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Ya llegan las fechas 

26/03/2026. Palacio Euskalduna, de Bilbao. Temporada de la Bilbao Orkestra Sinfonikoa. Johannes-Passion, BWV 245, de Johann Sebastian Bach, con Ana Quintans (soprano), Rodrigo Carreto (tenor, Evangelista), Peter Harvey (bajo-barítono, Jesús), José Coca Loza (bajo, Pilatos) y otros. San Juan Bautista Abesbatza y Bilbao Orkestra Sinfonikoa. Dirección musical: Carlos Mena. 

Dentro de la temporada ordinaria de una orquesta sinfónica convencional el apostar por la interpretación de una pasión bachiana no deja de ser un riesgo. Estamos a apenas una semana de la católica semana santa y parece de obligado cumplimiento ofrecer uno de los muchos oratorios dedicados a la efeméride y en este caso se ha apostado por La Pasión según San Juan, una obra que cumple ya 202 años de vida y que, no nos engañemos, es una obra relevante en la historia de la música. 

Hace ya muchos años que interpretaciones como –valgan dos ejemplos- las legadas por directores románticos, caso de Otto Klemperer o Wilhelm Furtwängler, ya no son de recibo. Karl Richter o Nikolaus Harnoncourt, por poner solo otros dos ejemplos, nos enseñaron que la música barroca tenía otras vías de interpretación, profundización y estudio por parte de los músicos, además del disfrute del oyente. Así pues, las orquestas convencionales están obligadas a hacer un esfuerzo a la hora de interpretar obras como la que nos ocupa para no caer en lo que hoy se considera un error, una anticualla o algo inaceptable.

Interpretar a Bach es interpretar la música misma. Bach tiene la suerte de ser un compositor de interés en sí mismo, más allá del interés religioso que puedan tener sus obras para algunos oyentes por identificarse en mayor o menor medida con el texto y el significado de la obra. Para mí, Johannes-Passion, BWV 245 es una obra musical de indudable interés que, aunque duerme a la sombra de su hermana, la Matthäus-Passion, merece per se las dos horas de su duración. La obra transmite arte, nos ofrece un ejemplo perfecto del magisterio del compositor.

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Esta Pasión podría entenderse como una ópera sacra o un oratorio dramatizado porque a través del evangelista se nos narra una historia, la de la detención, crucifixión y muerte de Jesucristo, en la que interactúan distintos personajes al modo del teatro musical. No hará dos años pudimos vivir en la Semana de Música Religiosa de Cuenca una propuesta dramatizada y tenía toda su lógica e interés. En este caso la interpretación fue en la disposición de los artistas más convencional aunque, en aras de subrayar en parte la existencia de distintos personajes y escenas dramáticas, se colocó a los cuatro solistas principales en cuatro distintos lugares del escenario: Jesús, en el centro, junto al director; el evangelista también en el centro pero atrás, entre la orquesta y el coro; la soprano, a la izquierda del espectador y Pilatos, a la derecha. En ocasiones puntuales los solistas se acercaban desde su posición al centro del escenario para la interpretación de algunas de sus arias.

El evangelista es el personaje sobre el que gravita la obra. En su recitativo continuo nos narra la historia y da paso a cada uno de los solistas, los introduce y acompaña mientras transcurren los hechos que él anuncia. Y en mi modesta opinión aquí residió el principal problema de la noche. Rodrigo Carreto tiene una voz muy blanca, ligera y quizás muy adecuada para este repertorio pero yo espero del papel una mayor autoridad, una mayor presencia vocal. Es tal su ligereza que en ocasiones se desvanecía en un escenario tan grande como el de Euskalduna. Y es que otra discusión recurrente entre los melómanos bilbaínos es la conveniencia de este tipo de obras en tal lugar, dadas las dimensiones del palacio Euskalduna. Carreto puso empeño y profesionalidad pero no terminó de convencer en su interpretación.

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Sin embargo los otros tres solistas tuvieron una presencia vocal y “escénica” mayor, sobre todo la soprano portuguesa Ana Quintans, de escasa participación pero con una voz de densidad y volumen adecuados, consiguiendo dar relevancia a sus dos arias principales. Peter Harvey fue un Jesús vocalmente algo liviano pero –fue el único que cantó sin partitura- pero dando a su papel la dignidad y el empaque necesarios; era más que evidente la asunción que tiene del papel. Finalmente, el boliviano José Coca Loza nos mostró un Pilatos autoritario y al mismo tiempo, dubitativo y aunque la voz no es de timbre hermoso, cantó con gusto. El director, Carlos Mena, en su intervención solista como contratenor nos ofreció una de las cimas canoras de la noche con una interpretación sentida y con un volumen y proyección que destacó entre sus compañeros.

Muy bien el Coro San Juan Bautista, dirigido por Basilio Astúlez, que además fue mejorando según avanzaba la obra y suficiente, aunque sin llegar a la emoción esperada, el citado Carlos Mena en la batuta. El coro juega un papel dramático de primer orden, por ejemplo en los papeles de turba, en los que se exige un dinamismo y teatralidad evidentes. Creo que es un error de la organización que no se dieran los nombres de los coralistas que fueron solistas vocales aportando con sus pocas frases los papeles menores de la acción y ayudaron al buen hacer de la agrupación. Los poco más de veinte miembros de la Bilbao Orkestra Sinfonikoa hicieron un esfuerzo titánico por adentrarse de forma correcta en el mundo barroco aunque entiendo que no tiene que ser fácil pasar de Chaikovsky a Bach y luego a Manuel de Falla sin problema alguno.

Un concierto interesante pero que no acabó de quedar redondeado por pequeñas fisuras. La respuesta del público fue relevante aunque lejos del fervor de otras tardes. Eso sí, escuchar a Bach nunca está de más y auqnue en ocasiones parezca más una tradición que la expresión de una voluntad, estamos en las fechas, no nos engañemos.

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