© Samuel Pereira 

Apasionamiento y exigencia

Alicante. 12/06/2026. Auditorio ADDA. Obras de Rajmáninov y Mahler. Anna Fedorova, piano. ADDA Simfónica. Josep Vicent, dirección musical.

Una de las mayores virtudes del panorama sinfónico español es su diversidad. Junto a formaciones señeras -algunas de ellas impulsadas al albur del desarrollo del Estado de las autonomías- se encuentran también formaciones de iniciativa privada -las menos- y proyectos sinfónicos más jóvenes, como el que nos ocupa. ADDA Simfònica nació en 2018 para dotar de sentido a un nuevo auditorio que se resistía a ser un mero contenedor de formaciones foráneas. Escribo estas líneas desde Zaragoza, donde tenemos un auditorio con más de treinta años a sus espaldas y donde todavía esperamos el día en que Aragón tenga una orquesta sinfónica propia. A diferencia de lo que aquí sucede, ADDA Simfónica es el ejemplo palpable de que en Alicante se hicieron las cosas bien, conscientes allí del coeficiente multiplicador que traen consigo las inversiones públicas dedicadas a sostener un proyecto sinfónico a largo plazo.

A tenor de lo escuchado el pasado viernes, la formación posee los mimbres necesarios para no arredrarse ante un programa con dos obras de envergadura como la Rapsodia sobre un tema de Paganini de Serguéi Rajmáninov y la Sinfonía no. 1 de Gustav Mahler. Un programa verdaderamente 'titánico', si me permiten el juego de palabras, habida cuenta de la exigencia de ambas partituras.
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En el teclado, con la primera de las partituras propuestas, convenció sumamente el desempeño de la pianista ucraniana Anna Fedorova, precedida por un curriculum de impresión y a la que se había podido escuchar ya por España en fechas recientes, precisamente con música de Rajmáninov. La Rapsodia es una obra sumamente exigente, en la medida en que requiere -en realidad como casi cualquier obra de este autor ruso- una mixtura compleja de virtuosismo, pasión y elegancia. Fedorova encontró una voz propia desde la naturalidad, con un enfoque sereno y sumamente seguro, sin buscar el exhibicionismo de su mecánica y sin precipitarse tampoco en una expresividad demasiado almibarada. En ese justo medio, Fedorova logró un instante de genuina emotividad al abordar la decimoctava variación, donde es bien sabido que Rajmáninov invierte la melodía del tema de Paganini. Esta misma variación se ofrecería después a modo de propina.
 
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Mahler representa siempre la prueba del algodón a la hora de valorar cuestiones determinantes en el desempeño de cualquier formación sinfónica que se precie. Y es que el autor Kaliště alterna como nadie lo íntimo y lo monumental, manejando una paleta de recursos sonoros casi infinita en la que se alternan las referencias al universo de la música tradicional judía, las diversas evocaciones de la naturaleza e incluso el folclore bohemio. 

Si algo sorprende en el hacer de Josep Vicent es la mezcla de apasionamiento y exigencia. Tuve ocasión de asistir al ensayo previo al concierto y el nivel de detalle requerido por el maestro de Altea fue realmente notable. Los músicos del conjunto alicantino están entregados en cuerpo y alma a un proyecto que ha cobrado forma en un tiempo récord y doy fe de que mostraron una gran flexibilidad a la hora de hacer suyas las numerosas indicaciones que Josep Vicent les deparó durante el citado ensayo.
 
La mayor virtud de su dirección fue el tono netamente narrativo que logró imprimir al recorrido por los cuatro movimientos de la partitura. De todos ellos me quedaría sin duda con la recreación del tercero, una de las piezas más geniales de todo el corpus sinfónico mahleriano. La marcha fúnebre que impulsa el contrabajo, transmutada en eco de la canción infantil 'Frère Jacques', encontró aquí una inteligibilidad total, con esos instantes grotescos en los que la música de banda parece apoderarse del discurso. Josep Vicent pareció entender todo esto de un modo particularmente claro y la formación alicantina respondió con gran concentración.
 
Dicho esto, la ejecución de la sinfonía en su conjunto tuvo algunos altibajos, lastrada en un par de ocasiones por el desigual desempeño de las trompas, pero la nutrida sonoridad de las cuerdas -muy bien lideradas por Ayako Tanaka- y el buen hacer de la sección de maderas lograron llevar a buen puerto la interpretación.  
 
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Escuchado todo esto, sería un eufemismo hablar del potencial de ADDA Simfónica, un conjunto que muestra ya la realidad de su pujanza; su proyección ya no es una promesa sino un hecho. Y así lo avala, sin ir más lejos, su reciente gira por Japón, amén de sus próximos compromisos estivales en el Festival Berlioz y en el Festival de Ljubljana. Este concierto ha confirmado, aún más si cabe, la solidez de un proyecto que camina ya hacia su décimo aniversario.
 
No querría cerrar estas líneas sin mencionar un acierto por parte de ADDA Simfónica en lo que hace a las condiciones atmosféricas de la sala, encaminadas al mayor y mejor disfrute de la experiencia de los oyentes. Me refiero al fantástico trabajo con la iluminación del escenario, que va evolucionando, siempre de un modo acompasado con la música, nada invasivo, sutil pero expresivo. Eso, sumado a los primeros planos de los intérpretes que se proyectan sobre la pared frontal del escenario, aportó sin duda un grado más de disfrute e hizo más íntima si cabe la experiencia de la escucha. Cuántas veces no me he preguntado por qué no se atenúan más las luces en algunos conciertos en salas como el Auditorio Nacional o el Palau de la Música... Pues bien, he aquí una alternativa real, sumamente interesante y acompasada con los tiempos actuales.

Fotos: © Samuel Pereira