Lo épico y lo íntimo

El programa de la Orquesta y Coro de la Comunidad de Madrid proponía no un recorrido cómodo, sino una travesía en la que lo narrativo, lo simbólico y lo sonoro se entrelazan hasta exigir del oyente algo más que atención. Eso sucede con El banquete nupcial de Hiawatha, eje de este concierto y una propuesta que, sin ser habitual en nuestras temporadas, posee la rara virtud de abrir una puerta a un repertorio tan fascinante como injustamente olvidado.

La obra de Samuel Coleridge-Taylor, inspirada en el poema de Henry Wadsworth Longfellow, no es solo un fresco coral-orquestal de gran aliento, es también el testimonio de una sensibilidad que busca integrar lo épico con lo íntimo, lo ritual con lo melódico. En aquellos ntiempos donde el sinfonismo parecía debatirse entre la herencia germánica y las nuevas rupturas, Coleridge-Taylor opta por una vía personal, profundamente lírica, donde el color orquestal y la escritura coral adquieren un protagonismo casi teatral.  

¿Hasta qué punto esta música, tan marcada por su contexto cultural y literario, puede hoy conmovernos sin mediación? La respuesta, en gran medida, reside en la interpretación que tuvimos el placer de escuchar. 

Mei-Ann Chen, directora debutante, marcó la entrada de la orquesta que no terminó de prender de inmediato; había cierta frialdad inicial, como si el sonido necesitara acomodarse antes de encontrar su lugar. Poco a poco, sin embargo, el pulso se estabilizó y permitió una incorporación del coro más orgánica, sostenida por un ritmo bien marcado, sin rigidez. Desde ahí comenzó a emerger ese carácter tan particular de la partitura de Samuel Coleridge-Taylor, una música que, sin renunciar a su raíz europea, respira con acentos que evocan un imaginario americano, casi narrativo.

La escritura coral no es complaciente, exige claridad en la dicción, amplitud dinámica y una capacidad de sostener la tensión narrativa a lo largo de largos arcos.

El diálogo entre coro y orquesta fluyó con naturalidad, bien ensamblado, sin fisuras evidentes. La propuesta interpretativa, quizá, rozó en algunos momentos un punto de prudencia que limita su vuelo. Estaba todo en su sitio, medido, coherente, pero uno se pregunta si esta música -que invita al gesto amplio, al color más expuesto- no agradecería un grado mayor de riesgo expresivo.

La batuta de Mei-Ann Chen demostró oficio y conocimiento del terreno. Hubo intención, estructura, y una narrativa bien sostenida de principio a fin. Sin embargo, en ese trazado se echó en falta un mayor fulgor en la cuerda, una densidad más envolvente en los arcos que permitiera que la música respirara con mayor calidez. También los vientos podrían haber explorado un fraseo más dúctil, más cantado, con un punto adicional de cuidado en la articulación. No es una cuestión de corrección -que la hubo-, sino de profundidad porque hay aquí mucha música por desentrañar, muchos matices que piden espacio.

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Y, con todo, sería injusto no reconocer lo esencial, dado que las texturas estuvieron equilibradas, los planos sonoros se percibieron con claridad y el coro respondió con suma atención al discurso, sosteniendo la arquitectura de la obra con solvencia. Hubo una voluntad evidente de construir, de dar sentido, de no dejar nada al azar.

La intervención del tenor, Nicolas Phan, aportó calidad en la emisión y un evidente sentido musical, atento siempre al fraseo y a la intención. Sin embargo, en el registro agudo la voz no terminó de expandirse con la fluidez y tersura necesarias; pareció faltarle algo de sostén, de proyección, como si el sonido no acabara de desplegarse del todo. Aun así, su aportación se integró con inteligencia en el conjunto.

En el fondo, lo que sostiene esta interpretación es una convicción honesta en la obra. Mei-Ann Chen no solo dirige, parece reivindicar la música que tiene entre manos, como si en cada compás hubiera una llamada a escucharla con más atención, a reconocer su valor más allá de su frecuencia en los programas.

El resultado fue un trabajo sólido, equilibrado en sus texturas, afinado, cuidado en los detalles y sostenido por una fe palpable en lo que se propone, no solo por la parte orquestal, sino por todas las intervenciones del coro, magníficamente preparado por Esteban Urzelai. Y eso, en un repertorio como este, no es un matiz menor.

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Tras este viaje de raíz literaria, la segunda parte del concierto planteó otro tipo de travesía, la del compositor europeo que mira hacia América y, en ese gesto, redefine su propio lenguaje. La Sinfonía n.º 9, op. 95, “Del Nuevo Mundo”, de Antonín Dvořák no necesita presentación, pero sí escucha atenta, porque su aparente familiaridad encierra una complejidad que a menudo puede pasar desapercibida. 

Desde el primer movimiento, ese Adagio que se abre como un umbral hasta el Allegro molto de impulso casi narrativo, la interpretación se sostuvo sobre una arquitectura firme, con una solemnidad que no renunció a cierto carácter abrupto, casi como si la música buscara imponerse antes de desplegarse. Hubo intención en ese gesto inicial, aunque el timbal no terminó de ofrecer la firmeza y claridad que sostendrían con mayor contundencia ese umbral sonoro. A partir de ahí, los temas emergieron bien definidos, con una cuerda que supo cantar y empastar, manteniendo una tensión sostenida que da sentido al discurso. El entramado contrapuntístico estuvo presente, inteligible, pero podría haberse afilado más, encontrar mayor relieve en sus aristas. El segundo tema respiró con coherencia, y tanto los forte como los crescendi se construyeron con lógica interna, sin caer en lo enfático. Sin embargo, el tempo - con él el pulso- incurrió por momentos en cierta mecanicidad. La dirección de Mei-Ann Chen reveló aquí una atención minuciosa al detalle puesto que hubo cohesión, claridad en los planos sonoros y una exposición ordenada de los materiales entre las distintas secciones. Especialmente cuidada resultó la entrada de la flauta, bien integrada en el flujo general, así como la transición posterior hacia el tutti orquestal.

El Largo, tan reconocible que corre el riesgo de volverse previsible, se plantea desde una contención que busca preparar el terreno más que ocuparlo. La orquesta se plegó con delicadeza hasta sostener la entrada del corno inglés, cuyo tema —inolvidable— se presenta con sobriedad y un cuidado casi reverencial. Hubo rigor en el fraseo, una voluntad clara de no sobrecargar la línea. Todo parecía estar desgranado con precisión, como si cada elemento encontrara su lugar exacto. Sin embargo, en el desarrollo posterior se percibió una cierta expansión que no terminó de traducirse en verdadera tensión emocional, faltó quizá un punto de mordiente, de herida, de ese temblor que convierte la belleza en algo más que contemplación. La cuerda, eso sí, respondió con homogeneidad, sabiendo retirarse cuando la dinámica lo exige, siempre atenta a una batuta que delimita con claridad cada gesto.

El Molto vivace se construyó más desde la nitidez que desde la contundencia. Los planos sonoros se percibieron con transparencia, los acentos estuvieron bien definidos y los contrastes encontraron su espacio sin forzar el carácter. Hubo en este movimiento una idea clara de danza, de impulso rítmico que no perdió el control. Aun así, aparecieron pequeñas imprecisiones que interrumpieron levemente la continuidad, sin llegar a desdibujar el conjunto, pero recordando que la energía también exige riesgo.

En el Allegro con fuoco final emergió un carácter elegante, de acento eslavo, donde el viento se articuló con limpieza y la cuerda respondió con un sonido bello y bien sostenido. Las voces interiores estuvieron cuidadosamente delineadas, lo que permitió percibir la riqueza del tejido orquestal sin saturación. El clarinete, en particular, mantuvo una línea de canto cargada de intención, sosteniendo tensiones internas que la dirección prefiere contener antes que expandir. De nuevo aparece ese rasgo distintivo de Mei-Ann Chen, una atención casi minuciosa al detalle, a la construcción interna de la partitura. Quizá, en los momentos más líricos, cabría permitir una mayor respiración, un fraseo más abierto que deje aflorar la emoción sin tanto control. Algunas imprecisiones finales en las trompas no empañaron, en cualquier caso, un movimiento bien trazado, ni un conjunto que revela trabajo, intención y una comprensión honesta de la obra. No fue una lectura que buscara deslumbrar, sino más bien construir. Y en esa elección —más reflexiva que expansiva— reside tanto su coherencia como sus límites.

En general, la dirección musical de ambas obras optó por una lectura equilibrada, atenta a la arquitectura global más que al detalle episódico. Se encontró inteligencia en la construcción del discurso, en la manera de conducir ambas obras sin caer en excesos. No obstante, uno se pregunta si, en un programa tan cargado de evocación y simbolismo, no sería pertinente asumir mayores riesgos expresivos, permitir que la música se desborde en determinados momentos.

Y, sin embargo, más allá de cualquier matiz interpretativo, lo verdaderamente valioso de este concierto residió en su planteamiento. Poner en diálogo a Coleridge-Taylor y a Dvořák no es una elección casual. Ambos, desde contextos distintos, exploran la idea de identidad a través de lo ajeno, de lo descubierto, de lo imaginado.

Al final, uno salió de la sala con una sensación difícil de definir, no la de haber asistido a una interpretación impecable en cada detalle, sino la de haber recorrido un mapa musical. Y quizá esa sea la pregunta que quedó flotando en esta tarde de hoy en el Auditorio, ¿no debería todo concierto, en el fondo, aspirar a eso? No solo a sonar bien, sino a decir algo que permanezca en el imaginario del espectador. Y desde ese punto de vista, sin duda hoy se consiguió con creces.