadie sobra; hay posibilidad de participación para todas las personas, aunque sea me mero oyente.

Fotos: © Juantxo Egaña