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Para todos y para pocos

Barcelona. 25/04/26. L’Auditori. Sinfonía Turangalila de Oliver Messiaen. Orquestra Simfònica de Barcelona i Nacional de Catalunya. Pierre-Laurent Aimard, piano. Thomas Bloch, ondas Martenot. Jonathan Nott, dirección.

Debutaba en la sede de la OBC, con nada menos que la titánica Turangalila de Olivier Messiaen, el experimentado director Jonathan Nott, quien será, a partir de la próxima temporada, una presencia habitual en el ecosistema musical barcelonés tras relevar al maestro Josep Pons en el Gran Teatre del Liceu. A modo de metáfora, no sorprende que la inercia de esta monumental sinfonía haya dado para tres funciones: una, de la mano de Ibermúsica en el Auditorio Nacional de Música, y otras dos en su homólogo barcelonés, consecutivas entre viernes y sábado. La segunda contó con una asistencia razonablemente aceptable, tratándose de una obra que, si bien no es precisamente desconocida ni ha pasado de moda, tampoco abunda en las programaciones. En concreto, habría que estrujar la memoria para recordar una interpretación reciente de la OBC.

Nada extraño, por otra parte, dado el esfuerzo mental, artístico y logístico que conlleva preparar la partitura, a caballo entre la sinfonía y el poema sinfónico, que compareciera como único reclamo de la velada. Nott compartió escenario con los reputados Pierre-Laurent Aimard al piano y Thomas Bloch –uno de los especialistas más destacados en instrumentos inusuales como las ondas Martenot–; ambos franceses y profundos conocedores de la obra. Escrita tras la Segunda Guerra Mundial, la sinfonía es una explosión de ritmos y colores, inspirada de forma abstracta en la leyenda de Tristán e Isolda, en sintonía con la lectura de Toni Colomer en el comentario de programa. Pareció destinada a la posteridad desde sus inicios, al contar con Leonard Bernstein en el estreno de 1949 –otra afortunada circunstancia que contribuyó a cimentar la proyección del joven director– y dejando gustos al margen, es innegable que se trata de una obra perdurable, tanto para la historia de la música como para el espectador.

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La endiablada parte de piano, por su dificultad y protagonismo, la sitúa en los lindes del concierto para solista, aunque no tanto por su tratamiento. Entre sus muchas particularidades –como su extensa sección de percusión– destaca el uso del mencionado de las ondas Martenot, cuya integración en la orquesta, a pesar de su inclusión en muchas obras de compositores del siglo XX –casi todos franceses–, siempre ha sido objeto de debate. 

Nott, curtido tras años al frente de formaciones como la Orchestre de la Suisse Romande o la Sinfónica de Tokio, se revela como un director especialmente hábil en el manejo de grandes masas orquestales. Así lo confirmó en la velada del sábado al frente de una OBC hipervitaminada, cuya disposición pasó por enfrentar violines así como al pianista Aimard y al teclista Thomas Bloch, situados en primera línea. Su lectura desprendió devoción y una gran atención tanto al detalle como al tratamiento de las secciones y, así como, particularmente, al de los cuatro temas que articulan la arquitectura cíclica de la pieza de casi ochenta minutos. En concreto, destacó los matices que acompañan al tema de la estatua a lo largo de sus distintas apariciones, siempre ligeramente transformadas según el punto de la sinfonía, con una sección de viento-metal especialmente sólida en todas ellas.

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Thomas Bloch no defraudó en sus intervenciones y se mostró preciso y seguro, salvando bien la exposición de su parte, tanto sonora como visual, y manejó bien tanto los elementos ornamentales, como los cantos más íntimos. Especialmente acertado estuvo en el dúo con el clarinete del tercer tiempo, gestionando con precisión la articulación y los registros del tono. Por otro lado, aunque se agradece la ausencia de reverberaciones innecesarias y se valora la “pureza” analógica, conviene apuntar que los agudos del instrumento resultaron algo desequilibrados, hasta el punto de que la estridencia en ciertos momentos obligó a cambiar de butacas a dos asistentes situados justo enfrente –desde la ignorancia: ¿quizá mejorable cambiando la orientación de los altavoces? En cualquier caso, la excesiva mordida en algunos agudos, tolerable en la gran mayoría de intervenciones, se volvió puntualmente extrema y molesta en ciertos tutti, especialmente para el público situado en las trincheras de la platea. A pesar de todo, en general, las ondas Martenot se insertó bien en lo que es la masa orquestal a lo largo de la sinfonía, especialmente en el frenético quinto movimiento, que se resumió en uno de los mejores pasajes de la velada.

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El director inglés supo tejer los colosales puntos de unión entre piano y orquesta, sin escatimar esfuerzos en integrar todas las secciones tanto en los pasajes más atmosféricos como en los de mayor densidad sonora, con una batuta especialmente atenta a las intervenciones de los once percusionistas. Aimard defendió su parte con una dedicación extrema, mostrándose especialmente hábil en la vertiente más percutiva del instrumento, y plenamente a la altura de su prestigio en las cadencias y en los pasajes de carácter solista. Destacó su papel en el cuarto movimiento –Chant d’amour 2–, desbocando la furia pianística del final, y en el séptimo –Turangalîla 2–, firmando una gran recreación de la mano de los intérpretes de percusión.

Nott, en perfecta complicidad con la orquesta, ofreció el monumental final prometido, tal como la obra exigía, en una dirección de gran coherencia que reafirma la dificultad de una partitura densa, emotiva, ciclópea y apasionada; una obra de un compositor trascendental del siglo pasado, concebida para la humanidad, “para todos”; aunque desde el podio, al alcance de no tantos.

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Fotos: © May Zircus