© David Ruano | Gran Teatre del Liceu
Mozart lo aguanta todo
Barcelona. 05/06/2026. Gran Teatre del Liceu. Mozart: Le nozze di Figaro. Luca Pisaroni (Figaro). Sara Blanch (Susanna). Adriana González (Condesa). Andrè Schuen (Conde). Julia Lezhneva (Cherubino) y otros. Giovanni Antonini, dirección musical. Marta Pazos, dirección de escena.
El teatro es de los valientes, el teatro es creación e innovación, diversidad. De modo que vaya por delante el aplauso al Gran Teatre del Liceu por apostar fuerte con esta nueva creación de Le nozze di Figaro de Mozart, con escena de Marta Pazos. Su propuesta escénica tiene la virtud de la irreverencia y el defecto de lo naíf. Si se hubiera tratado de una propuesta pedagógica para público joven e infantil, un epectáculo del Petit Liceu, me parecería una genialidad. Pero para el gran público, para un público adulto y más o menos versado, creo honestamente que la propuesta dejó mucho que desear, precisamente por su superficialidad.
Marta Pazos juega la carta de lo visual, apostando por un código sustancialmente plástico y dejando de lado, las más de las veces, la pura teatralidad, tan relevante para dar vida al enredo que Da Ponte y Mozart despliegan en Le nozze di Figaro.

La enorme escenografía de Max Glaenzel -a partir de una idea de Marta Pazos, tal y como se indica en el programa de mano- ocupa todo el escenario casi como una solución en clave de horror vacui. Y tan monolítica arquitectura -una gigantesca tarta de bodas- está ahí, de principio a fin de la representación, sin contribuir sustancialmente a la acción teatral de una obra que ronda las tres horas de música. Y todo ello para que al final varias de las escenas acaben transcurriendo en una pequeña porción desgajada de la tarta, donde al menos la acústica era más amable para los cantantes -apenas se escuchaba a Susanna y Figaro al principio, en lo alto de la escenografía-.

La tarta en cuestión resulta así una solución tediosa y algo semejante sucede con la fórmula empleada con el vestuario, firmado Agustin Petronio. Lo que en un primer momento pudiera parecer ocurrente, con los personajes caracterizados como ingredientes de la susodicha tarta, termina por ser fatigoso, a fuer de repetitivo, por no hablar de lo visiblemente incómodos que algunos cantantes estaban con la solución propuesta para su caracterización.
En la misma línea naíf inciden las coreografías de Andreas Heise, con un momento especialmente embarazoso, cuando el Conde canta ‘Hai gia vinta la causa’ rodeado de una de corte de huevos saltarines. Ver para creer...

Tampoco el foso, liderado esta vez por Giovanni Antonini, contribuyó a caldear la velada. Antonini tendió a apostar por unas dinámicas alicaidas y unos tempi bastante morosos. Faltó chispa y vivacidad durante toda la representación. Y la orquesta del Liceu sonó a menudo apagada, especialmente en el caso de unas cuerdas que a veces parecían llegar con sordina. La buena labor de las maderas, bien administradas por Antonini, apenas se dejó entrever en el acompañamiento a los solistas en los principales números vocales. Fueron también muy mejorables los recitativos, en términos generales; faltó intención e incluso la pura dicción de algunos cantantes dejó mucho que desear en bastantes momentos.
Por lo que hace al elenco reunido, la soprano guatemalteca Adriana González fue, con diferencia, la voz más notable de la velada. Su Condesa tuvo elegancia, contención, expresividad y una línea de canto esmeradísima, con cuidadas dinámicas y reguladores de muy buena factura. Su aparición ataviada como un Ferrero Rocher fue uno de los momentos más hilarantes -y superficiales- de la noche.
Sara Blanch firmó asimismo un excelente debut como Susanna. La soprano tarraconense confirmó el buen momento que atraviesa su trayectoria, tras su reciente debut como Mélisande en la Scala de Milán y en la antesala de La fille du régiment que tiene previsto cantar en el Covent Garden de Londres. Blanch cantó de manera impecable, con un instrumento que sonó fácil, flexible y brillante. Su dúo con la Condesa fue, a buen seguro, el mejor momento vocal de la noche.

El Figaro de Luca Pisaroni se asentó en el probado oficio del barítono italiano, si bien el instrumento empieza a mostrar ya algunos síntomas de fatiga, sobre todo con un registro agudo algo dificultoso. Fue, en cualquier caso, el cantante más esmerado en los recitativos.
Andrè Schuen cantó un Conde algo envarado, transmitidiendo una constante incomodidad con la propuesta escénica. La voz es espléndida y el cantante domina el estilo con maestría pero, expresivamente hablando, no terminó nunca de soltarse.
Julia Lezhneva brindó un chispeante Cherubino adornado por numerosas florituras y variaciones de cosecha propia, aportanto con ello un toque de color y musicalidad muy de agradecer. Una pena que su dicción no fuera todo lo nítida que cabía esperar.
Completando el elenco, buen desempeño de Mirieia Pintó (Marcellina), Roberto Scandiuzzi (Bartolo), Roger Padullés (Basilio), Moisés Marín (Don Curzio), Lucía García (Barbarina) y Luis López Navarro (Antonio).

Dicho todo lo anterior, lo cierto es que Mozart lo aguanta todo y la genialidad de su creación sigue hoy tan viva y fascinante como siempre. Personalmente no conecté en ningún momento con la propuesta escénica de Marta Pazos, pero también es justo mencionar que a otros espectadores les encantó. El teatro, como dije al principio, es valentía y diversidad; en este caso los ingredientes no cuajaron un buen suflé, pero supongo que había que intentarlo...
Fotos: © David Ruano | Gran Teatre del Liceu