© A. Bofill | Gran Teatre del Liceu
El arte de la farsa
Barcelona. 9/07/2026. Gran Teatre del Liceu. Verdi: Falstaff. Luca Salsi (Sir John Falstaff), Lucas Meachem (Ford), Carolina López Moreno (Alice Ford), Serena Sáenz (Nannetta), Daniela Barcellona (Señora Quickly), Gemma Coma-Albert (Meg Page), Santiago Ballerini (Fenton), Josep Fadó (Doctor Cajus), Bardolfo (Pablo García-López), Alessio Cacciamani (Pistola). Laurent Pelly, dirección de escena. Josep Pons, dirección musical.
La comedia fue un género muy temido por Giuseppe Verdi desde el estrepitoso fracaso de su obra de juventud Un giorno di regno. El compositor italiano tan solo tenía veintisiete años cuando vio cómo La Scala cancelaba todas las funciones de su melodramma giocoso, un revés artístico que se entrelazó con otra tragedia personal: la muerte de sus dos hijos y de su primera esposa Margherita, ocurridas antes y durante la escritura de esa pieza. Aquellos sucesos traumáticos mantuvieron a Verdi alejado del universo bufo durante más de medio siglo. Solo al final de su vida se reconcilió con el género, alentado por su libretista Arrigo Boito. Tras el gran éxito de Otello, Boito le propuso emprender una nueva incursión shakespeariana: una adaptación operística de Las alegres comadres de Windsor de la que nacería su mítico Falstaff.
El texto original, publicado en 1602, constituye una de las escasas incursiones de William Shakespeare en el creciente entorno burgués de la época. El drama transcurre en la ciudad de Windsor, al margen de las cortes, los reinos y los escenarios caballerescos que dominan su imaginario teatral. Sin embargo, el protagonista de esta historia no es un comerciante, sino un viejo caballero arruinado que pretende cortejar a dos mujeres casadas con burgueses para quedarse con la fortuna de sus maridos. El pasado caballeresco de Sir John Falstaff casi no se menciona en Las alegres comadres de Windsor, pero sí se reproduce en las dos partes de Enrique IV, en Ricardo II y en Enrique V; todas ellas salidas de la pluma de Shakespeare. En dichos dramas históricos, Falstaff aparece como el compañero de juventud del príncipe Hal. Una amistad que acaba de forma trágica cuando Hal acceda al trono con el título de Enrique V y repudie a Falstaff públicamente.

Orson Welles situaba el origen de las deudas del viejo Falstaff en ese supuesto trauma de juventud. Su película Campanadas a medianoche —en la que se recompone la vida del personaje literario a partir de sus apariciones en todos textos de Shakespeare—, sugiere que las duras palabras “I know thee not, old man” que recibe de su antiguo amigo convertido en rey precipitan la decadencia financiera y psicológica del caballero. Pero esa lectura tan trágica no casa con la dimensión hedonista que el dramaturgo inglés dio al protagonista glotón de Las alegres comadres de Windsor. Pues sea cual sea el motivo de sus deudas, Falstaff siempre las asume con vitalismo y despreocupación.
El director de escena Laurent Pelly ha sabido transmitir ese espíritu bon vivant con el que Shakespeare bañó a su Falstaff maduro, abordando el texto sin añadidos trágicos, melancólicos o moralizantes. En su montaje presentado en el Gran Teatre del Liceu siguen apareciendo dos mundos enfrentados, pero estos no son la incipiente burguesía del siglo XVII y el extinto mundo caballeresco, sino los pobres y las clases acomodadas de la Inglaterra de los años cincuenta, como ya había planteado Robert Carsen siete años antes, en su producción de Falstaff del Covent Garden.

Resulta curioso que dos directores de escena tan diferentes coincidan en reubicar sus relecturas en el mismo periodo histórico. Sin embargo, el tema central de la lucha de clases de Carsen no se contempla en el concepto de Pelly. El director de escena francés se halla en su terreno predilecto: el de la comedia; por eso, su propuesta se convierte en una serie de gags hilarantes que ejecuta con suma sincronía con la partitura. La brillante escenografía compuesta por Barbara de Limburg convierte la taberna de la Jarretera en un pub inglés, que se expande o se contrae en función del estado anímico del protagonista. Así, se hace inmenso cuando Falstaff se sienta poderoso recitando L’onore! Ladri, mientras que adopta la forma de un trapecio reducido, imitando las vertiginosas diagonales del expresionismo alemán, cuando se muestre abatido en Mondo ladro.
Las escenas domésticas de la casa burguesa se resuelven con una doble escalera que reproduce la misma estructura que Pelly ideó para su montaje de L’Heure espagnole de Ravel años atrás. Como dato curioso, ambas tramas son idénticas, aunque en la obra de Ravel el amante se esconde en miles de relojes y un baúl, mientras que en Falstaff se oculta en un biombo y un baúl. Por último, podría objetarse que la secuencia del bosque de Windsor resulta la parte menos lograda de la producción. Como es habitual en los montajes del francés, cualquier universo onírico que aparezca en la trama se construye sobre un fondo negro austero, de modo que la caracterización de los supuestos seres mágicos recae principalmente en el maquillaje y algunos detalles extras del vestuario. Esta decisión escénica tan minimalista refuerza la idea de la farsa improvisada, demostrando que todos los vecinos se disfrazan con los pocos recursos que tienen a su alcance.

Musicalmente la velada prometía ser memorable ya que dicha producción suponía la despedida definitiva de Josep Pons como director titular de la casa durante catorce años. Fue recibido con una larga ovación de pie por parte de todos los asistentes del teatro a pesar de que la última labor del maestro catalán frente a la Orquesta Sinfónica del Gran Teatre del Liceu no estuvo a la altura de la ocasión. El desajuste entre el foso y la escena se evidenció en el primer monólogo de Falstaff, donde sus No! se emitían antes del pertinente acompañamiento musical. La función mejoró en el segundo y el tercer acto con unos tempi muy ligeros y muy bien controlados, aunque se echó de menos una mayor transparencia en la fuga final para que el entramado contrapuntístico alcanzara toda su claridad.

En el apartado vocal hubo un gran triunfador y ese fue Luca Salsi. El barítono italiano tardó en acomodarse al rol, pues la notoria descompensación con la orquesta durante su primer monólogo no puso las cosas fáciles. Pero bastó un acto para que reapareciera el intachable Falstaff que Salsi ha consolidado en los últimos años. Abordó el personaje con su timbre amplío y homogéneo, limpio de excesos y un fraseo verdiano impecable. En Mondo ladro encontró la musicalidad precisa para describir la dimensión más humana del personaje, sin caer en la melancolía y la desdicha que Pelly deseaba evitar.
El debut del barítono Lucas Meachem en el rol de Ford fue una grata sorpresa. Pese a la naturaleza lírica de su instrumento, Meachem encontró la firmeza y el empuje idóneos para afrontar el rol, culminando en la esperada escena de celos È sogno? O realtà? Este pasaje se conviritó en el mejor hallazgo escénico de la producción. Pues Pelly lo resolvió materializando los delirios de Ford mediante una serie de dobles del personaje que aparecen en la taberna para burlarse de él como el marido engañado que teme ser.

El nivel vocal no decayó con la Alice Ford de Carolina López Moreno. Esta soprano alemana de raíces albanas y bolivianas, que maravilló a los espectadores valencianos dando vida a Liù en la última producción de Les Arts, debutaba ahora en este exigente rol verdiano. Su voz, redonda y plena, destaca en todos sus registros. La elegancia de su fraseo confirió al relato del Cazador Negro un irresistible aire de fábula. López Moreno supo anticipar la atmósfera nocturna y fantástica del desenlace en el bosque de Windsor, construido sobre el juego de disfraces, los equívocos y las falsas identidades tan característicos de las grandes comedias de Shakespeare, y que Verdi culmina con la magistral fuga Tutto nel mondo è burla, considerada un homenaje a los finales concertantes de Le nozze di Figaro y Così fan tutte, donde la reconciliación colectiva se impone finalmente sobre el engaño y la burla.

La otra víctima de las artimañas seductoras de Falstaff fue Meg Page, interpretada en el Liceu por la mezzosoprano gerundense Gemma Coma-Albert, siempre solvente tanto en lo vocal como en lo escénico. La barcelonesa Serena Saénz retomaba el rol de Nannetta con su característica emisión limpia y su timbre luminoso y cristalino, dando lugar a un exquisito Sul fil d'un soffio etesio. Valga decir que quien terminó por robar el protagonismo a todo el cuarteto femenino fue Daniela Barcellona. La veterana mezzo italiana construyó una Mrs. Quickly de absoluta perfección, que provocó las risas del público en sus repetidas Reverenza!.
En el resto de los roles masculinos sobresalió el refinado Fenton del tenor ítalo-argentino, de perfil belcantista, Santiago Ballerini. Cerraron el elenco con buena prestación vocal y soltura cómica Josep Fadó en el rol de Doctor Cajus, Pablo García-López como Bardolfo y el Pistola de Alessio Cacciamani. A diferencia del resto de las óperas de Verdi, Falstaff no contiene escenas corales de carácter monumental, patriótico o solemne, tan celebradas y esperadas por los aficionados. Pero ello no impidió que Coro del Gran Teatre del Liceu demostrara su valía, con una actuación de gran precisión y empaste en la escena del bosque de Windsor y la fuga, aunque, en esta última, la imprecisión de la orquesta condicionó a todo el conjunto.

Fotos: © A. Bofill | Gran Teatre del Liceu