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Una inmensa peregrinación sonora

Hay conciertos que marcan el recuerdo de una temporada, como posiblemente hayan sido los de este fin de semana. Hay conciertos que se escuchan y otros que se atraviesan, como quien recorre lentamente un paisaje desconocido sabiendo que el viaje transformará más la mirada que el destino.

La interpretación de Buddha Passion de Tan Dun por la Orquesta y Coro Nacionales de España perteneció claramente a esta segunda categoría, construyendo una verdadera experiencia musical y humana concebida como tránsito entre culturas, tiempos y formas distintas de entender la espiritualidad, el arte y la propia condición humana.

Compuesta en 2018 y estrenada ese mismo año en Dresde, Buddha Passion nace tras varios años de investigación de Tan Dun en las cuevas de Mogao, en Dunhuang, uno de los grandes enclaves históricos de la Ruta de la Seda. Allí, entre murales milenarios, manuscritos, cantos ancestrales y restos de antiguas tradiciones musicales sepultadas por el tiempo y el desierto, el compositor encontró algo más que material arqueológico: una memoria espiritual compartida entre civilizaciones. Y eso es precisamente lo que atraviesa toda la obra. Más que un oratorio en sentido convencional, Buddha Passion funciona como una inmensa peregrinación sonora, un puente entre Oriente y Occidente construido no desde la superficial mezcla de estilos, sino desde la voluntad profunda de escucha mutua.

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Hay en la obra algo de camino iniciático. Como si cada episodio - seis actos en total - fuese una estación dentro de una larga travesía interior. No resulta difícil pensar en la Ruta de la Seda mientras la música avanza, no sólo como corredor comercial o geográfico, sino como metáfora de intercambio entre culturas diferentes, entre pensamientos opuestos que encuentran sentido precisamente en su encuentro. Tan Dun no propone aquí una obra religiosa en un sentido doctrinal. Propone algo más amplio y, quizá por ello, más humano, una reflexión sobre la compasión entendida como forma de conocimiento.

De hecho, el propio título parece abrirse naturalmente a un juego de resonancias: Pasión y “con pasión”, pero también “compasión”. La segunda parte de la obra, culminada por la extraordinaria Oda a la Compasión, concentra buena parte de esa idea. Allí, la figura de Buda es interrogada: “¿Eres un dios? ¿Un enviado?”. Y la respuesta no llega desde la autoridad ni desde la trascendencia, sino desde una sencillez casi desarmante: “Sólo estoy despierto”. Probablemente ahí reside una de las claves más profundas y espirituales de toda la partitura: la verdadera sabiduría no aparece como acumulación de certezas, sino como apertura de la mente y capacidad de comprender la interdependencia entre todos los seres y todas las cosas. Se trata, seguramente de entender que esta música no necesita imponerse para resultar profundamente conmovedora puesto que rehúye deliberadamente la retórica del gran dramatismo occidental. Su Pasión no busca el desgarro explícito ni la monumentalidad redentora. Hay dolor, sí, pero un dolor contemplado desde otro lugar, aquel más cercano a la aceptación que al conflicto, más ligado a la transformación que a la tragedia.

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La música de Tan Dun busca constantemente esa unión entre naturaleza, espiritualidad y humanidad. Agua, piedra, viento, respiración, todo parece formar parte del discurso musical. Y compositivamente la obra resulta fascinante por la manera en que expande el sentido rítmico de la orquesta más allá de la percusión tradicional. No sólo los instrumentos de percusión construyen el pulso interno de la partitura. También la cuerda, a través de pizzicati secos, rasgueos agresivos, ataques percutidos y efectos de fricción, participa en una escritura física, casi táctil, donde el sonido parece surgir directamente de la materia. La orquesta se convierte así en un organismo vivo que respira, golpea, susurra y vibra con una riqueza tímbrica extraordinaria.

La dirección del propio Tan Dun fue, además, uno de los grandes valores del concierto matinal. Más allá del lógico conocimiento interno de la obra, impresionó la precisión del gesto - tanto con batuta como sin ella - la minuciosidad en los detalles y la claridad con la que sostuvo las enormes arquitecturas sonoras de la partitura. Supo administrar las tensiones con inteligencia, evitando que la monumentalidad de la obra derivase en exceso retórico o en saturación expresiva. Todo pareció fluir con naturalidad orgánica, como si la música encontrara siempre su respiración exacta y el anhelo del fluir del agua.

Desde el comienzo quedó claro que no era una jornada destinada a la complacencia donde la respuesta de la orquesta fue del todo admirable. La cuerda sostuvo atmósferas de enorme densidad tímbrica, pasando de la aspereza ritual a momentos de inesperada delicadeza contemplativa, trabajando con una densidad oscura, rugosa, casi mineral, mientras la percusión —fundamental en la arquitectura de la obra— operó más como presencia física que como mero color orquestal desplegando una variedad sonora fascinante sin caer nunca en el mero efectismo exótico. El metal apareció a menudo como un elemento de irrupción, abrupto y casi doloroso, rompiendo superficies sonoras que parecían suspendidas en una calma inquietante. Y, sin embargo, en medio de esa severidad emergían momentos de una belleza extraña, despojada, como si la música se negara deliberadamente a ornamentar la narrativa que describe.

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El coro  -excepcionalmente preparado por Miguel Ángel García Cañamero - asumió un papel esencial dentro de esa dimensión ceremonial de la obra, funcionando no sólo como masa vocal, sino como conciencia colectiva que atraviesa todo el relato. Ambos, orquesta y coro, demostraron una fe inquebrantable en la propuesta musical, como si la aparente distancia cultural no fuera un elemento de separación, sino todo lo contrario, gracias a las manos de un Tan Dun entregado a la causa. 

Especial mención merecen los solistas, verdaderos narradores emocionales de esta travesía. La soprano Candice Chung aportó luminosidad y pureza tímbrica en los momentos más suspendidos, mientras el tenor Henry Ngan sostuvo con intensidad expresiva un canto de gran humanidad, alejado de cualquier grandilocuencia. La mezzosoprano Samantha Chong ofreció quizá algunos de los pasajes más introspectivos y conmovedores de la noche, y el bajo Apollo Wong dotó a sus intervenciones de una profundidad serena y casi meditativa.

Quizá uno de los aspectos más singulares de la interpretación residió en la presencia del canto tradicional chino de Lau Chun Ho,Hakgwai, cuyas inflexiones vocales parecían conectar la sala directamente con una memoria antiquísima, difícil de situar en el tiempo. Y junto a ellos, la figura hipnótica de Sissi Yan, alternando danza y pipa, terminó de convertir el escenario en un espacio limítrofe entre concierto, rito y teatro espiritual.

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Lo más admirable de Buddha Passion quizá sea precisamente su negativa a simplificar. No pretende occidentalizar Oriente ni revestir de exotismo superficial una gran maquinaria sinfónica. Su ambición es otra, quizá sea construir una “sinfonía de la humanidad”, como la define el propio compositor, donde distintas tradiciones culturales puedan reconocerse mutuamente sin perder su identidad. En tiempos de fronteras ideológicas, culturales e incluso emocionales cada vez más rígidas, la obra parece recordar algo esencial: que la paz interior y la armonía colectiva sólo pueden surgir cuando existe disposición a escuchar lo diferente.

Y eso fue, en el fondo, lo que ocurrió en esta mañana en Madrid. Durante algo más de dos horas, el Auditorio Nacional dejó de ser únicamente una sala de conciertos para convertirse en un lugar de encuentro entre mundos distintos. Un viaje hacia una cultura diferente, sí, pero también hacia una comprensión más amplia de lo humano.
No se encontrará aquí una pasión triunfal, ni siquiera redentora, sino humana en el sentido más desnudo del término. Una música que no pretende explicar el dolor, sino permanecer dentro de él el tiempo suficiente como para escuchar lo que suele quedar oculto bajo el ruido del mundo.

El éxito final de público confirmó que la experiencia había trascendido la mera curiosidad por lo exótico o lo contemporáneo. Los largos aplausos no parecían responder únicamente al virtuosismo de la ejecución, indudable, sino también a la sensación poco frecuente de haber participado colectivamente en algo difícil de explicar con palabras: una música que, sin renunciar a su complejidad, había logrado hablar directamente a una necesidad profundamente humana de compasión, silencio y belleza.

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