© Paula Moreno Jurado
El cielo en la intimidad
Barcelona. 30/06/26. Teatre Sarrià. Eduard Toldrà: Nocturn de Vistes al Mar. Mahler: Sinfonía nº4 (arreglo de Erwin Stein). Franz Schubert Filharmonia. Katja Maderer, soprano. Tomàs Grau, dirección musical
Un reducido destacamento de la Franz Schubert Filharmonia debutaba en el Teatre Sarrià de Barcelona en la última y definitiva gira antes del paréntesis estival, con un programa articulado en torno a la Sinfonía n.º 4 de Mahler, precedida por el Nocturn del célebre cuarteto Vistes al mar de Eduard Toldrà. La peculiar propuesta, de formato cercano e intimista, ha propiciado el reencuentro con la soprano Katja Maderer en esta breve andanza de tres conciertos –Barcelona, Tarragona y Lleida–, cerrando así el arco iniciado a comienzos de la temporada, cuando interpretó la Segunda de Mahler junto a la formación catalana.
La audiencia respondió razonablemente bien a la propuesta dominguera, que encontró en el pequeño teatro una amigable forma de combatir el termómetro; una nueva incursión camerística de la formación liderada por Tomàs Grau, que vio el concierto desde la grada, relegando el mando y cierto grado de dirección “de facto”, por así decirlo, en la concertino Maria Florea. Y, aunque la barcelonesa ya ha liderado la formación en distintas ocasiones, el conjunto supo desenvolverse con autonomía en ambas obras, mostrando cohesión y sincronía, cualidades indispensables para el formato, fruto del trabajo en los ensayos previos con Grau.
El breve paseo noucentista se saldó sin sorpresas, más allá de la incorporación puramente funcional del contrabajo como refuerzo en algunos graves puntuales. El quinteto de cuerdas respiró al mismo tempo con naturalidad, y la acústica del pequeño teatro –algo seca y directa– no pasó factura en el reposado oleaje de la partitura de Toldrà, compensada por unas arcadas largas, sin prisas, y comprometidas desde la punta hasta el talón.

La versión camerística de la Cuarta de Mahler, estrenada en 1921 –muy oportunamente, el mismo año que Vistes al mar–, sigue siendo la reducción más interpretada. Sobra decir que, por muy sobresaliente que sea la interpretación, resulta difícil hallar en esta versión cualidades que no posea ya su hermana mayor, que cierra de manera categórica y satisfactoria el gran ciclo Wunderhorn. Desde el punto de vista vocal, sin embargo, el lied final sí da pie a un enfoque distinto: la soprano aquí ya no ha de imponerse a la orquesta, pudiendo suavizar la proyección a dirigirla hacia una audiencia más cercana. Dicho esto, lo que sí resulta evidente es que la versatilidad de la plantilla y la mayor facilidad para programar dicha versión permiten llevar la genialidad de Mahler a escenarios incapaces de albergar una orquesta sinfónica.
Así pues, la incursión mahleriana, ya con el elenco de trece intérpretes al completo –contando a la soprano al final–, transcurrió con solvencia en una lectura fiel a la trascripción, es decir, sin querer aparentar “lo que no es”, teniendo bien presente la coherencia temática intrínseca de la sinfonía. Piano, percusión y vientos articularon el motivo pastoral sin desequilibrios, y el primer movimiento fluyó con ligereza y transparencia, con cierto aire de serenata mozartiana, pero con los tempi bien definidos para cada sección. La danza grotesca del segundo tiempo se desenvolvió bien, en buena medida gracias a una elocuente intervención de Florea al violín con scordatura, aunque algunos aspectos, como los destellos descendentes del segundo tema, quedaron poco realzados a nivel grupal.
El tercer tiempo cumplió su función como antesala del célebre lied final, y el conjunto volvió a dar síntomas de buena conexión, especialmente en los marcados cambios de tempo que salpican la partitura, a pesar de ligeros deslices puntuales, bien contrarrestados por intervenciones reseñables, como la del chelo al comienzo. Una conseguida “ascensión” dio paso a la distinguida soprano, que asumió un calibrado papel teatral, aunque sin excesos escénicos. En cuanto a lo musical, la invitada se mostró solvente en los distintos registros, especialmente en el medio grave, durante los versos solemnes y calmados. El final no defraudó y Maderer evocó con sinceridad visiones de ángeles y música celestial en una delicadísima cuarta estrofa, firmando un breve y memorable reencuentro que esperamos, no sea el último, ni en lo divino ni en lo terrenal.

Fotos: © Paula Moreno Jurado