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Un rescate todopoderoso

Madrid. 6/07/2026. Teatro Real. Verdi: Il trovatore. Eleonora Buratto (Leonora), Yusif Eyvazov (Manrico), Clémentine Margaine (Azucena), George Petean (Conde de Luna), Rocío Faus (Inés), Fabián Lara (Ruiz), Moisés Marín (Mensajero) Francisco Negrín, dirección de escena. Nicola Luisotti, dirección musical.

El tercer reparto de la producción de Il trovatore, que se está representando en el Teatro Real, afrontó su estreno en unos circunstancias muy extremas. La cancelación de Anna Netrebko, comunicada cinco días antes de su primera función, puso en vilo a la institución. Sin embargo, el coliseo madrileño supo reaccionar a tiempo, encontrando una sustituta adecuada que asumiera el rol de Leonora durante esas cuatro funciones de julio. La elección de Eleonora Buratto fue recibida con esperanzas, a pesar de que la italiana no subía al escenario del Teatro Real desde 2021. 

Los espectadores que no habían visto a Buratto desde su última Mimì, en la producción de La Bohème de Richard Jones, desconocían el giro que la cantante de Mantua ha dado a su carrera. En los últimos años, esta soprano lírica plena ha incorporado papeles de lírica-spinto en su repertorio, siendo la Leonora de Verdi uno de ellos. Conviene señalar que esta nueva incursión es muy reciente. Buratto debutó este rol en la Ópera Estatal de Hamburgo hace pocos meses; aunque, según ha confesado, estuvo toda su vida preparándolo para llegar a interpretarlo algún día, dado que se trata de su personaje verdiano favorito. Esta profunda y declarada predilección hacia Leonora explica por qué Buratto aceptó el desafío de cantarlo por segunda vez en tales condiciones. Es decir, a pocos días del estreno y sin tiempo suficiente para ensayar la escena con sus compañeros.

Sin embargo, lo que parecía una auténtica misión suicida se convirtió en un rescate todopoderoso. Desde su primera intervención en la cavatina Tacea la notte placida, la soprano demostró hallarse en el punto culminante de su madurez vocal. Buratto no entró fría, nerviosa o dubitativa. Al contrario, resolvió la comprometida entrada inicial con una técnica impecable. No en vano, dicha cavatina exige los dos atributos por los que la italiana sobresale. Buratto es conocida por su homogeneidad en la emisión y su extraordinaria y delicada continuidad en la línea de canto, la cual mantiene con un gran control de la respiración, que no provoca cortes, ni tensiones. De este modo, su amplia experiencia en el repertorio belcantista se tradujo en una ejecución impecable del canto spianato que caracteriza el pasaje. 

El gran deleite sonoro de la función llegó más adelante con D’amur sull’ali rosee, donde sus pianissimi alcanzaron una belleza desarmante. El posterior Misere supuso el mayor reto para este instrumento tan luminoso. Con los años, su centro ha ganado cuerpo sin llegar a perder la luminosidad del agudo. También sus graves parecen más sólidos. Pero la soprano necesita más tiempo para conferir al centro la densidad que reclama su rol favorito. Ese último peldaño basta para intuir la Leonora excepcional que está por venir. 

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Muy lejos de esa altura artística, se escuchó el Manrico de Yusif Eyvazov. Este tenor azerbaiyano, especializado en repertorio italiano, no termina de ofrecer el Manrico soñado por su timbre ingrato y poco elegante. Además, la limitada paleta de colores de su voz reduce las posibilidades expresivas del personaje. Pero no todo son sombras. Entre sus armas vocales se encuentran una resistencia inquebrantable y una potencia arrolladora. Pocos lo igual en seguridad y solvencia en el registro agudo, especialmente en los momentos heroicos. En la ansiada Di quella pira, Eyvazov alargó el temido sobreagudo con aplomo, arrancando una de las mayores ovaciones de la noche. 

La Azucena de Clémentine Margaine también destacó por la fuerza de su instrumento. Armada con un voz broncínea bien esmaltada, la mezzosoprano francesa ofreció un Stride la vampa de primer nivel. Margaine también encontró sus mejores momentos en los dúos con Manrico, y reservó para la escena final una interpretación de enorme intensidad, que afrontó sin desgaste vocal. La inclusión de George Petean como archienemigo de Manrico era otro incentivo más para acudir a las funciones del tercer reparto. El barítono rumano aportó autoridad y nobleza al personaje, sin renunciar al lirismo envolvente que se esperaba de Il balen del suo sorriso, aria en que se puso de manifiesto la rica sedosidad de su instrumento. 

Cumplieron con estimable solvencia el resto del elenco: Marko Mimica como Fernando, Rocío Faus en el rol de Inés, Fabián Lara encarnando a Ruiz y el mensajero de Moisés Marón. Valga decir que, en el plano escénico, los intérpretes de estos roles secundarios evidenciaron una mayor soltura actoral. Su presencia en los otros dos repartos les había proporcionado más oportunidades para ensayar y aprenderse de memoria sus intervenciones en la puesta en escena de Francisco Negrín, algo que no pudieron hacer sus compañeros solista. Pues la función del estreno estuvo marcada por un notable caos escénico, perceptible desde cualquier localidad del Teatro Real. 

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Afortunadamente, la propuesta de Negrín, estrenada en 2019 y recuperada para cerrar la presente temporada, no exige una compleja coordinación de movimientos para los solistas, coristas y extras, más allá del manejo del fuego y la coreografía de esgrima. De hecho, su lectura es tan minimalista que no presenta cambios de decorado. Así, toda la ópera se desarrolla en un mismo espacio desangelado con una torre desmontable que sirve de cárcel para Manrico y Azucena, de convento en el que acude Leonora, y de punto de encuentro secreto entre los amantes. Este montaje de estética lúgubre incorpora una serie de barras luminosas móviles que delimitan y generan espacios dramáticos. Entre ellas destaca la barra vertical, concebida como símbolo del destino y la fatalidad que atraviesa la obra, dado que los personajes la empujan constantemente, sugiriendo que son ellos mismos quienes impulsan el curso trágico de los acontecimientos. 

Por último, cabe el elogiar la labor de Nicola Luisotti desde el foso. El maestro italiano volvió a ofrecer una lectura de gran intensidad dramática, manteniendo la furia y el ímpetu que habían distinguido las funciones precedentes con los otros elencos. Pero, en esta ocasión, prestó una mayor atención a las necesidades de los nuevos solistas. Ante las circunstancias excepcionales que rodearon esa función, Luisotti optó por una dirección más volcada en el sostén de las voces, que se tradujo en una menor rigidez orquestal, Este cambio sustancial benefició al Coro titular del Teatro Real. En esa velada, la formación liderada por Jose Luis Basso mejoró en el control de las dinámicas, transitando de la contundencia sonora del coro de gitanos a la sobriedad espiritual del Miserere.

 

Fotos: © Javier del Real | Teatro Real