A la antigua usanza
Barcelona. 22/03/26. Palau de la Música Catalana. Barcelona Obertura Ciutat de Clàssica. Obras de Barber, Haydn Schubert. Franz Schubert Filharmonia. Leonard Slatkin, dirección.
Leonard Slatkin pertenece a una generación de directores que, tanto para el oyente veterano como para el aficionado, parece contrastar con generaciones posteriores que, grosso modo, con frecuencia –y sin entrar en juicios simplistas y absolutos sobre su calidad–, incurren quizá en cierto exceso de academicismo. Un rasgo que, cuando aflora, se hace especialmente visible sobre el escenario –la gestualidad, el lenguaje corporal, las indicaciones, e incluso en el propio marcaje del compás–. En maestros como Slatkin da la sensación de que tal actividad discurre de una manera más orgánica, menos ortodoxa, e incluso, con la adecuada prudencia, “más musical”. No es el objetivo de la presente crítica el reflexionar sobre el amplio y complejo papel del director –titular o invitado–, que, desde luego, trasciende con mucho su mera labor en el escenario –apenas la punta del iceberg–; pero sí parece oportuno, en ocasiones como la del concierto del domingo, subrayar la elegancia y el saber hacer de una personalidad como Slatkin, heredera no solo de una destacada tradición musical familiar sino también de una manera de dirigir un poco “como las de antes”, a la antigua usanza.
Por ello, siempre resulta una ocasión especial cuando un director de la vieja escuela como Slatkin visita nuestro país al frente de una formación como la Franz Schubert Filharmonia. En su tránsito por su octogésimo aniversario, el experimentado director ha querido trazar un arco de memoria regresando a algunas de las formaciones que han marcado su larga vida en el podio, como la Sinfónica de Detroit, la Orquesta Nacional de Lyon, las Filarmónicas de Berlín y Nueva York, así como algunas grandes formaciones japonesas, sin olvidarse, por supuesto, de la Orquesta Sinfónica de Gran Canaria, de la cual ostenta el cargo de principal director invitado.
El evento encadenó oportunamente una serie de efemérides destacables: por un lado, además del mencionado ochenta cumpleaños y del vigésimo aniversario de la formación catalana, el regreso del propio director al Palau de la Música Catalana, cuarenta años después de su última actuación –redondeando–. Por otro lado, coincidió también con el bicentenario de la Sinfonía n.º 9, D. 944, de Schubert, compositor al que, la antes conocida como Orquestra Simfònica Camera Musicae, rinde homenaje desde que se renombrara en 2021 como Franz Schubert Filharmonia. El Adagio para cuerdas op. 11 de Barber y la Sinfonía núm. 94, Hob.I:94 de Haydn completaron un programa muy al gusto del invitado estadounidense.
Slatkin, naturalmente sin batuta, se deslizó por los primeros compases del famoso Adagio de Barber huyendo de ese metrónomo “acelerado” al que suelen tender muchas de las versiones ya presentes en el imaginario colectivo, y extrajo de la orquesta una cuidadísima y cálida sonoridad. Ciñéndose al Molto adagio que figura en la partitura, el viaje permitió saborear con claridad el entramado armónico de la obra –sus acogedores acordes de séptima–, con el beneplácito de un público muy respetuoso que contuvo el aliento en este exquisito primer entrante. El estadounidense enfatizó las prolongaciones de los finales de frase, y sus gestos de regulación dinámica se dejaron ver como más intuitivos y orgánicos, y no tanto como meros movimientos técnicos, algo que congenió bien con el destacamento de cuerda de la FSF.
La experiencia y la sabiduría avaladas por sus seis Grammys se hicieron también patentes en la célebre Sinfonía Sorpresa de Haydn, que discurrió con plenitud y galantería, pero también con intensidad dramática, especialmente en el primer y el último movimientos. Destacó, por supuesto, el célebre Andante, en el que el timbal cumplió su efecto en los compases iniciales; sin embargo, la lectura de Slatkin evitó cualquier exageración, con una dirección basada, en este caso, en indicaciones mínimas.
Si componer una obra en homenaje a Schubert no bastara como prueba del respeto y la admiración del director por el compositor vienés, su lectura de La Grande terminó de confirmarlo en una interpretación que no defraudó, en la que el maestro invitado volvió a dirigir sin partitura una obra perfectamente asimilada y asentada en su larga experiencia. La plantilla se mostró cómoda en los tempi propuestos por el invitado –esta vez sí con batuta– y, una vez superados los toques iniciales de la trompa, el director trazó el impulso de una caballería que avanzó con gran seguridad a lo largo del primer tiempo. Se adentró en el segundo con visible complicidad con la orquesta, e incluso tarareando ciertos pasajes, enfatizando bien la pausa dramática y el crescendo final. Tras sortear con solvencia los cambios de tempo del Scherzo, el conjunto encaró el último movimiento con energías renovadas, en el que la comunicación visual entre director y orquesta –sobre todo también de músicos entre sí– actuó como estímulo para culminar en un final potente y plenamente satisfactorio, que clausuró uno de los debuts más distintivos de la presente temporada.