© Juantxo Egaña
El este europeo hace cien años
13/04/2026. Vitoria-Gasteiz. Auditorio del Conservatorio Jesús Guridi. Obras de A. Liadov, S. Rachmaninov y B. Bartok. Nikolai Lugansky (piano) y Euskadiko Orkestra. Dirección musical: Juraj Valcuha.
El nuevo programa de abono de la Euskadiko Orkestra ha sido un ejemplo del valor de la música de la primera mitad del siglo XX, una especie de muestra de distintos ejemplos de estéticas y estilos diferentes pero –en mayor o menor medida- coetáneos. De hecho, toda la primera parte, compuesta por obras de Liadov y Rachmaninov, están publicadas el mismo año, 1909; coinciden además los dos compositores en la nacionalidad, siendo los compositores rusos ciudadanos de un imperio que, quizás sin saberlo, estaba en sus últimas. Los primeros minutos se dedicaron al breve y sugestivo El lago encantado, op. 62, de Anatoli Liadov, obra que es una suerte de poema sinfónico muy descriptivo y que se sostiene sobre el murmullo de cuerda y arpa. Sin solución de continuidad se abordó el que es considerado uno de los conciertos para piano más complejos de la historia, el Concierto para piano y orquesta nº 3 en re menor, de Sergei Rachmaninov.
La presencia de Nikolai Lugansky otorgaba cierta garantía a la interpretación y lo cierto es que uno no puede sino reconocer la absoluta sorpresa e incredulidad tras verle abordar una obra tan física, tan contundente y tan dramática con semejante solvencia. La línea musical de la obra es relativamente difusa aunque escrita en un estilo tardorromántico; Rachmaninov aprovecha la escritura pianística para dar al solista la oportunidad de exhibir su virtuosismo, es decir, solo un pianista de avanzada técnica y capacidad envidiable podrá hacer justicia a la obra. Lugansky huye de la artificiosidad y sabe diferenciar muy bien los planos más íntimos del primer movimiento Allegro ma non tanto o la energía del Finale hasta provocar que el habitualmente gélido público vitoriano respondiera con efusividad. Pocas veces se viven situaciones similares en este recinto, puedo atestiguarlo.

En la segunda parte una de las obras orquestales más relevantes del siglo XX: el Concierto para orquesta, de Bela Bartok. Aquí los solistas emanan de la misma orquesta y prácticamente todas las secciones tienen su momento de lucidez, sus “segundos de gloria”. Tras una introducción casi silente del primer movimiento, que posteriormente se desarrolla a través de los metales hasta una relevante sonoridad pasamos al segundo, uno de los movimientos sinfónicos más irónicos que uno pueda recordar de la literatura sinfónica y que a través de la caja nos coloca una sonrisa permanente. Un tercer movimiento elegíaco nos precipita al final, pleno de energía y que culmina con un presto majestuoso.
Y es en esta obra, sobre todo, donde pudimos confirmar el valor del eslovaco Juraj Valcuha, milimétrico en el esculpir de esta obra. Si ya fue exquisito en la obra de Liadov a la hora de dibujarnos la magia de las aguas, si Valcuha supo acompañar con precisión y respeto al moscovita Lugansky en su brillante interpretación del concierto para piano, en esta obra de Bartok pudimos disfrutar de una orquesta que se encuentra en muy buen estado de forma y donde todas y cada una de las familias orquestales supieron responder de forma adecuada a las exigencias de una batuta de gesto contundente.

Un programa, en definitiva, que nos ha enseñado una fotografía del este europeo en dos momentos históricos distintos: por un lado, esa primera década que nos acompañaba en ese transcurrir hacía la hecatombe de la Primera Guerra Mundial y casi cuatro décadas después la obra genial de un húngaro que huía de la Segunda Guerra Mundial y buscaba refugio en un continente en el que nunca se encontró a sí mismo. Y es que, nos guste o no, ambos conflictos militares nos marcaron de forma ineludible, también en la música.
Fotos: Juantxo Egaña