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Un punto de inflexión

Barcelona. 04/05/2026. Gran Teatre del Liceu. Massenet: Werther. Xabier Anduaga (Werther). Kristina Stanek (Charlotte). Sofía Esparza (Sophie). David Oller (Albert). Stefano Palatchi (Alcalde) y otros. Christof Loy, dirección de escena. Henrik Nánási, dirección musical.

En la presente temporada del Gran Teatre del Liceu había dos fechas marcadas en rojo, con sendos debuts. Por un lado el estreno de una nueva producción de Tristan und Isolde, con escena de Bárbara Lluch y con el esperado debut de Lise Davidsen como Isolda. Y por otro lado, la noche que nos ocupa, la primera tentativa del tenor donostiarra Xabier Anduaga con el icónico rol de Werther, en la ópera de Massenet.

Realmente Anduaga puede estar satisfecho con un debut impecable y en el que dio la sensación de entregar el cien por cien de sus facultades vocales y toda su alma. Más allá de la insultante facilidad con la que resuelve la partitura, sin apenas uno sonido tenso o tirante, subyuga en su caso la belleza de un timbre superdotado, con un centro carnoso y bello, rematado por un agudo liberado, fácil y con punta, que se impone a la orquesta sin dificultades.

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En más de una ocasión, en estas mismas páginas, he reprochado a Anduaga dos cosas: por un lado sus dotes escénicas y por otro lado su trabajo con la dicción. Este Werther da la impresión general de suponer un punto de inflexión en su trayectoria. Por vez primera Anduaga da la sensación de meterse verdaderamente bajo la piel del personaje que interpreta. No en vano se trata de la primera ópera en la que interpreta el rol titular, sin una Lucia, una Adina o una Amina robándole el protagonismo.  

Anoche en Liceu el tenor de origen vasco pareció por fin adentrarse en una nueva dimensión actoral, seguramente todavía con mucho margen de desarrollo conforme haga suyo el personaje con las sucesivas representaciones. Pero nunca antes habíamos escuchado a Anduaga frasear y expresar con esa verdad, con esa autenticidad. Y esto tiene que ver también con la idónea adecuación de su fonación y el idioma francés, tan complicado para algunos cantantes y con el que Anduaga parece haber encontrado un ‘match’ ideal. Escuchando su Werther era inevitable pensar ya en cómo sonaría su Des Grieux, incluso su Faust o su Nadir, llegado el momento.

Resumiendo, un debut inmejorable que confirma la extraordinaria progresión de un tenor dotado de unos medios de primer orden y al que ojalá podamos ver crecer y madurar como cantante durante muchos años. Bravo, Xabier.

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Al lado del tenor español cumplió con creces la mezzosoprano alemana Kristina Stanek, haciendo gala de un instrumento bien timbrado, sin excesivo desahogo en los extremos pero con un centro bien domeñado. Su entrega actoral fue muy plausible y compuso una Charlotte de mucha enjundia dramática, muy apegada a la concepción del rol que dispone Loy. Lo mismo cabe decir de la soprano navarra Sofía Esparza, componiendo una Sophie de armas tomar, lejos del retrato aniñado y naíf al que estamos acostumbrados. Esparza mostró un timbre brillante en el agudo y consistente en el centro, firmando así un impecable debut en el Liceu. 

Algo por detrás quedó el Albert de David Oller, muy bien cantado y actuado, aunque personalmente en este rol prefiero voces de mayor empaque baritonal y de timbre más oscuro. Muy buena labor del equipo de compromisarios, destacado el regreso al Liceu del veterano Stefano Palatchi, con cuatro décadas de trayectoria a sus espaldas. Junto a su Alcalde destacó también la dupla de Schmidt y Johann, integrada por dos cantantes con muchas tablas, como Josep Fadó y Enric Martínez-Castignani. El elenco se cerraba con Cristofol Romaguera como Bruhlmann y Marta Esteban como Katchen.

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La propuesta escénica de Christof Loy -ya vista en Milán y en París- deja un agridulce sabor de déjà vú, como si el director de escena alemán se complaciese en volver a utilizar los mismos recursos que ya hemos visto en otros trabajos suyos recientes, como el Eugene Onegin que se escenificó tanto en el Liceu como en el Teatro Real. Por más que Loy lo justifique como una decisión consciente para, de algún modo, ahogar a los personajes ante la evidencia de sus emociones, lo cierto es que la idea de contar con una escenografía única -de Johannes Leiacker- para toda la representación resulta una solución parca y pobre. La iluminación de Roland Edrich no brilla tampoco por su inspiración, con transiciones a menudo bruscas y con muy poca contribución al desarrollo teatral de la acción. 

Sin duda Loy perfila muy bien los personajes subrayando el conflicto emocional y psicológico que se plantea entre el cuarteto protagonista, insinuando además tensiones a menudo menos evidentes entre todos ellos. Es bien sabido que Loy tiende a ser un atinado director de actores, minucioso y exigente en este campo, pero la escena final de esta producción naufraga por su afán de protagonismo, sumando una serie de ocurrencias -como el propio Werther entregando en mano su carta a Charlotte- que no desembocan en ninguna parte, con Albert y Sophie asistiendo a la muerte de Werther como testigos mudos.

De las producciones vistas recientemente a Loy, diría que esta es la menos inspirada de todas ellas, excepción hecha del malogrado díptico consagrado a Bartók que pudimos ver en el Teatro Real. Se agradecen la elegancia y la contención que adornan la propuesta, pero como ya dije, la sensación de déjá vú es inevitable y pesa mucho durante la representación.

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En el foso del Liceu el maestro húngaro Henrik Nánási optó por una lectura fundamentalmente expresiva, acentuando el fraseo con ahínco y aportando grandes dosis de dramatismo. Nánási obtuvo un color idóneo de la formación titular del teatro, destacando en sus atriles la gran labor de unas maderas sumamente atinadas y expresivas. Más allá de algún exceso de decibelios y dejando al lado el excesivo dinamismo que imprime al ‘Porquoi me réveiller’, llevado con un tempo demasiado vivo, lo cierto es que Nánási dejó un buen sabor de boca, contribuyendo a la impresión general de haber asistido a una representación sin fisuras, con un foso bien compenetrado con la escena.