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Jueves Santo en Baden-Baden 

Baden-Baden. 2/4/2026. Festspielhaus. Bruckner. 8ª Sinfonía. Royal Concertgebouw Orchestra. Dirección: Klaus Mäkelä.

Parece que los días de Semana Santa son propicios para la interpretación de obras religiosas, las famosas Pasiones de Bach, por ejemplo. Pero también puede ser tiempo de oír obras magistrales que están llenas de una espiritualidad que aunque necesaria en todo momento, casa muy bien con estas fechas. Y qué mejor autor que nos conecte con un mundo solemne y espiritual que Anton Bruckner, un ferviente católico, cuya biografía no casa casi nunca con su música. Pocos compositores se me ocurren que nos eleven más alto, más hacia lo celestial, que Bruckner. En cambio su vida no habla de grandezas ni de grandes egos, sino de alguien de carácter nervioso, actitud casi servil con el poderoso y siempre dudoso con sus obras, que retocaba con frecuencia. Pero esa dicotomía no nos interesa en esta crónica. Su objetivo principal es valorar el tremendo monumento musical que pudimos oír en el Festival de Pascua de Baden-Baden.

Y es que Kaus Mäkelä y la Real Orquesta del Concertgebouw volvía al escenario del Festspielhaus para poner el listón muy alto con la 8ª Sinfonía de Bruckner, una obra que se levanta como una de las sinfonías más excepcionales de todos tiempos. El trabajo del director finlandés fue más redondo si cabe que con la 5ª de Mahler del día anterior. Su lectura estuvo muy ligada, siguiendo un discurso claro y contundente, lleno de detalles y a la vez de grandiosidad. Recalcó lo que de wagneriana tiene esta obra: oímos por ejemplo a las hijas del Rin con las tres arpas o a los dioses en el final de El Oro del Rin al entrar al Valhalla.

El extraordinario Adagio fue una lección de cómo hacer (perdonen la expresión golosa) un milhojas de hojaldre: capa tras capa, poniendo unas más finas (increíbles la cuerdas de la Concertgebouw) junto a  otras más densas, con más contundencia (brillantes los metales), Mäkelä construyó una obra de arte. Impresionante. Y luego está la indudable conexión con esta orquesta, una complicidad que tiene detalles quizá nimios pero para mi significativos. En las diversas repeticiones del tema principal del Scherzo, el director dirigió su mirada cada vez a una familia de la orquesta diferente, como integrando y agradeciendo a la vez el trabajo de cada uno de los atriles. 

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¿Qué decir a estas alturas de la Orquesta del Concertgebouw de Amsterdam? Sería repetir mis apreciaciones del concierto del día anterior. Igual es atrevido lo que voy a decir pero puede que sean Mahler y Bruckner los compositores que más se adaptan a la sonoridad de este grupo. No solo por el particular sonido que caracteriza la orquesta sino también porque son dos autores muy unidos a su historia. Mahler dirigió en varias ocasiones la agrupación estableciendo una relación muy estrecha con ella durante los últimos años de su vida. Y uno de sus últimos titulares, el añorado Bernard Haitink era un admirador absoluto de Bruckner y dirigió y grabó sus sinfonías (especialmente esta 8ª) con la orquesta. Si estos atriles rinden al máximo siempre con estos dos inmensos sinfonistas se encuentran especialmente cómodos.

Volviendo a la crónica, hay resaltar una vez más que Mäkelä dio más grandeza si cabe a una obra calificada como “apocalíptica” (¡qué costumbre hay de ponerles nombre a las sinfonías!) consiguiendo volver a encandilar a un público que aplaudió largamente el trabajo de todos los músicos.

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© Michael Gregonowits