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Haciendo justicia a una obra maestra

Ámsterdam. 07/06/2026. De Nationale Opera. Verdi: Simon Boccanegra. George Petean (Simon Boccanegra). Federica Lombardi (Amelia Grimaldi). Georg Zeppenfeld (Fiesco). Riccardo Massi (Gabriele Adorno). Germán Olvera (Paolo). y otros. Orquesta del Concertgebouw. Coro de De Nationale Opera. Fabio Luisi, dirección musical. Jetske Mijnssen, dirección de escena.

Las contadas ocasiones en las que la Orquesta del Concertgebouw visita el foso de la Ópera de Ámsterdam suponen una visita obligada, aún más si el título en cartel es una ópera de Verdi, un compositor que la formación holandesa no interpretaba desde 2014, cuando se presentó Falstaff con dirección musical de Daniele Gatti. En esta ocasión se ponía en escena una nueva producción de Simon Boccanegra liderada por la batuta de Fabio Luisi y con la firma escénica de la holandesa Jetske Mijnssen.

La dirección musical de Luisi fue extraordinaria de principio a fin de la representación. Su conexión con los atriles de la Orquesta del Concertgebouw era sumamente palpable. El maestro genovés dirigio sin batuta, atentísimo a la escena, señalando la práctica totalidad de las entradas a los solistas. Hubo algo de artesanal en su manera de comprender la partitura; diría que es la única vez que he escuchado esta obra de un modo semejante a cómo la conocí de manos de la célebre grabación liderada por Claudio Abbado y las huestes de la Scala de Milán.

La magistral labor de Fabio Luisi en el foso deparó un Boccanegra sombrío y sumamente teatral, de un lirismo fuera de lo común, apoyado en las cuerdas de la formación holandesa, mostrando estas un color y una textura de esos que erizan el vello. El mismo prólogo o la escena de Boccanegra en el último acto (Oh refrigerio!... la marina brezza!... Il mare!... il mare!), con esa suerte de recreación del oleaje, dejaron patente hasta qué punto se puede narrar desde el foso, casi con un pulso cinematográfico, apoyado en unas maderas sumamente expresivas y precisas, realmente virtuosas. Luisi hizo justicia a una partitura que, personalmente, considero una auténtica obra maestra del teatro musical.

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El Boccanegra de George Petean estuvo muy bien cantado, qué duda cabe, pero se echó de menos un punto más de grandeza, tanto en la proyección del instrumento como en el fraseo y en la expresión teatral. Petean se pasea por el rol con plausible facilidad, cómodo con la tesitura del rol y frasendo con gusto y elegancia, pero como digo se hubiera agradecido un punto más de tensión teatral en su encarnación del rol.

A su lado solo cabe aplaudir la actuación de Federica Lombardi brindando una Amelia de manual, con un timbre en el momento ideal para asumir este rol, con un centro lírico y carnoso. De timbre indudablemente grato, la soprano italiana ha retomado la actividad tras su reciente embarazo y la voz está, como mínimo, al mismo nivel que antes de ser madre, con una proyección envidiable en la sala y con un agudo perfectamente timbrado y sin tensiones. Su 'Come in quest'ora bruna' fue verdaderamente ejemplar. Bravísima.

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El Fiesco de Georg Zeppenfeld no pudo ser más elegante y humano, con una estremecedora rendición del célebre 'A te l'estremo addio... Il lacerato spirito'. El bajo alemán resultó aquí sumamente emotivo en el fraseo; confieso que me llegó a emocionar verle lamentar el fallecimiento de Maria, en esa capilla blanca que recreaba la escena de Jetske Mijnssen. Qué gran cantante es Zeppenfeld, qué timbre tan genuino y qué adecuación tan admirable a un rol de Verdi, un repertorio por el que su trayectoria ha transitado menos. Zeppenfeld aprovechó también de manera sobrecogedora el bellísimo 'Piango, perché mi parla', en la segunda escena del tercer acto, arropado por una Orquesta del Concertgebouw en estado de gracia.

Digno de mención fue también el impecable Paolo de Germán Olvera, un cantante que pasó en su día por el Centro de Perfeccionamiento de Les Arts y que ha asentado con los años una trayectoria más que probada. El cantante mexicano mostró un instrumento genuino de bajo-barítono y se empleó a fondo con un fraseo intenso y teatral. 

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También convenció el Gabriele Adorno del tenor Riccardo Massi, incorporado a la producción en sustitución de su colega Joshua Guerrero. Massi confirmó que su instrumento ha ganado enteros, más homogéneo y liberado, con un agudo fácil y timbradísimo. Luisi le brindó las condiciones ideales para frasear con gusto y el tenor italiano aprovechó ese contexto para recrear un 'O inferno!... Sento avvampar nell'anima' de amplio aliento y vibrante resolución teatral.

Dejo para el final el comentario a la nueva producción firmada por Jetske Mijnssen, de cuyo trabajo hemos sabido en España a través de la trilogía Tudor que el teatro de Ámsterdam y el Palau de Les Arts han coproducido y que pudo verse en Valencia en las temporadas precedentes. La propuesta de Mijnssen para este título de Verdi incide en esa misma estética y en un planteamiento teatral muy semejante y, debo decir, algo superficial. La dirección de actores no fue de las más esmeradas y tampoco el manejo de las masas a través de la escena tuvo la mejor resolución posible.

Esto último se debe, en buena medida, a la incómoda estructura escenográfica planteada Etienne Pluss, demasiado monolítica -amén de gris y sombría- y construída de tal manera que deja un gran bloque de columnas en mitad del escenario durante buena parte de la acción. Escenas grupales de poderoso impacto teatral como la que abre el segundo acto, desembocando en el célebre Fratricidi!... Plebe! Patrizi!, se vieron lastradas precisamente por el abarrotamiento del escenario, precisamente en un teatro donde la caja es enorme y se podrían haber buscado mejores soluciones.

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El vestuario de Hannah Clark presenta la acción en el mismo tiempo en el que Verdi compuso la obra, pero la caracterización de los personajes no aporta nada determinante, con Amelia por ejemplo convertida en una maestra de escuela. Hay en la resolución de la ópera dos decisiones que me parecen erradas, por más que puedan tener cierto impacto simbólico. Por un lado Boccanegra muerte en el mismo altar donde en el prólogo se había velado el cuerpo de Maria, pero resulta sumamente antinatural que el barítono tenga que encaramarse hasta allí en sus últimos suspiros. Y por otro lado el gesto de empoderar a Amelia haciendo que porte la cinta ducal de Boccanegra no parece otra cosa que el 'check' para cumplir con el mensaje feminista en una producción que, por otro lado, no trabaja este extremo en ningún momento de su dramaturgia. 

En suma, un Boccanegra memorable desde el foso, respaldado por un buen elenco y servido por una producción -en colaboración con la Royal Opera House de Londres- que apenas cabe calificar de correcta. 

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Fotos: © Ben van Duin