© Javier del Real | Teatro Real
Un elenco ideal
Madrid. 16/04/2026. Teatro Real. Smetana: La novia vendida. Natalia Tanasii (Mařenka). Sean Panikkar (Jeník). Martin Winkler (Kecal). Moisés Marín (Vašek). Toni Marsol (Micha). María Rey-Joly (Ludmila). Manel Esteve (Krušina). Monica Bacelli (Háta). Rocío Pérez (Esmeralda). Ihor Voievodin (Indio). Jaroslav Brezina (Comediante principal). Laurent Pelly, dirección de escena. Gustavo Gimeno, dirección musical.
Cuando el compositor checo Bohuslav Martinu asistió al estreno tardío en París de La novia vendida de Bedřich Smetana proclamó una frase que ha pasado a la posteridad. Para Martinu aquello era la “ópera de la felicidad humana”. Esta sentencia (que el Teatro Real se ha apropiado para promocionar su nueva producción) sigue pareciendo acertada más de un siglo después, dado el espíritu jovial y festivo que desprende esta pieza considerada la obra fundacional de la ópera checa. Y es que la segunda ópera que compuso Smetana tras Los bradenburgueses de Bohemia está ambientada en un pequeño pueblo checo del siglo XIX, donde los campesinos pasan sus días en un estado de gozo absoluto bebiendo cerveza, cantando himnos a su alcohol favorito y bailando danzas típicas de Bohemia mientras esperan la llegada de un circo ambulante. En esta arcadia dichosa vive una joven pareja, cuyo amor será testado cuando Mařenka crea que su novio Jeník la ha vendido a otro hombre por trescientos florines.
Poner en escena esta comedia de enredos de tintes rossinianos ha sido todo un reto para Laurent Pelly. El artista francés no ha querido abordar la pieza desde el realismo, ya que aquello que se consideraba gracioso en 1866 es altamente hiriente en pleno siglo XXI. Pelly fue en busca de otra estética que le permitiera representar una historia sobre la supuesta compra y venta de una mujer, planeada por su novio, sin caer en la denuncia social, o en una lectura en clave feminista.
Al final el director encontró su inspiración en el cine de animación checo de los años cincuenta, sesenta y setenta. Así, este montaje de La novia vendida se desarrolla sobre un espacio oscuro, casi vacío, con algunos elementos escénicos sumamente inquietantes que imitan el estilo surrealista de los cortos en stop motion de Jiří Trnka, Břetislav Pojar, o Jan Švankmajer. Por ejemplo, la ópera arranca con una nube gigante construida a base de sillas, mesas, ventanas, armarios, bicicletas y lámparas que flota sobre los personajes. Aunque la estética escogida parezca un tanto tétrica en comparación con sus últimas producciones, el francés no ha sacrificado la esencia jubilosa que elogiaba Martinu. La caracterización de los aldeanos como bufones que se desplazan y bailan de forma grotesca mantiene el alma cómica que imaginaron Smetana y su libretista Karel Sabina.

Esta creación escénica limpia, y casi desierta, invita a que la música sea la protagonista de la producción, siendo un fenómeno poco común en los teatros de ópera actuales. Si bien la escenografía ayuda a que la Orquesta sinfónica de Madrid devenga la gran triunfadora de la velada, el mérito verdadero recae en una persona: el nuevo director titular del Teatro Real. La partitura en manos de Gustavo Gimeno suena con una precisión extraordinaria. Fue excelente su control sobre los instrumentos de cuerda, siendo la sección más expuesta a las veloces corcheas y semicorcheas que caracterizan la Obertura y la Danza de los comediantes. Los otros dos bailes folclóricos de la obra (la polca y el furiant) se interpretaron con la misma exigencia, la rítmica adecuada y una vibrante intensidad. Los espectadores no tardaron en rendirse ante tal festín sinfónico, precipitándose con sus aplausos tras la ejecución de la Obertura y las danzas. Especialmente memorable también fue la intervención de la orquesta en las partes más líricas de la composición, como el sublime acompañamiento del viento madera durante el sexteto del tercer acto.
Sobre los bailes folclóricos es preciso señalar un cambio en el orden de la partitura que se ha llevado a cabo en esta producción. Aquí la polca y el furiant se interpretan seguidos. El himno a la cerveza (que siempre cantan los campesinos en medio de los dos bailes) tiene lugar tras el furiant. Asimismo, la decisión de tocar el furiant con el telón bajado favorece de nuevo a la orquesta, dándole todo el protagonismo, pero se percibe como un desacierto escénico, ya que no se representa uno de los bailes más esperados de la ópera. No obstante, esta decisión se entiende en tanto que la bajada de telón permite cambiar el decorado. En el segundo acto, la acción transcurre frente a una de las entrañables casitas de cartón de la anterior producción de Los maestros cantores de Núremberg del Teatro Real, también dirigida por Pelly, que ha sido recuperada para la ocasión.

Smetana escribió el papel de Mařenka para una soprano lírica flexible: una voz con ligereza cómica y agilidad para las frases rápidas, que también destacara por sus agudos sostenidos y un legatto amplio y expresivo (este último muy requerido en la gran aria del tercer acto Och, jaký žal, o en el primer dúo de amor con su partenaire). La soprano moldava Natalia Tanasii ha resultado ser la candidata ideal para este papel. Aclamada por su memorable Tatiana en La Monnaie y en el Teatro Massimo de Palermo, Tanasii deleitó al público madrileño con una Mařenka igual de exquisita. Su voz es de una belleza arrolladora, dotada de una gran variedad de colores, agudos brillantes y un centro muy amplio.
El rol de Jénik fue interpretado por Sean Panikkar, quien lo defendía por primera vez en su carrera. El tenor norteamericano es conocido por desenvolverse con gran soltura en repertorios muy diversos: desde el mozartiano o el straussiano hasta el contemporáneo, con títulos de Glass y Adams. Además, en los últimos años se ha ganado al público wagneriano con su primera incursión en este repertorio dando vida a un Loge muy sólido en la nueva producción de Londres, firmada por Barrie Kosky, y también en la de Tobias Kratzer de Múnich. En esta ocasión, Panikkar no dudó en hacer alarde de su capacidad de proyección extraordinaria. Su voz resultó luminosa y penetrante, desenvolviéndose con gran seguridad en su aria del segundo acto Až uzříš, komu´s koupil nevěstu y en las partes bufas.

La elección del bajobarítono austríaco Martin Winkler dando vida al casamentero Kecal fue otro acierto del elenco (aunque despuntara más en la vertiente actoral, que en la vocal). La mayor sorpresa del reparto alternativo resultó ser el Vašek de Moisés Marín. El cantante granadino consiguió crear la tartamudez precisa que exige su personaje bufonesco sin caer en excesos, ni desatender su fraseo.
El resto de las voces secundarias que completaban el cartel mantuvieron el alto nivel de los solistas. Los padres de Mařenka fueron gratamente interpretados por Manel Esteve (Krušina) y María Rey-Joly (Ludmila), junto a Toni Masol (Micha) y Monica Bacelli (Háta) como sus consuegros. La aparición del circo ambulante en el tercer acto estuvo liderada por Karoslav Brezina (Comediante principal), quien también ha asumido la función de coach de checo para los dos elencos de esta producción. Cerraron los roles secundarios la siempre convincente Rocío Pérez (Esmeralda) e Ihor Voievodi (Indio).
Por último, cabe decir que en este montaje el coro titular del Teatro Real se enfrentaba a unas exigencias escénicas que ponían en peligro la emisión de su canto. Pues, el hecho de correr, bailar y saltar durante toda su primera y última intervención podía conllevar a la pérdida del control de su respiración. Pero no es la primera vez que este coro, bajo la firme dirección de José Luis Basso, supera con éxito situaciones de este calibre. Una vez más, este coro demostró su valía en circunstancias adversas, ofreciendo una interpretación portentosa, francamente insuperable.

Fotos: © Javier del Real | Teatro Real