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Viaje de estudios

Valladolid. 02/05/1926. Teatro Calderón. A. Salieri: La bella selvaggia. Tanja Weiss (soprano, Zeda), Mathias Crazzolara (tenor, don Alfonso), Simon Helm (tenor, don García), Moritz Merten  (barítono, don Parafonio), Katharina Rothen (mezzosoprano, doña Leonor), Erica Alberini  (soprano, Dina), Aaron Bauer (tenor, Azaib). Coro de la Escuela de Arte de Valladolid (dirección, Eva Helena García), y Joven Orquesta Sinfónica de Valladolid. Dirección musical: Ernesto Monsalve. Dirección escénica: Alberto Trijueque.

Hace unos meses, cotilleando las programaciones de los teatros más cercanos a mi lugar de residencia, advertí que en el Teatro Calderón, de Valladolid se programaba una ópera de Antonio Salieri. Mi sorpresa fue enorme, tanto porque Salieri es un compositor ignorado por los grandes teatros españoles y europeos como porque se afirmaba en la página web del teatro que La bella selvaggia, la ópera que nos ocupa, nunca había sido antes representada. Salieri está, en cierta forma, estigmatizado por esa estúpida leyenda acerca de su enemistad con Wolfgang Amadeus Mozart y sus óperas, más de cuarenta, hoy no solo es casi imposible oírlas sino siquiera muchas de ellas escucharlas en cualquier soporte de grabación. En el caso de La bella selvaggia se puede encontrar en youtube la obertura y nada más, así que asistir a la función vallisoletana era casi cuestión obligada.

La información previa afirmaba que el proyecto de la escenificación de esta obra estaba impulsada por el Antonio Salieri Institut für Gesang und Stimmforschung in der Musikpädagogik, Universität fur Musik und Darstellende Kunst, de Viena además de otras instituciones. ¿Y qué pinta Valladolid en este proyecto? Pues no deja de ser curiosa la razón apuntada en la página web del teatro que dice, literalmente, lo siguiente: si bien Valladolid no se cita expresamente, el marcado carácter de los personajes principales hace imposible dejar deimaginar su procedencia de la entonces capital imperial. Con esta misma razón cientos de obras artísticas de la época colonial podrían adoptarse como vallisoletanas o castellanas sin problema alguno. Pero más allá de algunas anécdotas, lo importante era poder escuchar una ópera del Salieri.

Y es que siempre he pensado que todo melómano debería tener como primer calificativo en su lista de adjetivos el de curioso. Me cuesta horrores entender a quien se dice melómano y se pasa toda su vida escuchando las mismas sinfonías, las mismas óperas, sin pasar de los treinta o cuarenta títulos. ¡Y son tantos los melómanos de tal estilo! Así que decididmos ponernos en camino a Valladolid.

La web del Teatro Calderón advertía de un espectáculo de dos horas con descanso incluido; la realidad es que fueron dos horas y tres cuartos con el citado descanso. Pero más allá del error del dato, al salir del teatro reconozco que no era capaz de entender lo que había vivido, lo que había escuchado y visto.

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Dada lo ignorada que ha sido esta ópera conviene hacer un breve resumen de su argumento: Zeda, la bella salvaje y don Alfonso, capitán del ejército imperial español se enamoran ante primer contacto visual cuando las tropas españolas han llegado a una isla ignorada en sus mapas. De la misma Zeda se enamora don Parafonio, superior de don Alfonso además de Azaib, líder indígena que estaba desde antes comprometida con la india. No falta la mujer española enamorada de don Alfonso y celosa del interés del capitán por la salvaje, doña Leonor. Nos falta Dina, la amiga de Zeda a la que sigue en todas sus aventuras. Una mujer, tres pretendientes, celos, amores no correspondidos… es decir, nada nuevo bajo el sol. Eso sí, en esta ópera todo el aspecto colonial tiene enorme presencia, siempre desde la perspectiva de superioridad del europeo y del menosprecio de las costumbres del indio. Además, cuando en el acto II se apunta que Europa es la tierra de las mujeres pues son ellas las que mandan nos es obligado sonreír por no enfadarse ante semejantes patrañas argumentales.

La obra está estructurada en dos actos, es de carácter cómico y cada uno de ellos llega a los 75 minutos. Se alternan largos recitativos acompañados de clave con arias y escenas dramáticas, en una estructura en la que el coro tiene una participación relativamente menor.

La puesta en escena de Alberto Trijueque, una y única en toda la ópera, nos muestra el distintivo del reino de Castilla en la parte superior izquierda además de una apuesta por una lectura aparentemente moderna: observamos en escena distintos bidones de combustible además de un puesto de gasolinera simbolizando que el petróleo y, por lo tanto, el combustible de hoy podría ocupar el sitio que ocupaba el oro en la época colonial. No hay un solo cambio escénico y la idea que se plantea queda sin desarrollar.

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Vocalmente la función nos lleva al título de esta reseña. Desde el máximo respeto pero también desde la consideración que se debe a quien haya abonado un precio por su entrada las voces protagonistas de La bella selvaggia no cumplieron con ninguna de las expectativas que podrían haberse creado, con una única excepción, quizás dos. Es cierto, todos los artistas eran muy jóvenes y están en proceso de formación pero lo ofrecido al público queda bastante lejos de lo que uno espera cuando asiste a un espectáculo operístico.

La voz protagonista, la de la soprano austríaca Tanja Weiss fue la única que tuvo cierta enjundia y que trató de responder a las exigencias de la partitura de Salieri. Voz pequeña, de lírico-ligera pero al menos con cierta presencia en la franja aguda y con intención y creación de personaje. Algo se acerco a estas prestaciones Erica Alberini, Dina, la amiga de la protagonista y que también otorgó al personaje cierta dimensión. Del resto, a nivel canoro, es mejor ser generoso en las apreciaciones.

Mathias Crazzolara asumía el papel masculino dominante con una voz imposible. Es un ¿tenor? contraltino sin coloratura ni agudos con una voz extremadamente pequeña y que recurrió a miles de trucos para evitar las hipotéticas dificultades de la ópera. Simon Helm quería ser el gracioso de la velada, una especie de Leporello en tenor con una voz sin impostar y apenas proyectada, aunque en el segundo acto mejoró algo.

Moritz Merten, en el papel del personaje desagradable de la noche, es un barítono sin graves y sin timbre aunque al menos dotó de cierta prestancia a sus intervenciones. Katharina Rothen es una mezzo bastante inocua, con intenciones pero sin dimensión vocal; y finalmente, Aaron Bauer es el ejemplo perfecto de lo que es un cantante sin proyección con una voz engolada y tramposa. En definitiva, y lo digo con mucha tristeza, un reparto de mucho nombre vienés pero con una categoría inaceptable.

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Siento mucho tener que decir que el Coro de la Escuela de Arte de Valladolid estuvo a la misma altura; su entrada en la primera escena –créanme que se de lo que hablo- fue el ejemplo perfecto del cantor que piensa eso de entra tú que a mí me da la risa. Muy escasa presencia vocal de la veintena de jóvenes; y si van a cantar esto mismo en Viena les recomiendo ensayo, ensayo y ensayo. La Joven Orquesta Sinfónica de Valladolid, bajo la batuta de Ernesto Monsalve, sonó con respecto al escenario en varios momentos con cierto desequilibro aunque dibujó una obertura de entidad. Quizás fue de lo más salvable de la noche.

Me alegro mucho por la propuesta, la creo valiente y necesaria. Eso sí, ser joven y amateur no permite que todo se torne admisible. De camino a casa, entre tormenta y tormenta, he decidido quedarme con lo mejor: ya conozco una nueva obra de Antonio Salieri. Y deseo que el viaje de estudios de los jóvenes a Viena culmine con éxito. O que culmine, sencillamente.