© Pablo Lorente 

Angel y demonio

Madrid. Capilla Real del Palacio Real. 6/03/2026. Fernando Guimarães, tenor (evangelista). Guglielmo Buonsanti, bajo (Jesús). Alicia Amo, soprano. Beatriz Oleaga, mezzo. Pablo García López, tenor. Ferran Albrich, barítono. La Ritirata. Coro de la Comunidad de Madrid. Josetxu Obregón, director.  

La Pasión según San Juan se distingue por sus contrastes extremos. Frente a la vocación más universal de la de Mateo, la de Juan despliega una tensión constante entre luz y sombra, configurando un claroscuro mucho más acusado. Es, en definitiva, una Pasión en la que aflora simultáneamente lo más noble y lo más oscuro del ser humano.

Un ejemplo especialmente elocuente se encuentra en los pasajes en los que irrumpen las turbas. Hay uno, en particular, que siempre me ha resultado fascinante: el breve coro Wir dürfen niemand töten, donde Bach logra transmitir el caos, la confusión y el desorden mediante un recurso sorprendentemente innovador, construyendo una escritura que podría calificarse casi de aleatoria. De este modo, anticipa -aunque escrito de forma distinta- un efecto que más tarde se hará célebre en el inicio de Le Chaos, de Les Élémens de Jean-Féry Rebel, donde todas las notas suenan simultáneamente antes de organizarse progresivamente. Conviene recordar que esta obra se estrenó en 1737, mientras que la Pasión de Bach vio la luz trece años antes, en 1724.

En este pasaje, Bach construye un incesante motor de semicorcheas de una aspereza muy marcada. La escritura está plagada de bruscos y exigentes cambios de cuerda, y prescinde de cualquier lógica melódica reconocible. Todo suena casi como si las notas surgieran al azar; incluso da la impresión de que la propia dificultad técnica empuja a los violinistas a rozar o “equivocar” ligeramente los sonidos de forma deliberada, generando así una sensación de caos y desorden. Es la representación sonora de las turbas: una masa sin discurso, sin cohesión, sin un orden inteligible. Se diría que la escritura es a “brochazos”, casi expresionista en su deformidad.

Esa violencia, esa suerte de “negritud” sonora, contrasta con otros momentos en los que la dulzura y la humanidad se hacen plenamente presentes, los ejemplos serían varios, pero el profundamente conmovedor coral final constituye un modelo elocuente de esa dimensión más íntima y consoladora.

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Este año, Josetxu Obregón ha asumido la dirección artística del Festival Internacional de Arte Sacro de la Comunidad de Madrid y, junto a su ensemble La Ritirata, se ha reservado la interpretación de uno de los grandes hitos del ciclo: la Pasión según San Juan de Bach.

El coro inicial, el imponente Herr, unser Herrscher, sorprendió por su intensa viveza expresiva. Espoleados por el percutido arco del contrabajista y por una dirección especialmente elocuente que retorcía el discurso primando las intervenciones más tortuosas de los vientos, el conjunto ofreció una lectura de gran tensión dramática.

Las oleadas de semicorcheas de la cuerda, sin embargo, quedaron en parte sepultadas en el balance sonoro —probablemente a causa de las dificultades acústicas de la sala—; aun así, la gradación de tensiones se desplegó con una viveza casi salvaje, dotando al discurso de un atractivo tan áspero como poderoso donde los característicos Herr del coro emergían clamorosos y esculpidos en piedra.

Fue una carta de presentación muy reveladora, que marcó con claridad la línea interpretativa de Josetxu Obregón a lo largo de toda la velada: una lectura sustentada en el conocimiento, un agudo sentido teatral —tan inherente a esta Pasión— y un sólido control del conjunto. En ese juego de claroscuros que define la obra, quizá se habría agradecido incidir con una mayor dolcezza en algunas ocasiones que intensificara el contraste con los momentos de mayor tensión. Aún así los corales fueron suficientemente contrastados -normalmente conducidos muy hacia adelante- y se consiguió una potente y muy ordenado discurso incluso en los momentos más comprometidos de la obra, como las difíciles entradas del coro a contratiempo (los famosos wohin) en el aria de bajo Eilt, ihr angefochtnen Seelen. Se echó en falta, no obstante, una mayor depuración de los planos sonoros en algunos momentos puntuales, como en la última aria de soprano, donde el fagot asumió un protagonismo excesivo frente al más sutil entramado de flautas y oboes, pero fueron pequeños peros en una interpretación global muy notable.

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El conjunto La Ritirata rindió a un alto nivel, con una ejecución eficaz, notable afinación y una apreciable sensación de justeza. Brillaron asimismo varias intervenciones solistas: la expresiva viola da gamba, el sólido continuo de órgano y clave —a cargo de Daniel Oyarzabal—, el contundente violonchelo, así como las distintas parejas de oboes y flautas (traversos), siempre bien ensambladas y en su sitio. Asimismo destacó el Coro de la Comunidad de Madrid, que en una formación más reducida, tuvo una actuación destacada por empaste y buena adecuación estilística, resolviendo con solvencia tanto los pasajes de mayor recogimiento como las intervenciones más vehementes de las turbas, donde supo imprimir tensión sin perder claridad ni cohesión. 

Entre los solistas vocales destacó Pablo García Lopez en las arias de tenor, muy especialmente en la segunda, Erwäge, wie sein blutgefärbter Rücken, ofrecida con una intención expresiva sobresaliente y una notable belleza vocal. Cabe señalar, además, el acierto de interpretarla con las dos violas d’amore de la versión original de 1725, cuya sonoridad aporta un color más cálido y especial que la alternativa posterior con violines con sordina. Ferran Albrich aportó una sonoridad sólida y de gran peso en todas sus intervenciones tanto como Pilatos como en sus arias de bajo; y Fernando Guimães como evangelista tuvo una actuación creciente en calidad, dotando de expresividad y de variedad narrativa a sus intervenciones. Cumplidoras tanto Alicia Amo como Beatriz Oleaga en sus arias de soprano y mezzo respectivamente; y algo más deficiente Guglielmo Buonsanti como Jesucristo, engolado y sin la nobleza y expresiva humanidad que requiere su parte. 

Fotos: © Pablo Lorente